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FJ

En un estrecho salón

Saludaron, con una intensa emoción. Saludaron, ateridos, con la proximidad como única estufa. Saludaron con sus cuerpos huesudos. Fugaz reverencia, ni para aquello se permitían excesos.

Saludaron, alegres, hambrientos. Corazones colmados, nevera vacía, corazones que eran magmas y las manos bien frías.

Como testigo, un oscuro sofá de avanzada edad vociferaba de dolor a cada leve movimiento. Como testigo, una mesa con profundas heridas de algo que antaño fue madera. Un cuadro de Kandinsky actuaba como infructuoso animador. Sus vivos colores aparentaban estar en una adusta escala de grises. Las paredes, inamovibles guardias que, impertérritos, no permitían resquicio por el que escapara la recalcitrante estrechez.

Saludaron, y una leve sonrisa osó amarrarse a la comisura de sus labios. Saludaron, conscientes del momento, inconscientes de su situación. Unas milenarias tuberías entonaban el réquiem de la alegría, como electricidad, pongamos de dinamo al sol. Saludaron, y se dieron cuenta, orgullosos, que el amor les devolvió el saludo, motor único de la existencia, dinero suficiente para mirar de frente a una vida dura.

Publicado la semana 32. 10/08/2019
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