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esKaleno

Príncipes azules y cuentos de hadas

La perrita acostumbraba a ladrar todos los días a las seis menos veinte de la mañana. La perrita era en realidad una mastina atigrada de casi setenta kilos. Su ladrido bronco, insondable, retumbaba desde los cimientos del edificio hasta la cumbrera del tejado. La cosa duraba ocho o diez minutos hasta que salía del piso y luego otro par más escalera abajo hasta el portal. Los vecinos, por lo general muy tiquismiquis, jamás habían dicho ni media palabra sobre esa costumbre canina. Ni una queja, ni una mención. Esto no dejaba de sorprender a Marta, pues la oía perfectamente viviendo tres pisos por encima. Lo cierto es que a ella no le molestaba ya que coincidía con la hora exacta en que se levantaba para trabajar y los fines de semana dormía tan profundo que ni se enteraba. Sin embargo no comprendía lo del resto del vecindario capaz de quejarse al ayuntamiento del camión de la basura, de llamar a la policía por los estudiantes del tercero o convocar una reunión extraordinaria por los cólicos que combatía con llanto el bebé del ático.

A decir verdad, a Marta le gustaba la perrita (este era un diminutivo que seguro era la única que usaba). A decir verdad, a Marta también le gustaba el dueño, un hombre distante, más joven que ella, de grandes ojos, oscuros y fríos, y cierto aire de matón con clase, como los de esas películas dónde el malo secundario resulta más atractivo e inteligente que el poli protagonista. Así era como ella lo veía. No se podía decir que hubieran tenido antes una verdadera conversación hasta aquella vez. Él salía del portal junto a la perra. Su atuendo deportivo parecía indicar que iban a correr un rato por el parque perimetral del barrio, como acostumbraban en las tardes que no llovía.

—Hola, que buen día, ¿verdad? —Marta sonreía buscando sus ojos.

—Sí —él no mostró ningún interés en sus palabras.

—Oye —Marta decidida no se amilanó por ello—, ¿no se ha quejado nadie de los ladridos de la perrita por las mañanas?

—¿Qué? —dirigió a Marta una mirada de suficiencia, como indicando que la “perrita” se la podría comer de un bocado si le diera la gana—. ¿Por qué lo dices? No creo que ladre tanto, ¿alguien te ha dicho algo?

—No, no. Y eso es lo que me extraña —Marta le devolvió la mirada, como indicando que ella se lo comería a él de un bocado a nada que lo intentara—. Aquí hasta el zumbido de una mosca parece molestar a alguien...

—¿A ti te molesta?

—A mí no, pero admitirás que es bastante escandalosa a unas horas muy poco apropiadas.

—¿Has visto lo que dicen de ti, Kira? —él sonrió dirigiendo su vista hacia la perra pero acercándose a Marta hasta casi rozarla—. Que quieres que haga, ¿ponerla un bozal?

—¡Nunca se me ocurriría! Pobrecita. Ya te he dicho que a mi no me importa y si nadie se queja... Además es el perfecto despertador, nunca falla.

—Oye —ahora estaba realmente cerca y ella aspiró con deleite su fragancia—, ¿por qué no te vienes con nosotros a dar una vuelta? Tú lo has dicho, hace muy buen día, demasiado para meterse ya en casa...

—Mmm, sí, ¿por qué no?

Marta estaba encantada con el giro de los acontecimientos. No era lo que había pretendido, pero siempre aprovechaba las oportunidades que se presentaban. Sabía que no era su tipo. Le había visto muchas veces con chicas jóvenes y sofisticadas. Auténticos pibones, para los que ella jamás sería competencia. Caminaron despacio hacia el parque que encontraron más vacío de lo que hubieran supuesto. Unos pocos niños en los columpios y sus cuidadores cerca, un par de perros enganchados por sus correas a sus paseantes y un jardinero municipal recogiendo sus aperos en uno de esos cochecillos eléctricos. Hablaban de trivialidades, de algún cotilleo de los vecinos, de nada. O más bien lo hacía Marta mientras él apenas mostraba interés, más atento a las evoluciones de Kira a la que había dejado suelta al llegar a una de las zonas más solitarias.

—¿Cuánto te gastas en comida? —Marta se paró un momento señalando con la cabeza a Kira—. Tiene que tragar como una lima...

—No llevo la cuenta —la miró con cierta sorpresa—. No creo que nadie que tenga mascota piense en el coste, porque si eso realmente importara, no la tendría.

—En todo el rato que llevamos por aquí —Marta reanudó la marcha—, no ha hecho, bueno, no ha hecho... cacas.

—!Mira que observadora! —no recordaba que nadie se hubiera interesado nunca por las deposiciones de Kira, más allá de él mismo cuando la perra estaba inapetente o enferma—. Es muy regular, siempre lo hace en la primera salida del día.

