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F.A. Andrade

Alexandría

El sueño que se apoderó de aquel muchacho una tarde de abril poco tenía de ficción. Acostumbrado a relucir un aspecto cargado de tormento e inquietud, tomó un libro de su vasta biblioteca; uno de tantos ejemplares que habían permanecido cerrados durante años, cuyo contenido él ignoraba.

Aquel libro relataba palabra por palabra los sucesos de un pasado que él añoraba, recuerdos que fatigaban la actividad misma de su pensamiento, reminiscencias que asemejaban una tortura. Pero algo había cambiado en todos esos años, por primera vez desde el origen de su soledad, él se encontraba en paz.

Continuó avanzando lentamente por los estantes infinitos de aquella biblioteca abandonada. Con cada paso dejaba atrás un vasto conglomerado de instancias que habían sido olvidadas. Algunas evocaciones eran felices, y eso era más de lo que él podría haber esperado al comenzar su breve travesía.

Poco más se puede comentar respecto a este breve, pero efectivo, sueño. Quizás el joven suponía que esa noche sería su última; tal vez descubrió en la cruel caricia del fuego cierto grado de armonía. Una tenue niebla comenzó a cubrirlo de a poco, y cada dirección a la cual miraba era la misma. El latir de su corazón y el sangrado de la tinta eran uno solo, quizás siempre lo habían sido.

Solo un pensamiento casual lo sacó de su ensimismamiento. Cuando tomó la decisión de quemar la biblioteca, el contenido de los escritos quedó expuesto por unos minutos, solo para el efímero agrado de sus ojos. Abatido, observó cómo las letras escapaban de las páginas, ahora vacías. El silencio lo envolvió, abrazando su frágil vestigio de convicciones que paulatinamente se convertían en carencias. Extenuado, comprendió que nadie más lograría develar el secreto que su pequeña biblioteca de Alexandria guardaba en su mente, porque quizás cualquier destino deviene en indiferencia.

Publicado la semana 5. 31/01/2019
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