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FJ

El perro paco y el salario

Hace tiempo escuché al chipén Río Rosas, en Fornos, que “salario” proviene de cómo pagaban la soldada a los legionarios romanos: en sal, producto muy valioso y apreciado para aquellos andobas. Siempre estoy atento cuando hablan todos estos puretas, algo se aprende. Aunque aquí sea el último pedo que se tiró la Lirio, me dejan estar pululando, incluso, a veces, me dejan una piltra en las cocinas. Este Café de Fornos es fetén, no aparece ningún pollo pera a pavonearse, todos son mendas de no te menees.

Pero a lo que vamos, que me enrollo que es una barbaridad. Resulta que me acordé del “salario” al ver a un Manolo hace unos meses llorando desconsolado mientras le contaba a su parienta que le habían largado del curro. La gachí parecía bastante moscovita y, ambos, debían tener más hambre que el perro de un guardagujas. La escena era deprimente, no es plato de buen gusto que llegue tu baranda y te eche, pero así solía ocurrir por Lavapiés, donde hay tantas manos dispuestas a trabajar a cambio de una miseria. Mucho Isidro de turno llega a la ciudad para seguir trabajando en el campo, pero sin huerto propio.

—No he trincado mucho, un par de lechugas y me he esfumao —decía el charrán arrepentido.

—¿Cómo te han guipado entonces cacho besugo? —le respondía con mala uva—. Vas dado si piensas que vas a poder volver a trabajar allí —añadía más relajada.

Hubo un silencio acusador en el que él no levantaba los ojos del suelo. Ella, en cambio, que sabía más que los ratones coloraos, estaba a otra cosa, probablemente buscando la forma de salir adelante en vez de regodearse en su desgracia. La pena no llena el buche en esta ciudad y ella debía saberlo mejor que nadie.

—¿Te han dado leña? —preguntó preocupada.

—No… bueno sí, un par de palos nada más, pero estoy bien —respondió más avergonzado aún.

Seguía sin poder mirarla a la cara, la temía más que a un nublao por lo que parecía.

Sin añadir más, ella, firme, cogió su mano enrojecida y ajada. Hubiera apostado porque le endiñaba un sopapo como desahogo, pero su reacción me sorprendió: le acercó la cabeza a su pecho, protectora, y soltó un lacónico “lo superaremos”. Tal era la resolución de esas palabras que de su cara se borraron el miedo y la incertidumbre por no saber qué comer mañana. La parienta no parecía arredrarse ante una vida dura, así que cuando ella comenzó a andar, él la siguió como un corderito al interior de la corrala. Pero no en plan bragas, sino admirado de su resuelto carácter.

Ahí los dejé, sin salario, y no volví a recordar esta historia hasta que ayer me crucé con ella a la salida de la Fábrica de Tabacos, en Embajadores. Ojos grandísimos, negros y brillantes, como buena cigarrera. Pareciera que hubieran pasado diez años por las arrugas de su cara. Como buen callejero no tenía nada que hacer, así que me dediqué a hacer el pasmao mientras ella terminaba de darle a la húmeda con una compañera de la fábrica. Hablaba de exigir cambios, derechos, de luchar por permitir tener a sus hijos en la fábrica, por reducir la jornada… Tenía aún mayor fuerza que el primer día que la vi, una convicción apabullante. «Menuda gachí, ni falta que la hace nada ni nadie para echarle huevos a cualquier asunto», pensé mientras se despedía de su ninchi y echaba a andar calle abajo.

Al doblar hacia Ronda Toledo, su marido llegaba a buscarla sonriendo con un niño de la mano. Al encontrarse, algo me dejó con una sonrisa en la jeta para todo el día: los tres tenían menos chicha que un conejo de seis reales, pero un aplomo que ni la Marquesa de Chinchón. Así que, me dio por pensar, mientras meaba en un árbol, que hay personas que hacen infeliz al dinero.

Publicado la semana 31. 30/07/2019
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