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FJ

El perro Paco y el torno

Lo confieso, estoy confundido, no sé bien qué pensar. Sé que tengo cierta sensibilidad esperando a expresarse, pero es como el nombre del gachó que saludas y no ubicas. Es una sensación frustrante y por eso os cuento esta historia, como terapia para recordar y reordenar sentimientos.

Entiendo que 1882 es un año duro para todo el mundo, pero hombre, ¡se acaba de inaugurar El Niño Jesús! Mariquita Hernández estaba contando el otro día en el Café de Fornos cómo iba esta apertura a favorecer a todos los mozos madrileños. La gachí es una señá como las de antes, sin paripés. Va y apoquina para el hospital sin esperar beneficios, no como otras prójimas que solo buscan al Juan Belmonte de turno. Estuve escuchándola embelesado hasta que tuve que ir a cambiar el agua a las aceitunas, que uno es un perro, pero con educación y decoro.

Bueno, os cuento la historia, que me enrollo que es una barbaridad. Iba mi menda el pasado jueves dando una vuelta por Embajadores pensando en la comida del Lhardy. ¡Qué manjar!, ni Isabelita II se habría apretado esos huesos de cordero tan jugosos y con tanta carne. Rondarían las diez de la noche, cuando las perritas sin dueño se recogen, así que no daba ni dos beatas por dormir acompañado, pero, sobre todo, sí que las hubiera dado sin titubeos por no ver a aquella mujer. Figura oscura y de apariencia plúmbea, llevaba algo en las manos, pequeño y, parecía, valioso. Me acerqué a olisquear. Mi pelo es, mayormente, negro, la repera para pasar desapercibido en mitad de una noche donde el destino juega malas pasadas. Me puso moscovita su forma nerviosa de mirar hacía ambos lados de la calle, casi compulsiva. Seguí acercándome con el sigilo y miedo que la calle te descerraja cuando naces bajo un portalón. A más de un perro bien he visto destripado por falta de ellos. << Algo muy raro se cuece con esta gachí >>, me dije. Estas cosas, con tantos años de nubes como techo, no me cogen de pipiolo. Por si iba empalmada, me resguardé olisqueando el primer árbol que encontré, como si no fuera conmigo la historia, pero sin perder ripio, a lo guindilla. La prójima, lo que fuera que llevara, por lo visto, lo tenía envuelto en un trapo que ni para dormir yo quisiera. Tampoco es que su ropa fuera la de la Marquesa de Osuna. Caminaba como sin fuerzas, famélica, un auténtico fantoche ajado vestido de harapos infectos. << ¡Lagarto, lagarto! >>, pensé, pero permanecía guipando por curiosidad picajosa. Los callejeros somos así, las historias de la calle, sus personajes, son nuestro teatro diario y esto era una trama de las buenas, de las de Moratín inspirado.

Cruzó la calle y la cosa se fue aclarando para mí. Iba a La Inclusa. Entre las manos, me hubiera jugado mi pase de Las Ventas, llevaría un bebé y acudía allí para pedir ayuda. Pero no lo hizo. Avanzó algo más y giró ligeramente a su izquierda. Me puse mosca, no entendía nada, así que corrí a ver mejor qué es lo que narices estaba pasando, qué es lo que la vieja desharrapada estaba tramando. Al ver lo que allí acontecía casi me vuelvo gagá. La señora, que ya avanzaba presurosa con brío renovado como Espartero de mandoblazos, había soltado, literalmente, su bulto, que ahora lloraba con un desasosiego descarnado y débil, en una especie de ventana acolchada.

Cuando estaba llegando, dispuesto a ladrar hasta que se levantara San Isidro, la ventana se giró hacia adentro y el bebé se esfumó, como lo hacen los malos recuerdos. Un silencio plomizo apestó la calle. El niño la palmaría seguro, estaba en las últimas y la prójima, mientras, como de zarzuela por Lavapiés. La seguí, histérico, subiendo Embajadores, dispuesto a darle morcilla y luego preguntar. Y luego los animales somos nosotros y cualquier menda te lo suelta así, sin pestañear, en plan potentado. << Hay personas a las que deberíamos dar unas cuantas clases de cómo ser humano teniendo cuatro patas >>, mascullaba mientras la iba alcanzando, algo más calmado y curioso. El miedo a morir aplaca rápido el valor del buscavidas. Caminaba como sin tocar el suelo la gachí, me costaba seguirla. Cuando giró hacia Ronda de Toledo pensé en dejar que se pudriera en su miseria, pero Moratín no acabaría una obra así, debía ver el desenlace. En la Plaza de San Francisco, casi imperceptiblemente aminoró el paso, creo que inconscientemente, puede que una perrita blanca y caprichosa de nombre Duda le mordiera sus tobillos huesudos. Pero continuaba en su caminar impenitente, recorriendo Bailén como quien pierde el tranvía.

De pronto, va y se para. Da media vuelta y me mira. Mi menda, en el fragor de la caminata, estaba más cerca que nunca y me heló la sangre observar que solo era una niña. Mirada trémula y desangelada, ojos horripilados pero determinados. Asiente, como suplicando un perdón universal, o divino, que yo le pudiera conceder, mientras cierra los ojos y un escalofrío paraliza hasta mis bigotes. Intento dar un paso hacía ella en un arranque de empatía inconsciente, pero aquella niña lo dio antes. Da un salto y cae al vacío. 23 metros de Puente de los Suicidios tuvieron la culpa de su inmediata muerte abrazando inerte la Calle Segovia. Solo La Almudena y yo como testigos silenciosos y desconsolados.

Como os contaba al principio, no sé qué pensar, ni qué sentir. Nadie puede conocer la realidad oculta y cruel de cada día al amparo de la escasez. Quizá algún malnacido se aprovechó de la poca credibilidad de una niña humilde. Quizá hasta fue su padre. Lo único cierto es que la miseria de este Madrid de zarzuelas, marqueses y toros, arrasa sin camelos la vida de los que tenemos la calle como teatro.

Publicado la semana 26. 24/06/2019
Etiquetas
Castizo, Callejeros
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