07
esKaleno

En ese momento de mi vida

—Ah, cariño, hoy Julia tiene el día libre —Míriam, mi mujer, me lanzaba esas palabras como quien lanza puñales, desde la cama—. Y ya sabes, tengo reunión del comité. No podré recoger a los niños.

—Pues dile a Marta —se lo sugerí aun sabiendo que no era eso lo que ella planeaba.

—No, no le diré nada. Marta limpia y cocina, punto. No soporta a tus hijos, ni ellos la aguantan. En su día llegamos a un acuerdo. Nada de hacer de niñera. Se negaría y con todo el derecho.

—¿Y tu madre?

—En el balneario.

—¿Y la mía?

—No digas tonterías.

—Pues llama a Paz.

—¡Ni hablar! ¿Ya no te acuerdas? La última vez la encontramos haciendo más que manitas con el punky aquel, en un sofá.

—¡Venga ya! Yo no puedo ir a por ellos...

—Pero si me dijiste que hoy te ibas a tomar la tarde libre para ir al club de golf.

—Pues por eso —ahí ya sabía que tenía la batalla perdida—. He quedado con Pedro Lasa, el consejero-delegado de

—Sé perfectamente quien es —mi mujer me cortó en seco—. Puedes quedar otro día. No creo que hacer unos hoyos con ese tontolaba sea más importante que tus hijos.

Se dio la vuelta en la cama y se cubrió el hombro con el edredón, dando por finalizada la, llamémosle, conversación.

—Veré lo que puedo hacer —claudiqué de mala gana—. Ya te llamaré.

Me sequé el pelo y terminé de vestirme en silencio. Mis hijos, eso fue un golpe bajo. Los hijos de un donante desconocido por culpa de mi esperma “vago”. Salí de la habitación aguantando el impulso de dar un portazo. Más por “mis hijos” que por Míriam que disfrutaría todavía de hora y media de cama sólo para ella. Sonreí pensando en la que le montarían si se despertaban antes y tentado estuve de dar el portazo cuando dejaba la casa. Javier, Andrés y Pablo. Tres pequeñas bestias asilvestradas. ¿Cómo me dejé engañar? La sonrisa se me congeló en la cara al volver a recordarlo. Aquella primera ecografía con tres puntitos latiendo. Casi salgo de allí corriendo.

Desde el coche llamé a mi secretaria y le pedí que anulara todas las citas de la mañana. Protestó, refunfuñó. Que si mi agenda no podría cuadrase luego, que si el director del banco, que si la vicepresidenta de la junta de seguros de no sé que y no sé cuantitos. Me recordó con severidad lo delicado de mi situación y lo irresponsable de no atender mis obligaciones. A veces parecía que era ella la que mandaba. A veces en realidad lo hacía. Me importaba una mierda. A pesar de lo “delicado” de mi situación, de estar con la soga al cuello, había decidido no pisar el despacho ese día que empezaba tan fantásticamente.

Conduje un rato sin rumbo, mientras la mañana iba barriendo los últimos rastros de la bruma nocturna. Aparqué cerca de una de esas salas de juego que habían proliferado por la ciudad como ratas en un basurero. Nunca había estado en una y entré con cierta curiosidad. Había más gente de la que esperaba para ser las siete y media de la mañana. Y más diversa. Jóvenes que habían parado allí tras una noche de fiesta. Señoras en chándal. Algún tipo trajeado, como yo mismo. Otros más desaliñados. Pedí un café solo y una ginebra. Pensé en comer algo, pero no tenía hambre y la oferta de la barra tampoco incitaba a la gula. Todas aquellas personas a mi alrededor tenían un objetivo. La mayoría alimentar su adicción, pero incluso ese era un objetivo. Yo no. Sólo les observaba en la distancia y me resultaba tan hipnótico como mirar con la mente vacía un programa insulso de televisión.

Al cabo de dos horas y de otros tres cafés y otras tantas copas salí de allí con todos los sentidos embotados y un ligero ardor de estómago, aunque bastante más animado. Me acomodé en el coche intentando esquivar la nube lúgubre de pensamientos enmarañados que planeaba sobre mi cabeza. Qué hacer. Qué hacer. Qué hacer... Llamé a Nuria, mi, mi qué, ¿mi amante? Un tanto trasnochado el término, pero sí, mi amante.

