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FJ

Teléfono blanco

ESCUCHAVA atento el sermón. Hacía muchos años que un domingo no acudía a hacerlo. El templo le gustaba: piedras centenarias y ese intenso olor a incienso. No le cabía duda, era un edificio diferente. Quizá sí fuera la cabina telefónica con conexión directa a algún omnipotente pegado a su teléfono blanco y acendrado. O quizá solo era lo que le hacían creer. Se distrajo pensando en cómo sería esa conexión inalámbrica ¿El inmaculado teléfono sería siempre contestado? En algún momento aquel dios debía llamar a su madre ¿Se cruzarían las líneas? Otro todopoderoso podría coger una llamada ¿La atendería o sin la tarjeta de socio pertinente, club Carrecruz, tales peticiones no se admiten a trámite? Se divertía ensimismado con sus pensamientos socarrones, atento a cualquier chanza.

De pronto el enlace terrenal, el del teléfono mundano, con su túnica blanca y verde, dijo algo que hizo que toda su atención se aglutinara en sus palabras. Habló del alma humana. De ese incorpóreo Pen Drive que almacena lo que somos. O algo parecido decía. Él lo traducía interiormente a un lenguaje más simple, sin petulancias. Decía que era una luz interna, algún led incorporado de fábrica que nos definía, nuestro identificador único, nuestro DNI para la eternidad. !Nunca salgas por el cielo sin el alma en el bolsillo¡ Diría mi madre en tono solemne.

El técnico del teléfono de túnica impoluta continuó disertando sobre ello. Pero hubo algo que le sacó de su deriva disipada para adentrarse en el terreno de lo realmente trascendente. Dijo que ese alma es lo que nos diferencia de las bestias, de todos los demás seres que creó el del otro lado de la línea ¿Eso es lo que nos diferencia? Se hizo una y otra vez esa pregunta, intentando contestársela de la mejor manera posible. Se decía: "Entonces nosotros tenemos esa luz interna que nos define y, si es pura, asciende etérea a reunirse en el cielo con todas las demás." Contrariado, pensó en su perro. Solo así pudo entender su alma y la definición que el técnico de los brazos en alto le daba. Media hora de sermón se hubiera reducido a tan solo imaginar a su perro. Esa definición de limpidez, de luz interior inmaculada. Las bestias, como él las llamaba, deben tener una luz más blanca que la nuestra, más limpia. Y volvió a pensar en su alma. No le gustaría que fuera una luz celestial sino que tuviera rabo y cuatro patas, con un hocico alargado y siempre curioso. Esa sería su alma perfecta. La luz estaría en esos ojos almendrados que encuentran la alegría de lo simple, que sin esfuerzo mantienen una honestidad desgarradora y humillante para los que no son bestias.

Definitivamente la diferencia con las bestias sería el alma, que ellos sí tienen, atendiendo a la defición dada por el técnico que bebía vino. Pensó que los humanos tendrían otro tipo de complemento vital que explique su existencia eterna. Y pensó en su primer perro. Cuando se fue, el mundo se hizo más oscuro. Sí, ahora lo tenía claro, era por su alma. Con seguridad ellos tenían luz, más resplandeciente que ninguna. Su luz dejó de iluminar el mundo cuando su alma se fue al cielo. Todas esas luces apagadas aquí estarían ahí arriba, dejando el mundo oscuro e iluminando el día al hombre del teléfono blanco junto con solo algunos otros seres humanos.

Entendió perfectamente la definición de la pureza del alma pensando en su perro.

Nosotros, todos, no somos tan puros, mi credibilidad se fue al infierno con ese incial escuchaba con UVE.

Publicado la semana 8. 18/02/2019
Etiquetas
trampa, almas, bestias, iglesia
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