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FJ

Isaac

 «Todo el mundo tiene un pasado, como el padre de Maradona», pienso mientras mi novia me dice que hace dos años se llamaba Isaac. Pero permanezco en silencio, no soy capaz de articular palabra y miro desubicado esos ojazos verdes que me vuelven loco desde hace un mes.

«¿Isaac?, qué bíblico y qué paradoja», desbocada mi mente, incapaz de llegar a algo parecido a una respuesta coherente.

Supongo que el destino es implacable, que en esta vida hay cosas imposibles de evitar, pese a que tu nombre indique la dirección contraria. ¿Quién no se encuentra vestigios de mantequilla en el tarro de la mermelada? O, al contrario.

Y mira que Isaac era el nombre preferido de mi abuelo, el facha. Hasta me llamo José Antonio por él. No puedo imaginar que estuviera aún vivo y tuviera que hablarle de Isaac, mi novia, tan voluptuosa ella. Como le gustaba más el vino que la falange, quizá hubiéramos podido haber llegado a un acuerdo, con uva buena hay buena gana.

¡Menudo spoiler cuando lo cuente!, como cuando me enteré que el del nueve de noviembre era el marido el de las cartas y el ramito de violetas. ¿Eso sería infidelidad?, es decir, la parienta está enamorada de un mejor tú que te avergüenzas de mostrar y que, encima, supone que es otro maromo. ¡Vaya carajal!, creo que hasta peor que el mío.

La cosa se va complicando y yo sin centrarme, los segundos más largos de mi vida. Sigue mirándome, esperando mi cabal respuesta. Cabal y comprensiva, ¡claro! Me tiene por tipo avanzado, hasta cierto límite entiendo, hasta ese límite en el que tu novia se llama como un patriarca bíblico y te mira de frente esperando tu celebérrima tolerancia buenrollera. Mi cabeza sigue llena de pensamientos incoherentes que evitan que se manifieste el que realmente necesito, como si la NBA al completo se acercara a pedir un autógrafo a Pulgarcito.

Pasan ya tres segundos de la bomba atómica, aunque la nuestra ocurrió en Shangay, y la cosa está más que complicada, mucho más que decir “agradable” con cinco copas y parecer sobrio.

Como idea magnífica recuerdo el único chiste que siempre soy capaz de repetir. Convengo con toda la NBA que el humor siempre es una gran salida para romper cualquier hielo. Lo repaso en mi mente para que al decirlo sea lo más gracioso posible: «si dos lesbianas son germanas, ¿es incesto?». ¡Uf!, error, tema equivocado y poca gracia.

Nada de humor, debo contestar ya, la situación es límite, sus ojos empiezan a aguarse temiendo un rechazo inminente. «Por favor Isaac, no llores, sé fuerte o fuerta o como quiera que se diga», empiezo a desvariar peligrosamente. Debo responder. «Peponio, ¡lúcete!», pienso antes de que mis labios se despeguen.

—Celeste galletita, todo el mundo tiene un pasado, que se lo pregunten a Rocinante —, y beso a Isaac con amor, como el hombre de mi vida que es; o la mujer, porque ¿cuál es el sonido de una sola mano aplaudiendo? 

Publicado la semana 29. 15/07/2019
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