—Hooola, chata.

—Joder, cuántas veces te he dicho que no me llames chata —Nuria no parecía tener un buen día—, ni churri, ni nena, ni que me llames a estas horas de la mañana.

—¿No estarás trabajando, no?

—¡No! ¡Lo que estaba era durmiendo!

—¿Turno de noche?

—Sí —lacónica.

Me gustaba Nuria. Me gustaba mucho Nuria. Quería a mi mujer, que típico, pero lo de Nuria era especial. Tan joven, tan fuerte, tan ruda. La conocí en un control antidrogas en la A-30. El despliegue era mayor de lo habitual y bastante más teatral. Entre los diez o doce policías mal encarados estaba ella. Me tomó una muestra de la cara interna del papo que dio negativo, como podría haber dado lo contrario. Yo sonriente y ella muy seria. El uniforme no la favorecía, aunque enseguida tuvo ocasión de dejarlo de lado. Ascendió rápido y pasó a formar parte del equipo investigador de la fiscalía anti-corrupción. La dejé mi tarjeta y contra todo pronóstico me llamó aquella misma noche.

—Venga nena, ¿por qué no me invitas a desayunar?

—Vete a tomar por culo.

Colgó sin más. Ella era así. Nuestro rollo era así. Sin embargo el teléfono sonó al momento.

—Hola churri —me encantaba provocarla y a ella que lo hiciera.

—¿Churri? Pero a ti que te pasa —la voz de Míriam casi me provoca un corte de digestión.

—Na nada —titubeé.

—De verdad que estás muy raro últimamente..., bueno que no tengo tiempo, se me ha olvidado decirte esta mañana que tienes que llevar a Pablo a judo y a Javier y Andrés a danza.

—Espera, espera, espera. ¿Judo? ¿Danza? Pero que

—Pero que, nada —Míriam era muy de cortarme en seco—. Te mando un guasap con los horarios y direcciones. No me llames que tengo el día completo. No sé a que hora llegaré a casa. Ciao, amore.

—Y encima con recochineo. ¿Míriam?

Ya había colgado. Ella era así. Nuestro matrimonio era así. Y yo seguía empotrado en el asiento del coche. Vaya un asco de mañana, de semana, de año. Vaya asco...

Empezaba a dolerme la cabeza y me acordé de Pedro Lasa. Dolor y Pedro era algo cada vez más relacionado. Pedro, mi Pedro. Últimamente las cosas se habían torcido entre nosotros y nos habíamos citado para ver si podíamos enderezarlas. Sí, Pedro, el consejero-delegado de industria era mi otro ¿amante? Que puedo decir, soy un hombre “liberado”. Oh dios, tenía que avisarle y no iba a gustarle demasiado. Como por arte de magia sonó mi teléfono.

—¿Pedro?

—Sí, oye, era para confirmar lo de esta tarde —sonaba ansioso y lejano.

—Justo estaba pensando en llamarte. Precisamente por lo de esta tarde. No va a poder ser, o al menos no como habíamos pensado. ¿Te podrías liberar ahora un rato? ¿O al mediodía quizá?

—¿Te das cuenta que siempre es igual contigo? —dejó escapar un suspiro y continuó—. Tú y tus prioridades. Tú y tú y tú, como si no hubiera nada más en el mundo.

—En serio, no ha sido cosa mía.

—Excusas, siempre es lo mismo — pareció dudar un momento—. Está bien. Me escaparé en cuanto pueda. Espérame en el apartamento.

—Gracias —yo también dudé un instante—. Te quiero.

¿Le quería? ¿Quería a mi mujer, me gustaba mucho Nuria y quería a Pedro? En ese momento de mi vida tal vez era a él a quien más necesitaba. Más equilibrado y sensato de lo que a veces parecía, aportaba cierta calma a mi borrascosa existencia. Y también suculentos contratos, en blanco y en negro, que me mantenían en la cima. ¿Era eso ser tan egoísta como él pretendía? La verdad, ni me lo planteaba.

