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Gonzalo J. Moreno

Señoras (parte 1): Señora Lidia

La señora Lidia Sarchione no se caracterizaba por ser la mujer más precavida del mundo. Su confianza casi ciega ante las personas era desde hace años muy conocida en el barrio donde trabajaba. La señora Lidia, por el contrario, se caracterizaba por sus peinados extravagantes, de los más diversos colores; que podían adoptar con facilidad formas y texturas sólo vistas en folletos y revistas de sala de espera de peluquerías. Un día con rulos definidos; otro, con un liso extremo que parecía aplastado por un yunque; y en el medio no se privaba de nada. Podía hacerse ondas suaves como brisas veraniegas en pleno verano infernal porteño; cortes extremos que podían incluir zonas rapadas al ras y mechones que encontraban su elegancia en rebelarse al mundo con orgullo frizzado o esponjado. La señora Lidia solía hacer alarde de sus cabellos con quien fuese. Sus aires de pomposa altanería  -creía ella- le aportaban un carisma particular que ni lenta ni perezosa aprovechaba para intercambiar por un par de naranjas extras en el kilo que Don Toto le vendía en la verdulería cada semana. Y es que la señora Lidia siempre había sabido adueñarse de las situaciones y convertirlas a su favor; sacarles leche, como quien dice. La señora Lidia era feliz trabajando para Celeste Sambayón de Todorov; pero todo eso dio un giro abrupto aquel 26 de febrero en que la patrona se le acercó en el pasillo de la mansión que comunicaba el baño de la servidumbre con la cocina de la servidumbre –que por algún extraño motivo era la única que había en la mansión- con una carta. La señora Lidia la agarró con nerviosismo inusitado y examinó el rostro de la anciana mientras abría la carta.

La señora Lidia sintió cómo las gotas de sudor frío caían por su rostro. Algunas parecían detenerse y estancarse en las más marcadas de sus arrugas. Cuando otras gotas tomaban coraje y se le sumaban, el flujo volvía a correr y retomaba su normal curso cuesta abajo por la cara demacrada y asustada de la señora. Sintió cómo la mirada fría, calculadora y macrista de la patrona se posaba en ella con un peso descomunal, con una furia que parecía el producto de años, lustros y décadas de rabia contenida. ¡Ay, pobre señora Lidia! ¿Sería ese el final de esa relación algo perversa pero llena de emociones? Tantos años de peinados extravagantes, de cumplir pedidos inverosímiles de la patrona en horarios extravagantes. ¿Todo para nada? ¿Ese era el final de la historia Sarchione-Sambayón de Todorov? Una metidita de pata, un breve descuido, una extralimitación y la magia se esfuma. Un error y nada más. A veces, un solo error, por más chiquito e insignificante que parezca, puede marcar una diferencia. Puede inclinar la balanza… puede incluso hacer tambalear a la balanza y hasta romperla. La señora Lidia se sentía arrepentida en ese momento, quería pedirle disculpas a la patrona, pero las palabras no le salían. Estaban como atascadas en el fondo de su tráquea, o del esófago… o de alguno de todos esos órganos del aparato digestivo y del respiratorio que nunca había conseguido aprender. La señora Lidia quería pedirle disculpas a su tirana patrona, pero lo único que pudo sentir en su boca fue una ausencia de palabras. El sudor se reproducía en la frente cada vez más húmeda de la señora Lidia.

Celeste Sambayón de Todorov no se caracterizaba por ser la mujer más dócil del mundo. Su desconfianza casi omnisciente y extradiegética ante las personas era desde hace años muy conocida en el barrio donde reinaba. Celeste Sambayón de Todorov, por el contrario, se caracterizaba por ser una viuda conservadora. Sambayón sabía que en el barrio la gente le temía y la odiaba; pero a ella no le importaba demasiado. El carácter distante y carente de todo tipo de afecto que se había formado era su mejor armadura. Era, en sus propias palabras: “inmune a la chusma y a la negrada”.

Una gota de sudor más acaudalada que el resto, pesada y redonda, hizo volver en sí a la señora Lidia, aun con la carta en sus temblorosas manos y la mirada asesina de Sambayón clavada en sus ojos desde hacía varios segundos.

Publicado la semana 17. 28/04/2019
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Señoras
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