50
FJ

Crónica de una elección

Calendas de marzo


—Voy a matar. Traicionaré a los dioses y cometeré un asesinato. ¡Sí, lo haré! Ni un segundo para la vacilación me permito. Éste es mi gran cometido en la Historia. En la exégesis de mi vida brillará un desinteresado sacrificio por mi bien amada República. Esta certeza cala hasta mi tuétano, recorre toda terminación nerviosa y apabulla mi psique. Cuando un hombre redunda en tal convencimiento, ninguna fuerza natural o celestial puede pararle. ¡Cometeré este crimen! —


El convencimiento del hombre irracional, esa locura ponzoñosa. ¿Por qué han de creerse deidades infalibles en posesión de una verdad trascendente? Un razonamiento extremo es una incongruencia en sí mismo. El pensamiento radical amamanta la sinrazón y aniquila sin remisión toda brizna de objetividad.


El hombre, como sujeto, tiene naturaleza subjetiva, pero debe minimizar este impacto haciéndose más y más preguntas, más y más telas de juicio sin parar de añadir prismas a su punto de vista. Lo sé porque soy Roma y antes que Tito Sempronio, he visto demasiados hombres con profundos convencimientos, orgullo, soberbia y ambición que provocan una fatuidad tan peligrosa como irreductible.


Mercurii dies


—Mi familia construyó piedra sobre piedra esta gran República. Ha peleado por cada derecho y deber de esta forma de gobierno. Un dictador no puede erigirse en rey. Mis antepasados se removerán en sus tumbas y yo no habré podido honrarles. Hoy el día me levanta más decidido, despeja mis temores como un lobo despeja los pastos, hoy mi obstinación no conoce límites. Julio César debe morir y será muerto por mis manos en pocos días. —


El egoísmo del hombre anhela su propia gloria. Mi ecosistema despliega una pesadilla cíclica de disputas de poder, luchas intestinas y búsqueda enfermiza de ambiciones desmedidas.


Yo, Roma, conozco cómo han denostado a los honestos por falta de ambición, cómo han disfrazado de pusilánimes a los cautos, cómo han vertido el conformismo en los felices de espíritu. Conozco cómo en esta República competitiva tienes o pierdes toda relevancia, incluso intelectual. Un sestercio es más sabio que el más brillante de los instruidos. Todos quieren ser reconocidos como héroes de loa eterna, salvadores de poder vitalicio y patricios de propiedades fastuosas. Gloria, poder y dinero son los auténticos regidores, y lo son de la forma más despiadada y totalitaria, sin lugar a la indulgencia o compasión.


Tito Sempronio es uno de tantos, que lejos de arropar al bien común y agradecer su suerte, busca, con determinación que es delirio, una notoriedad aparente que no hace más que volver bruna su alma.


Iovis dies


—Dejo atrás el foro. Un manantial de agua helada brota sobre mí, vivificante. Acabo de caer en la cuenta de que cambiaré la Historia. Seré el dueño del destino de mi pueblo. Los ancianos contarán mi sacrificio, las plegarías hablarán de mí como de Minerva, y mis descendientes se henchirán de un orgullo puro y transparente. Con la muerte del impostado dictador, un buen gobernante vendrá y perpetuará la República. Quizá sea yo. ¡Por todos los dioses!, el pueblo me amaría. Promulgaría toda ley que evite en el poder a hombres de espíritu huero como lo es Julio César. Seré lo que Pericles fue a Atenas. Mi "siglo" será recordado por el absoluto florecimiento de Roma bajo el gobierno del Senado. Si un hombre tiene en su mano cambiar la Historia debería enfrentarse a un elevado castigo si no ejecuta esta opción. ¿O acaso cualquier romano no habría decapitado a Tarquinio si se le hubiera dado la posibilidad? —

 

Un ser mediocre no es consciente de que un solo hombre, con un solo acto, no cambia el destino de la Historia. Heródoto dedicó su vida al estudio; Aristóteles bebió con denuedo de Platón y atravesó décadas de observación; Aquiles, semidiós, no derrotó a las gentes de Ilión; mi pueblo tiene a Eneas como padre gracias a sus viajes y luchas durante su azarosa vida. El hombre mediocre se deja llevar por grandilocuencias fugaces y pensamientos de barro. Su capacidad de análisis es tan discreta como insustancial, solo igualada por su emasculada perspectiva.

