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FJ

Las llaves del BMW

Sentada en un butacón ajado, ojos vidriosos cansados de certezas incómodas y un bastón inseparable, erguido, como su conciencia, a su derecha. La vida le mostraba sus últimos capítulos que, serena y paciente, aceptaba con una dignidad apabullante. Quizá llegaría a contar con noventa años de almanaque el próximo verano, pero poco le importaba. La templanza de una vida digna y esforzada no le hacían ansiar nada, solo vivir hasta que “el de arriba decidiera” decía. La tranquilidad de una vida decente es tan cómoda para quien la logra que pareciera que en sus últimos años anduviese sobre nubes esponjosas.

Una voz pausada y débil no escondía una talla ética insuperable. Sus movimientos lentos y cansados no hacían más que acompasar una sabiduría vital no escrita en libro alguno. La sabiduría del campo y el hambre. La sabiduría inalcanzable de la azada y el zurcido. La lógica aplastante del esfuerzo y consideración.

—Llegarás a los 98 años —dijo él.

Asintió distraída, sin importarle en absoluto. Descifró el enigma de la vida hace tiempo, ahora su cometido era permanecer firme de espíritu para ser admirada, como cuadro en ermita que juega con el tiempo.

Y fue en ese momento cuando él, obnubilado, sin dejar de prestarle atención, pensó en las cosas que alegraban su propia vida, su día o incluso unos segundos. El corredor que agradece el paso en un cruce, el bebé que ríe travieso, el niño que por favor pide un vaso de agua, la visión de un pueblo dentro de un valle a la vuelta de la última curva, el cumplido sincero y amable, la sonrisa de buenos días, niños distraídos tras una pelota, la emoción del perro con su amigo de vuelta, la copa de vino en compañía… tantas cosas sin valorar lo suficiente, tantas cosas priorizadas injustamente. “La satisfacción es algo sencillo y nos empeñamos en que sea aparente”, pensó.

Al salir del hospital se impregnó de la humildad más pura, la humildad de los que no necesitan regar su ego. Sonrió agradecido, tiró las llaves de su BMW y volvió a casa andando.

Al día siguiente, llaves de repuesto en mano, reloj caro en la muñeca, volvió a su trabajo tan bien remunerado y petulante. Hacía falta demasiado coraje para anteponer lo verdaderamente importante.

Ella nunca vistió de Prada, la felicidad se encontraba en los prados.

Publicado la semana 14. 02/04/2019
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Delibes , recostado en castaño, cuaderno de notas , milana bonita, humildad
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