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Gonzalo J. Moreno

Juli está equivocada

Tres días antes de subirse a esa combi, Juli era una chica que creía ciegamente en las personas. No importaba lo que le dijeran sus compañeros de clase, ella siempre encontraba la forma de ver la mitad del vaso lleno. A veces le resultaba difícil, como cuando se encontraba con gente que intentaba llenarle la cabeza de ideas negativas y oscuras sobre otras personas; o cuando se quedaba a dormir los fines de semana en la casa de su abuela. Doña Coca amaba almorzar sentada a la mesa y con el televisor Sanyo encendido con el volumen bien alto para escuchar con claridad lo que los conductores del noticiero de las 13.00 tenían que opinar… o como ella sostenía “tenían que informar”. Y a Juli no le quedaba otra que intentar comer lo más rápido posible su milanesa con papas fritas para pedir permiso y levantarse de la mesa… no soportaba almorzar viendo el noticiero. No entendía muy bien la dinámica de ese show… no comprendía esa adulta fascinación por lo escabroso y lo sombrío, por lo que ella entendía el costado más bajo de las personas. Su abuela le decía que era importante “estar siempre informado sobre lo que está pasando en el mundo”, pero su nieta sencillamente no consideraba que ver ese show de ridícula edición pudiese considerarse “informarse” ni nada que se le asemejara. Juli tragaba su milanesa en la menor cantidad posible de bocados y en cada pinchazo del tenedor se esmeraba en atrapar la mayor cantidad posible de papas fritas. Le costaba un poco masticar tanta comida junta, pero sabía que valía la pena. Eso que su abuela amaba consumir pasivamente sin siquiera tomarse el trabajo de ponerlo por un instante en duda no era lindo, no era sano, no era real y no hacía que la digestión fuese fácil de llevar a cabo. En más de una ocasión las noticias y opiniones del noticiero terminaban afectándole negativamente el estómago, Juli había aprendido que por más que quería mucho a su abuela y que le encantaba compartir tiempo con ella, los almuerzos tenían esa dinámica particular noticiero-centrista.

Dos días antes de subirse a esa combi, Juli discutía con varios de sus compañeros de escuela que afirmaban que el feminismo era lo mismo que el machismo pero al revés. Juli la tenía clara, pero le costaba horrores que alguno de ellos escuchara lo que ella tenía para decir, que no era una opinión, sino meramente una información, un dato duro contrastable en la realidad: el feminismo no era eso y ella intentaba explicarlo… pero Juli de a poco había empezado a entender que cinco voces necias elevándose al unísono tapan cualquier verdad que una voz solitaria quiera gritar, por más genuina que sea. Confiaba en que tarde o temprano ellos entenderían, que nadie puede ser tan terco y vivir tan profundamente metido en la cueva de la ignorancia, la “ignocueva”, como a veces se decía a sí misma para robarse una sonrisa.

Un día antes de subirse a esa combi, Juli seguía amando a Ricky Martin por su valentía de salir del closet y ser quien realmente quería ser. Y sus canciones más exitosas de contagiosa melodía pop ayudaban mucho a la empatía. Cuando sonaba un tema de Ricky, las caderas de Juli cobraban vida y la obligaban a bailar con un ritmo suave y de cadencia sutil pero extremadamente propio. Un baile de timidez en proceso de extinción al que Juli no imponía ningún tipo de resistencia consciente, amaba bailar, amaba expresarse, amaba hablar sin palabras y decir cosas en distintos lenguajes sin siquiera haber tenido que aprenderlos en la escuela.

El día en que Juli se subió a esa combi todo cambió. Sus sueños. Sus ganas. Sus deseos. Sus miedos. Todo se dio vuelta. Lo que estaba arriba se fue para abajo y lo que estaba ahí abajo subió como globo inflado con helio a la superficie. Juli dejó de ser Juli. Se convirtió en todo eso que antes veía con ojos de extrañeza, todo eso que le resultaba tan lejano y ajeno. Todo eso que veía con tristeza y con una suerte de melancolía prestada pero nunca adquirida. Hoy Juli no es esa que les describí. Es otra persona. Fue automático, casi mecánico. Todos lo que la conocen de antes sostienen lo mismo: algo en ella se apagó, se puede ver en su mirada, en su forma de caminar, más lenta… casi como un deambular sin un destino fijo. Su forma de sonreír que la hace ver aún más triste que cuando llora, su modo de hablar, monótonamente gris. Juli aprendió ese día y de la peor manera posible que el mundo muchas veces ES ese lugar espantoso que muestra a diario el noticiero de las 13.00. Y aunque cree que nunca se va a recuperar está equivocada. Le va a costar. Mucho. Litros de lágrimas y miles de decibeles de silencio en el baño. Días perdidos y mañanas fusionadas en noches eternas. En el camino va a descubrir un montón de oídos y hombros nuevos en los que desahogarse para recuperar fuerzas y volver a ahogarse cuando lo necesite; abrazos sinceros e inesperados de personas increíbles que la van a ayudar a mantenerse en pie cuando sólo quiera dejarse caer.

Juli cree que nunca se va a recuperar pero está equivocada, de a poco, va a volver a ser ella.

Publicado la semana 11. 14/03/2019
Etiquetas
feminismo, ignocueva, Ricky Martin, noticiero
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