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FJ

En otros ojos

Hace algún tiempo tenía un amigo. Tranquilo, era noble como el primero de los caballeros y leal como el mejor de los infantes.

Lo conocí hará una década y le perdí la pista hace más bien la mitad. Fue complicado, no logré despedirme de él e intuyo que él lo deseaba más que yo.

Nuestra sintonía era plena, entendí más pronto que tarde que era más inteligente que yo y que debía aprender incontables cosas de él que nunca creí que aprendería. Hasta hoy, no he dejado de contar nuestras correrías juntos o sus hazañas propias. Por tiempo fuimos inseparables. Lloramos unidos, saltamos, corrimos y hablamos de nuestras cuitas. Tenía esa, hoy en día en desuso, capacidad única de escuchar.

Aunque parezca extraño, nunca me falló, y sí, peleamos, pero demostrando una vez más esa claridad intelectual por encima de mi tope, nunca usó el, hoy en día en auge, orgullo.

Sus ojos eran color avellana y sus orejas puntiagudas. Tenía un cuerpo estilizado con unos músculos tersos y ágiles. Su pelo y sus dientes, fuertes.

Como dije, fue complicado no decir adiós, quizá fue recomendable. Una extraña opresión envuelve mi pecho al recordarlo. Nos necesitábamos, éramos un equipo, la vida pareció no estar completa con su marcha. Un hecho siempre me ha confortado sobremanera: partió hacia un lugar mejor. Como yo, siempre ha corrido tras una pelota y me contaron que allí donde fue las pelotas botan más y solo existen césped, hojas y arena, nada que conturbe esa armonía, ni rastro de cemento, hierro u hormigón.

Le envidio, tengo por seguro que no me echa de menos, al menos no tanto como yo a él. Lo que sí creo, y sostengo con inusitada convicción, es que me aguarda. Que cuando yo encuentre ese lugar saltará raudo a mi encuentro con ese brillo en los ojos que aparecía cada vez que estábamos juntos.

En el ínterin, yo le seguiré pensando y, probablemente, encontrándole en otros ojos.

Publicado la semana 24. 12/06/2019
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