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Gonzalo J. Moreno

El síndrome de la Infanto-saturación

Elisa trabaja diez horas por día en una escuela pública de Buenos Aires. Tiene que lidiar con aproximadamente treinta alumnos en cada jornada laboral. De camino a su casa, todas las tardes, atraviesa la plaza central de Lugano.

Elisa, como toda maestra, está harta de todos los seres humanos que no tengan cumplidos al menos los 18 años de edad. “Sólo hablo, extralaboralmente, con personas en edad de merecer” sostiene como mantra.

Las últimas semanas, Elisa estuvo sufriendo una fuerte crisis existencial que la llevó a no poder hacer contacto visual con ningún niño. Al principio lo resolvió usando lentes negros al pasar por la plaza, pero la situación se fue agravando de forma progresiva. Cuando de reojo llegaba a ver a un niño se largaba a llorar y quedaba temblando de nervios durante horas.

Elisa hoy está diagnosticada con el síndrome de la infanto-saturación. Este concepto acuñado por Elisa y totalmente autodiagnosticado la lleva a atravesar la plaza desde hace tres días con los ojos cerrados y con tapones de goma en los oídos y en las fosas nasales, por terror a ver, escuchar u oler en su horario no laboral a uno de sus pequeños “clientes”.

Elisa sufre cada vez más el mal que la aqueja; y está desde ayer a la noche encerrada en el arenero de la plaza de Lugano; sin atreverse a abrir sus ojos y sin encontrar la salida.

 

Publicado la semana 15. 12/04/2019
Etiquetas
Niños, Infantosaturación, Docente bonaerense
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Relato
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