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FJ

Días de campo y followers

Qué bonito el campo cuando huele a humo, bonito el monte cuando hay bolsas y envoltorios, bonito el cielo para mirar divertido por su caleidoscópico agujero de ozono. ¿Qué significará ozono? Nombre raro para una capa con agujero. Creo que Ozono es un personaje de una peli que vi el otro día en un centro comercial. No era un gran superhéroe, ellos siempre llevan la capa impoluta. No la vi en el cine que me pilla al lado de casa, el de al lado de casa de mi madre tampoco, creo que era el del otro centro comercial que me pilla un poco más lejos, unos tres kilómetros, ni a comerme el aguacate me da tiempo. Un día de estos me compraré una bici para ir, que me han dicho que los coches escupen ce o dos (o algo así).

 

Qué bonito día estoy pasando, bonitos los conejos con su menú de detritus, bonito el perro abandonado después de Navidad que olisqueó mi pantalón. Fue un momento mágico. Bonito el galgo ahorcado en ese lejano árbol de madera seca, le da un toque especial, a lo sauce llorón. Es un auténtico “árbol de caza”, voy a fotografiarlo. Subiré a Instagram una foto digna de influencer, con mucho cuidado, que no me la estropee aquella maldita retroexcavadora que no para de gemir. ¡Clic!, vaya, este ángulo no es bueno, aparece el anciano abandonado sentado en la piedra del fondo. Pobre familia, debe estar tan ocupada. ¡Hoy en día no tienes tiempo para nada! ¡Clic!, ahora sí, encuadre perfecto. En blanco y negro seguro que tiene más dramatismo. A partir de 50 likes me alegra el día. Es mi umbral. Hay gente que lo tiene bajísimo. ¡Si mercadeo con mi felicidad por lo menos que sea a partir de 50! Luego están los falsísimos que dicen que no se preocupan por este tipo de banalidades, tan dignos… ¿Serán felices sin una sola foto que lo acredite, sin un solo texto justificando esa felicidad? No me fio de ellos, algo esconden, una vida triste seguramente. Todo el mundo sabe que lo bueno se distrubuye por doquier para aparentar vidas felices y perfectas. ¡Qué difícil es disfrazar la mediocridad!

 

Y qué bonito el niño, respirando aire puro, del puro de su padre.  Cómo disfruta viendo Bob Esponja sin levantar su vista del iPad al aire libre. Me encantan sus padres haciendo un picnic este sábado soleado y comiéndose a Whatsapps. Qué estampa tan feliz, qué afortunando su hijo siendo así educado: anestesiado por pantallas. Muero de amor y ternura digital. 
 

El próximo día vengo con mis amigos, masificando cualquier sitio recomendado en el blog de turno, pero más arreglado, hoy no me he podido hacer fotos con esta camisa vieja. Espero que no haya tanto runner equipado hasta los dientes para correr veinte minutos y obsesionarse con un cuerpo inalcanzable. No es mi caso, soy un tipo celoso de su intimidad y con valores estrictos, mi primer contacto en el móvil es aaMamá, llevo bigote en noviembre, lazos de colores según el día, desayuno kéfir y mi último hastag fue en favor del pueblo Palestino, estos persas hacen unas bufandas monísimas. Quizá hasta me haga vegano, o por lo menos dejaré de comer carne y así salvaré el planeta, cualquiera sabe que para ser moralmente avanzado debes hacerlo. El otro día cené con Julián, mi amigo vegano que habla de la explotación de animales y la invasión de campos. Le pregunté por algunas pautas para empezar. ¡Qué rico estaba todo en La Vaca Argentina!

 

Ha sido tan especial este día que creo que voy hasta a escribir sobre ello, lo publicaré en 52 golpes. Espero que al menos 50 views honren este esfuerzo, si no eliminaré mi perfil. Lo último que me considero es frívolo e insensible, fijaos que ¡hasta escribo! La vida me ha enseñado a preocuparme por lo que pasa a mi alrededor y tener muy en cuenta las causas desfavorecidas. Sin ir más lejos, la semana pasada doné un euro vía SMS a no sé qué causa importante para mi conciencia, mientras mi padre, por quinta semana consecutiva, me esperaba para dejar de comer latas en la mesa de su cocina.

Publicado la semana 12. 20/03/2019
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