—¿Y lo recoges con esas bolsitas? —ella hizo el gesto de coger algo con una mano.

—Ja, ja —él rio con ganas—. Eres una tía un bien rara. ¿De verdad quieres saberlo? Pues acompáñame mañana por la mañana.

La voz insinuante no tenía nada que ver con lo escatológico del tema y Marta aceptó el reto con todas sus consecuencias. Se paró otra vez, girándose suavemente. Se puso de puntillas apoyando los brazos en sus hombros y confirmó con su lengua dentro de la boca de él, todas las posibilidades que la noche prometía. Kira llegaba en ese momento junto a ellos y ladró una única vez como dando por terminado un bochornoso espectáculo. Se separaron y sonrieron. Él puso la correa a la perra y fueron volviendo cogidos por la cintura.

La noche cumplió sus promesas, sin escatimar nada. Algo de comida rica, algo de alcohol refinado, algo de coca bastante pura y muchas, muchas, “acrobacias”. Marta despertó con el sol ya alto y Kira lamiéndole una mano. Tardó unos minutos en darse cuenta de donde estaba y en ser consciente de que esa mañana ya no llegaría al trabajo. Se levantó sin prisa, dio una vuelta al apartamento seguida de la perrita a la que no había oído esa madrugada. Llegó a la misma conclusión que por la noche. Era imposible que tanto lujo cupiera en el mismo edificio que su piso. Del dueño no había ni rastro y a Marta le pareció bastante raro. Estaba todo tan recogido, impoluto y vacío, que parecía que allí no viviera nadie. Y sobre su propia presencia, un posible observador ocasional habría pensado que se trataba de una “ocupa” muy cuidadosa que apenas dejaba rastro.

De repente, una desazón premonitoria invadió su ánimo. Se vistió a toda prisa y antes de salir precipitadamente del apartamento se fijó en un sobre dirigido a ella. Lo abrió y encontró un fajo de billetes de 100, y una nota en la que ponía: “Para la manutención de la Kira. Gracias”. Su desconcierto no la paralizó. Metió el sobre en su bolso, cogió a Kira del collar y salió de allí como alma que lleva el diablo. Subieron a su piso andando y entraron en casa como si eso fuera suficiente para ponerse a salvo. El corazón daba botes por toda la caja torácica amenazando con salírsele del pecho, cuando escuchó un alboroto extraño en la escalera. Reprimió su curiosidad y cerró con dos vueltas de llave la puerta. No tenía la menor idea de que ocurría, pero sentía que debía permanecer alejada. Cuando se tranquilizó, llamó a la oficina alegando molestias estomacales que la mantendrían unos días fuera de sospecha por su ausencia.

Al caer la tarde, salió con la perrita al parque y aprovechó para comprarle comida. Intentó pasar desapercibida, aunque con Kira no era tan fácil. Al volver, se tiró en el sofá y encendió el televisor, necesitada de un poco de distracción. Fue cambiando de canal sin prestar atención hasta que se encontró con los ojos de él. Subió el volumen. No daba crédito. Uno de los hombre fuertes del cártel de Sinaloa en Europa y el más buscado del estado se había dado a la fuga a punto de ser trincado. El despliegue policial había fallado, supuestamente por un chivatazo. Las imágenes del apartamento, que reconocía perfectamente, se sucedían frente a ella. Su portal, la vecina del segundo C desenfocada y murmurando que no sabía nada. Y otra vez sus grandes ojos, oscuros y fríos, la miraban desde la pantalla.

Pasaron varias meses hasta que llegó a sentirse fuera de peligro o al menos lejos de ser detenida o interrogada. En aquellas circunstancias, la perrita resultó una compañía impagable. Todos los primeros de mes, se transfería a su cuenta una cantidad considerable desde una compañía desconocida, que al principio Marta no tocaba. Tentada estuvo de donarla a alguna ONG, tal vez en México, para contrarrestar... Pero al final decidió dejar el trabajo cuando descubrió la causa de las molestias estomacales que hacía un tiempo habían dejado el estatus de escusa. Resultaría extraño, con su edad, verse embarazada. Aun así, un halo de felicidad la rodeaba, aunque la sombra del padre resultara tan alargada.

Pasado un año, Marta había normalizado su rutina. Se levantaba temprano, daba de mamar a su niñita y la preparaba para salir cargándola en la mochila portabebés cuando Kira, a las seis menos veinte comenzaba su cantinela de ladridos excitados. Nadie, nunca, le dijo nada. Ni sobre la mala costumbre de la perrita, ni sobre los llantos con que su hija clamaba por su atención o simplemente clamaba.

Publicado la semana 8. 24/02/2019
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Somewhere over the rainbow - Israel "IZ", https://www.youtube.com/watch?v=V1bFr2SWP1I
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