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FJ

No disparó

Hace no tanto tiempo

No disparó.

Minutos antes caminaba por ese bosque tupido y oscuro, con un verde que se tornaba cada vez más gris. Un gris insostenible, de una crueldad desgarradora. Tenía miedo y hambre, acababa de beber su última gota de agua, pero debía seguir andando y nunca, bajo ningún concepto, acercarse al río. Sus compañeros de patrulla acababan de morir por ello en una emboscada brutal. Definitivamente ellos estaban mejor. La incertidumbre roía sus nervios, constante e impasible. Recordaba su pueblo y su casa encalada con un apego abrasador. Nunca tuvo una necesidad tan grande de regresar, abandonar ese bosque; esa guerra que no entendía. La nostalgia desollaba su ánimo como el más cruel de los inquisidores. Él, de naturaleza afable y humanitaria, de bondad irremediable y generosidad patológica. Andaba con el fusil al hombro, con el peso de la irracionalidad abrumándole. Como uniforme, una chaqueta raída por el tiempo y la humedad, maltratada por las balas, la había encontrado unos kilómetros más atrás en aquel bosque interminable. Intentó escuchar el ruido reconfortante de una naturaleza muerta de terror. Un pájaro insensato le endulzó el camino. Nunca olvidaría el tímido gorjeo de aquel pájaro, reparador, celestial. Pero entonces lo vio; boina azul, igual que la camisa. No pudo acertar a descifrar más de aquella indumentaria malhadada. Un azul oscuro y frío como lo sería la muerte en ese bosque. Observó que caminaba preocupado mirando hacia atrás. Avanzaba constante y decidido. Sobre todo, perfectamente armado. Se acercaba, no podía evitarlo, cualquier movimiento de huida delataría su posición. Comenzó a sudar de auténtico miedo, casi sin poder controlar sus esfínteres. El corazón era algo parecido a un bombardeo brutal contra su pecho. Dolía en su macabro palpitar machacando la hambrienta cavidad pectoral. Su sangre nunca abrasó tanto sus arterias. Lloró, lágrimas de un niño que lucha con rabia por no hacerlo, como bolas de acero líquido que crecen sin remisión por aguantarlas para, al final, terminar cayendo humillantes. Al final por mera supervivencia irracional, cogió su fusil, se enjuagó las últimas lágrimas y apuntó tembloroso fingiendo un valor embustero que se escapaba de sus mientes. El arma, velero en medio de vendaval tropical. Su garganta, piedra enterrada en arena bajo sol de agosto. El tiro era claro, el gatillo intimidador; el punto de partida para una vida de arrepentimiento irremisible.

—¡Alto!, ¡no te muevas! —logró decir con un hilo de voz que pretendía ser decidido, como colegial dando pábulo a una mentira. Le aterrorizaba mirarle a los ojos siquiera. La conciencia y la razón son malas cartas para una guerra intestina.

—¡No dispares por Dios! —dijo el falangista aterrado, cayendo en la cuenta de que en aquel bosque encontraría su final.

Tenían el mismo miedo y eso le desarmó hasta el alma. Los temidos y orgullosos nacionalistas, siempre bien pertrechados, tenían miedo también. Un miedo tan reconocible que pareciera mirarse al espejo observando aquella camisa azul, aquel pecho palpitante e intimidado. Los ganadores de aquella guerra que languidecía en 1938 no eran súper hombres aguerridos, fieros; desalmados. Eso le dio el valor suficiente para mirarle a los ojos. Su sorpresa le hizo hasta perder por un instante el equilibrio, un mareo fugaz entumeció su escasa convicción. La sangre, ebullendo hasta hace unos segundos, se le heló por completo. No era más que un hombre asustado como un perro en noche de tormenta. En sus ojos, salidos de sus propias cuencas, encontró las mismas preguntas: ¿por qué matamos a nuestras familias? ¿por quién matamos? ¿por qué he de morir hoy?... Lo entendió al instante, le habían obligado, como a tantos otros, como a aquel al que encañonaba, a matar por poder. Sus balas llevaban el nombre del poder de otros. Una ambición que a él nunca le interesó, le pillaba demasiado lejos de su huerto. De pronto una temeridad tomó el mando de sus pensamientos.

— ¡Vete! — gritó convincente. —Y recuerda lo que he hecho por ti, esta guerra insensata quizá mañana nos vea muertos o nos reencuentre —dijo solemne Rafael.

El hombre de camisa azul corrió sin titubear con el horror de la muerte atormentándole, con un temblor trémulo y descontrolado, su pavor irracional no le permitió darle las gracias por su magnanimidad y aún hoy, en sus últimos días, sigue considerando ese desagradecimiento como el mayor error de su vida. Entre tanto homicida convencido, hubo luz en la oscuridad más execrable.

Él fue bajando el fusil a medida que retomaba el mando de su convicción, mientras aquel falangista huía y, tras unos segundos de calma y paz sin ni siquiera un imperceptible movimiento, lo tiró al suelo repugnado, exhausto. Nunca lo volvería a coger. Nunca lo olvidaría. Ese fusil supuso un terror tan profundo en un semejante que se maldijo por haberlo empuñado. Esa guerra no era suya, esa animadversión tampoco, no hay peor guerra que la que se libra entre hermanos. Nada merecía tanto la pena como para quitar una vida, aún menos el ansia de gloria de otros. Para enaltecer y dominar las mentes siempre se ha sobrevalorado la fuerza, el orgullo o el valor, pero él no quería ser valiente, solo apañar lechugas en su huerto, comer chorizo junto a la lumbre o preparar pulpo para cuando su familia viniera.

Nunca disparó a nadie, hubiera desgarrado su propio corazón; nunca pensó en volver a por su fusil. Solo desertó y quedó en paz consigo mismo hasta el último de sus días.

 

Ahora

Se acerca y, suave, pone las manos en su cintura. Necesita besarla, hace minutos que no lo hace, y posa sus labios en su cuello erizado. No necesitan preguntarse estas reacciones.

—¿Ya has terminado? —dijo ella impaciente.

—Sí, quería grabarlo en mi memoria— contesta él pensativo.

La historia de su tío volvió a sus recuerdos cuando, por primera vez, observó el Guernica. Los trazos asimétricos le hicieron sentir, tangible, el horror que él narraba en su historia. Necesitó varios minutos para observar aquel cuadro con detenimiento y sosegar su espíritu. Después, siguieron con la exposición, siempre es un buen trato cambiar caricias por fusiles. Su tío dejó el suyo en aquel bosque mientras ellos disfrutaron con las suyas en el Reina Sofía. El caballo del Guernica quedaría en su memoria mientras pensaba que las balas no disparadas son las que cambian el mundo.

Publicado la semana 28. 09/07/2019
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Guerra Civil
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