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Gonzalo J. Moreno

La papa del guiso

Mi mejilla apoyada en tu hombro. Me había olvidado cómo se sentía. Ya me había acostumbrado a ir por la vida sin ese sentimiento, sin esa sensación cálida de tenerte. Fue un trabajo arduo llegar a ese punto, fue difícil tener que repetirme una y mil veces que así estaba mejor, que así me convenía y que así tenía que ser para sufrir menos. Me arropé solo en el frío, autoconvenciéndome de que estaba haciendo lo correcto; lo que más me convenía.

El sufrimiento como variable puede hacer tambalear cualquier balanza, puede desencajar cualquier ecuación hasta volverla de gelatina. El sufrimiento es verdaderamente lo que me impulsó… ya sea por presencia o por ausencia, por sí o por no, por menos o más… el sufrimiento como variable es un consejero al que a veces no escuchamos… y al que a veces escuchamos por demás. Es un arma de doble filo, ninguna de las dos posturas está buena: escucharlo poco puede llevar a que nos lastimemos de las más inesperadas maneras. Escucharlo demasiado puede hacer que nuestros oídos se asusten y le transmitan ese miedo al resto de nuestro cuerpo, y ya sabemos que el miedo es lo que nos frena y nos detiene. Escucharlo en el punto justo es lo ideal… ¿pero quién puede hacerlo?

Así que aquella vez en que me sugeriste que volviésemos a vernos no lo dudé: lo consulté durante horas con mi almohada y llegué a la conclusión de que lo mejor era dejarte ir, como cuando el 161 viene hasta las bolas de gente y sé que no la voy a pasar bien en el viaje. Espero otro… no te preocupes, no es otra línea, es otro momento más oportuno en el que sienta que el viaje puede ser más apacible.

Perdón si te comparo con un colectivo, perdón si te resulto frío aun en verano y con 40 grados de térmica. Soy una papa de un guiso calentado a baño de María. El guiso está caliente y larga humo, las arvejas también, la salsa hasta quema los labios de quien la pruebe, pero la papa por dentro está fría. Eso soy yo, la papa del guiso a la que le cuesta abandonar por completo su frialdad.

Y aunque me esmeré locamente en negarte y olvidarte al final me di cuenta de que no se puede. No podemos olvidar simplemente porque queramos hacerlo, no funciona así… no tenemos esa máquina de Eterno Resplandor de una mente sin recuerdos. Mi almohada me ayudó a entrar en razones desde mundos oníricos. Mi almohada fue tu mejor aliada y siempre supo que teníamos que volver a vernos, me susurró tu nombre despacito en un oído y después en el otro, hasta que al final, durante días, cuando me despertaba, me despertaba pensando en vos, y sin entender por qué. "¿Por qué? Si estoy tratando de olvidarlo con todas mis fuerzas". Los recuerdos tienen esa particularidad: mientras más nos esforcemos en olvidarlos más fuertes se vuelven… y si cuentan con la ayuda de una almohada sabelotodo esa cualidad se potencia absurdamente. Recuerdos Popeye con sobredosis de espinaca en sangre.

Sigo siendo frío, sigo siendo papa de guiso. ¿Por qué me querés abrazar? ¿Es para calentarme? ¿Es para demostrarme a mí, a vos o al mundo que no te molesta? Tu hermosa capacidad de comer el guiso incluso con la papa fría es algo seductor y dulce. Irradia confianza y seguridad, todo eso que nos falta. Irradia amor.

Me había olvidado lo que se sentía, porque aunque la almohada me susurre tu nombre y tus momentos, el cuerpo y la mente recuerdan de manera diferente.

Qué bueno fue recordarte otra vez. Con todo el cuerpo, no sólo con la mente. Mi almohada va a estar orgullosa de mí. ¿Sentís el frío? Es porque hace mucho no recibía tus abrazos. Sólo necesitás abrazarme más tiempo. Eventualmente, con paciencia, la papa del guiso se empieza a calentar.

 

Publicado la semana 13. 31/03/2019
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