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F.A. Andrade

Laberinto de Babel

La indiferencia lo condenaba a escuchar por siempre un mensaje sin receptor. La nueva torre de babel se encontraba encendida a toda hora, pero su forma de laberinto la volvía un destino inexorable. 

El caos que lo envolvía carecía de importancia,sin embargo sus representaciones más personales se habían perdido hace tiempo. El insomnio era el recóndito lugar donde aun guardaba su reflexión, dañina por cierto, y por ende su único escape temporal ante el desconcierto permanente. 

Ciertas noches,entre sueños, la torre parecía no existir, y abriéndose paso entre individualidades aparentes aquel joven soñaba con una salida hipotética, casi utópica. Pero todo seguía igual al despertar, ninguna quimera se presentaba y el caos seguía latente en la cotidianidad. Ni siquiera sabía si él mismo era con certeza la misma persona que el día anterior.

Dicen que una noche consiguió escapar, por un momento. En ese instante vislumbró lo eterno, mientras la torre ardía delante suyo, solo para reaparecer en el mismo lugar. Lágrimas brotaron de sus ojos al comprender que estaba destinado a repetir el ciclo una y otra vez. Se preguntó cuántas veces había observado las llamas, o si esta era la primera vez de tantas. ¿Cómo liberarse de aquella prisión si tan solo eran sombras que dictaban a otras sombras? 

Quizás comprendió que el laberinto que lo encerraba no era físico, sino temporal; o tal vez intuyó que esa noche sería su última. El impreciso andar de las llamas le dio cierto grado de paz por primera vez en muchos años y su sonrisa ya no fue compaliciente.

Su única, y última, certeza fue que en aquel efímero momento nadie más que él podría disfrutar de la sinceridad de su melancolía. Nadie lo sabría, por supuesto, pero lo reconfortaba pensar que el hombre que muere al abandonar su máscara no es menos hombre que aquel que es enterrado con ella.

Publicado la semana 1. 03/01/2019
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