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FJ

Conmigo o contra mí

El problema es la chaqueta.

Esa chaqueta que define, a primera vista, a quien la viste. Esa chaqueta que disecciona y encasilla. Que posiciona para que nada más verla en otros sepamos diferenciarlos. Y nos encanta, lo necesitamos, nos da fingida seguridad. Nos atrae llenar cajas de ordenación y clasificarlas por ideas, colores o equipos. Nos fascina cerrar esa caja y escribir con rotulador permanente sobre su tapa para siempre tener presente a qué pertenece lo que hay dentro.

El problema es la chaqueta, que vemos a distancia, que prejuiciamos a distancia y que odiamos o amamos tan íntimamente sin reproches o matices. Porque la chaqueta nos hace aceptar o repudiar. Amar u odiar. Solo la chaqueta. Porque si la llevamos puesta pertenecemos a algo. Algo que no tiene tanta definición en sí mismo si no se complementa con su contrario, su antónimo irreconciliable, si no le añadimos aquello que debemos odiar por solo llevarla. No vale tanto por lo que significa llevarla como por lo que significa llevar esa y no otra, cualquiera de las opuestas. Una definición que se fundamenta en lo que no la define.

Siempre ha existido la chaqueta, siempre fuimos así, nos gustan los bandos y definirlos, sentirlos y defenderlos, sobre todo para tener un contrario al que odiar. Quizá hoy cuando tenemos esa luchada libertad con tantas muertes en su nombre, ese librepensamiento que manoseamos insensatos y otros murieron por él impotentes, que pudiera pensarse cosa amable, nos asociamos a cualquier pensamiento colectivo, ufano, que marca sin remisión y delimita autoritariamente una forma de actuar y de, sobre todo, contra-actuar dependiendo de la chaqueta. Al final todo es molde para un colectivo plano, todo está envasado con unas instrucciones, ideas, muy fácilmente agrupadas e identificables, limitando burdamente la inabarcable capacidad de pensar, la inmensurable corriente de pensamientos que podemos hacer nuestra. Todo está simplificado, se reduce a la chaqueta que llevas, todo, como pueril riña de colegio, está agrupado en bandos perfectamente reconocibles. Con una simpleza patética y cicatera. Con sus perfectos pensamientos enlatados que se le asocian. Con su irracional odio al que se encuentre enfrente, con la chaqueta de ese otro color que tanto nos enseñaron a odiar, o temer. Todo haciéndose palpable, y cada vez más alarmante, por la desquiciante falta de cultura que liberaría el pensamiento.

Como digo, siempre fuimos así, pero hoy somos, en el periodo de mayor expansión de la información, más inflexibles que nunca, más estancos que nunca y estamos, en el periodo de mayor acceso a la cultura, más inamovibles que nunca, con esa estampa distorsionada de nosotros mismos que nos interesa transmitir a diario a cientos de personas que no conocemos, más intolerantes que nunca frente a las ideas ajenas, más ignorantes que nunca aunque fingimos parecer lo contrario, rodeándonos de un vano halo cultural inexistente, solo aceptable para la imagen que de nosotros proyectamos. Somos estrictos en nuestro pensar, somos totalitarios en nuestra ignorancia, enclaustramos todo lo que no ha sido razonado bajo nuestro propio prisma sobrevalorado y apoyado por el grupo al que creemos pertenecer, rancio como la chaqueta apolillada que vestimos, con tantas ideas cautivas que, en su impotencia, aúllan por ser escuchadas, pero nadie lo hace.

Todo se reduce a violencia intelectual, secuestros intolerables y facciosos. El maltrato de las ideas es nuestra peor lacra, más abominable que cualquier otra violencia física de la que tantos ejemplos tenemos. Y no deja de ser una gran paradoja, todos los que vestimos la chaqueta, nos jactamos de raciocinio pleno, de brillante sapiencia en nuestros actos y dichos, porque todo lo soportamos mediante nuestro ideario colectivo, tan autoritario y encorsetado, tan poco estructurado. En el pretendido mundo de la razón, vivimos, de chaqueta vestidos, en una irracional masacre de ideas nunca libres, cautivas por individuos y colectivos, más inertes que nunca, más críticos que nunca, con mayor virulencia y auto-afirmación pero con menos herramientas para erigirnos en el ser racional que creemos ser.

Al final, para todos es la misma chaqueta, da igual el bando. Es la chaqueta de la ignorancia y el odio, del resentimiento y el prejuicio, de la inseguridad incluso, de ese sentirse fuerte, completo, solo asociado a un colectivo mayor que cobije y refuerce mis renqueantes convicciones y que me diferencie del errático oponente.

Publicado la semana 15. 08/04/2019
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