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FJ

El tambor de la inocencia

La niña llevaba un tambor, pero no lo tocaba. Lo miraba, sí, pero su plúmbea figura no hacía el más mínimo esfuerzo por hacerlo sonar. Llevaba unos zapatos rojos sin brillo, un vestido blanco marfil sin vuelo, una cinta, también roja, sin adornos. Su pelo no era ni rizado ni rubio. Sus ojos negros y profundos, obnubilados; vacíos. Las manos que sostenían las baquetas con denuedo parecían entender que eran lo único a lo que aferrarse. Estaba profundamente conmocionada, paralizada, incrédula. Solo alguna boqueada ligera rompía su inmovilismo, como si un maestro draconiano la hubiera castigado de cara a la pared.

A su lado, a pocos centímetros de sus zapatos, yacía su madre muerta con un violento tiro en la cabeza, descerrajado por la cruel certeza del paso del tiempo. Murió violentamente y sin remisión, sin anuncio ni compasión, sin capacidad de réplica o defensa, como ocurre en todas las muertes traumáticas, como ocurre en todos los hechos inesperados y crueles. Su inmarcesible candidez ardía epatante en la hoguera de las verdades. Su frágil ingenuidad era devorada por jaurías de realidades mundanas, cruentas, pacatas. El tiempo de los hombres arrasa a su paso para no dejar nada inocente alrededor, para avasallar a toda respuesta y sembrar a discreción suspicacia, ambición, mentira y odio.

Como digo, la Juventud yacía muerta, a manos de una Adultez inmisericorde, desabrida y egoísta. El tambor nunca más sería tocado, habría cosas más importantes que hacer.

Publicado la semana 51. 16/12/2019
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