 

Nonas de marzo

 

—Subo las escaleras del Senado. Vislumbro la columnata como la meta de una vida. Esta visión no apacigua un corazón desbocado. El contacto frío del metal bajo mi toga arde de culpa. 

 

Ya estoy arriba y ni rastro del dictador: mis ideas se han desconectado. Un leve mareo amenaza con apoderarse de mi convulso equilibrio. Debo ser fuerte por Roma. Rómulo lo fue en el rapto de las Sabinas y gracias a su heroicidad de espíritu, pero aberración de actos, su pueblo floreció. —

 

La dulzura de su convicción comenzó a acunarle sobre la columna en la que se apoyaba. Hoy era un hombre con daga, mañana un héroe. De pronto, fulminándole, machacando poderosa su razón, una nube negra hizo sudar hasta el último poro de su aceitada piel. La duda, la ominosa duda, ladrona impune de voluntades. La duda, siempre la duda, ponzoña servil de los débiles con ese abominable nombre de esclava Dacia.

 

—Me repugno, ¿cómo un héroe puede dudar?, ¿lo hizo Héctor u Odiseo? No soy digno de mi familia, no soy digno de mi nomen. Mi voluntad huye y César se acerca. 

 

Sube su primer escalón y yo me maldigo una y mil veces. Está sonriendo a Bruto y mi vergüenza tritura mi honor. 

 

Segundo escalón y un mínimo arresto me hace empuñar la daga para, inconscientemente, soltarla. 

 

Se acerca a mí Marco Antonio y me hago pequeño, minúsculo. Mi cabeza se tambalea; mi consciencia quiere escapar como perro en trueno de Júpiter.

 

Julio César, dictador vitalicio, mi odio más visceral concentrado en un solo ser está a un metro de mi estampa cobarde. Vuelvo a agarrar la daga, el odio es buen engranaje para el valor. Intento apretarla contra mí, notar el metal hace crecer mi orgullo y consistencia. Recobro mis sentidos con ferocidad. Enseño la daga ante unas miradas aterrorizadas ¡Un rápido movimiento y todo habrá acabado! Tenso mis músculos, debo ser certero. Antes de asestar el golpe fatal miro furioso a los ojos del tirano. Grandes, observan la muerte pausados y con disposición. Miran a la muerte soberbios, indomables. Sobre todo, creo que me miran compasivos y masacran para siempre mis convicciones, decapitan brutalmente mis agallas. Mirar esos ojos antes de darles muerte será el mayor error de mi humillante vida. La daga se resbala entre mis inertes dedos, mi mirada se ennegrece y ya no hay rastro de orgullo, valor, venganza o salvación. —

 

Todo sabio accede casi inconsciente a un pensamiento superior: la duda debe ser endémica en todo espíritu. La duda amamanta a la, siempre curiosa, sabiduría. Tito Sempronio la menospreció en su insensatez y eso causó su muerte. Marco Antonio no dudó ante el conspirador. La duda plantea nuevas opciones, nuevos pensamientos, nuevos conocimientos: la duda, con su dulce nombre de bailarina Numidia.

 

Días después, Julio César fue asesinado para mayor gloria de una República condenada a muerte por sus propios valedores.

 

Pocos años después, tras guerras tan fraternales como cruentas, Octavio sería Augusto, primer emperador. Mientras, Tito entendió tarde, como tantos otros habitantes del Tártaro, lo desacertado de asumir como compañeros vitales el ansia de poder, la ambición desmesurada y la gloria egoísta.

 

Varios siglos después, el hombre seguirá empecinado en buscar la razón en el extremo, aunque nunca haya conseguido encontrarla en ese abisal punto. Miles de años para seguir sin comprender la moraleja de todo este cuento cíclico.

Publicado la semana 50. 11/12/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
50
Ranking
0 148 0