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FJ

Miedo

La casa empezó a llenarse de sombras. Cuanto más intenso era el contraste con la luz, más inquieto me encontraba. Mi angustia bailaba divertida sobre los rayos que agujereaban cada estancia de aquella casa a las afueras. La temperatura, una paradoja insoportable para mis huesos, con veinte grados mi cuerpo temblaba sin pausa, sin descanso, como un cachorro sin techo. Era incontrolable y sufría por no ser dueño de mis reacciones. Las sombras que la luz proyectaba eran invisibles monstruos que me observaban, intuían mis nervios, los hostigaban, impertérritos frente a mi miedo llenaban la habitación con sus horribles garras luminiscentes. Un sudor frío atosigaba mi espalda, no existe frío más helador que el del terror. Un pavor gélido, descontrolado e irracional me atenazaba sin dejar descanso a mis músculos aturdidos. Esas sombras, camisa de fuerza intangible, pervertían mi oxigeno, agobiaban a mi garganta seca, agrietada por la falta de saliva que mis glándulas eran incapaces de producir. Mi boca, como desierto ardiente, empujaba a mi lengua a buscar un oasis inexistente. Entre mis dientes, solo el aire que provocaba mi mandíbula con su tiritar frenético y desquiciado que no hacía más que empeorar esa ansiosa sensación de falta de aire y lubricación. Hasta la más inconsciente de las reacciones es domeñada  por el terror.

La plena consciencia de lo infundado de mi miedo no me reconfortaba, no me permitía un movimiento liberador, la parálisis era integral. De pronto calor; subyugante, abrasador. No hay calor más asfixiante que el del terror. Mi piel ardía expulsando una flama que divertía a aquellas sombras y arrasaba mi orgullo. Mis pupilas titilaban, en danza con cada movimiento invisible de esos tenebrosos contrastes. Mis párpados eran incapaces de actuar para dar descanso a mis ojos secos. Había más luz, menos sombras, aunque me resultaban mucho más amenazadoras. El miedo no conoce lógicas, es valiente y frente a nada se estremece. Es tan universal como despiadado, volviendo más ciego que el amor a quien lo siente. La casa empezó a estrecharse maliciosa, sus puertas iban quedándose en meros agujeros para terminarse convirtiendo en una angustiosa cueva con una oscura salida vigilada por depredadores ávidos de almas, sanguinarios, fieros y sañudos con sus intenciones salvajes proyectándose con una nitidez atroz en mi cabeza febril y agónica, exhausta en su lucha por arrostrarse frente al pavor que la dominaba.

De nuevo mis ojos volvían a mirar en todas direcciones y ángulos. Demasiados movimientos imaginarios que cubrir para un solo nervio óptico. Era como si una inmensa caja de diminutas pelotas de goma hubiera sido abierta a gran altura y yo necesitara contar todas ellas antes de que pararan. Mis manos aferradas la una a la otra como gemelos huérfanos bajo la lluvia en un iluso intento de mutua protección, como ancla frente al temblor que no cesaba y me agotaba en mi quietud. Temía hasta el sonido que provocaban mis dientes en su párvulo chirriar. Solo pretendía hacerme invisible, inmóvil como estatua centenaria que observa el paso del tiempo con orgullo decente. Mientras, mis nervios me utilizaban para su macabra sesión de acupuntura. En mi delirante angustia opresora observé un pequeño lapicero y conseguí alargar el brazo en un esfuerzo titánico, como si mis músculos fueran de inflexible acero. Comencé a escribir con pulso mareante en el mismo suelo de la habitación estrecha y sin salida. Súbitamente la luz tomó forma, ganó espacio, la habitación creció en una primavera para mis sentidos, mis nervios dejaron de aguijonearme y mis poros se convirtieron en inmensos sumideros de sudor. Estaba escribiendo una historia, su título fue "Miedo".

Publicado la semana 4. 21/01/2019
Etiquetas
Bernard Herrmann , noche, sin luz
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