Arranqué el coche y me puse en marcha. Al menos entonces tenía un destino. En veinte minutos estaba en el apartamento como él lo llamaba. Era nuestro nidito, ja, ja. Cuánto darían algunos capullos por descubrirlo. Subí, puse un CD de Johnny Cash, uno de sus últimos discos de versiones, y me serví una copa de lo primero que cayó en mis manos. Me aflojé la corbata, me quité la chaqueta y los zapatos y me hundí en un sillón, a la espera. Me dejé arrastrar por la voz oscura, con ese tinte ligeramente senil, del viejo Johnny, que me recordaba un poco a la de Pedro. Estaba empezando a venirme arriba, uh, uh, ya nos entendemos.

Your own, personal, Jesus. Someone to hear your...”

—¡Joder! —la llamada de móvil me despertó de mi ensoñación.

Se trataba de un número oculto y tentado estuve de no cogerlo, pero en un acto casi automático puse el altavoz y contesté con recelo.

—¿Sí?

—Hola, soy yo —era Nuria—. ¿Dónde estás?

—En el despacho —mentí—, pensando en ti.

—¿Es que nunca puedes decir la verdad a la primera? —sonaba dura y preocupada—. Mira, no tienes mucho tiempo. Escúchame atentamente: me ha llegado la onda de que van a por ti. Tienen pruebas y

—¡Pero que dices! ¿Qué van a por mí? ¿Quién va a por mí?—no tenía muy claro estar entendiendo.

—Vamos, hombre, que estás hablando conmigo, no intentes hacerte el inocente. Sabes a lo que me refiero. A Lasa lo detuvieron ayer y cantará si no lo ha hecho ya. No va a caer solo y tú eres un cabeza de turco idóneo.

“...Reach out and touch faith...”

Dejé que la voz de Johnny penetrara unos segundos en mi cerebro. Pero enseguida se superpuso la voz de Pedro, detenido, echando el anzuelo. Y piqué como un pececillo indefenso.

—¿Sigues ahí?

—Sí —me costó responder.

—Pues yo que tú, desaparecería del mapa un tiempo. Haz lo que tengas que hacer, mueve la pasta, búscate un refugio, sal del país. Lo que quieras, pero hazlo ya. Olvídate de que existo, bastante me la estoy jugando con esto y además

Dejé de escucharla antes de colgar. ¿Estaba irremediablemente perdido? No tardaron ni cinco minutos. Sonó un golpe en la puerta que se abrió de forma brusca. Sabía que no era Pedro, mi Pedro. ¡Qué cabrón! Dos tíos con cara de pocos amigos entraron escoltados de otros dos de uniforme, con hechuras de armario ropero. Creía que lo de leer los derechos era cosa de las pelis de polis, pero no. Me hizo gracia y me reí. Creo que eso no ayudó y me comí un puñetazo en la boca del estómago que me dejó sin aliento.

No atendía a lo que me decían y conseguí echar un último trago. Imaginé a los niños, “mis hijos”, esperando en la portería del colegio torturando metódicamente al conserje hasta que Míriam fuera a por ellos. Sentí un poco de pena por él, pobre hombre, totalmente inocente. Me arrastraron al ascensor y comprendí que estaba borracho perdido cuando vomité en los zapatos de uno de los de uniforme. Me volví a reír sin calibrar el riesgo y así continué durante el viaje a la comisaría, ante las miradas atónitas de mis captores.

Y ahora estoy aquí. ¡Quién me lo iba a decir a mí! Míriam se divorció de mi y se alejó con los tres diablos para siempre. De Nuria no sé nada. No elegí la cárcel de Soto del Real, no me faltaba más que coincidir con Pedro. Rechacé los numerosos tratos para acortar mi condena. Para que, si aquí estoy más tranquilo que fuera. Todavía me río cuando recuerdo aquel día, que cosas... 

Publicado la semana 7. 17/02/2019
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El rock de la carcel - Elvis, https://www.youtube.com/watch?v=dZLIhYsvoBk&start_radio=1&list=RDdZLIhYsvoBk
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