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esKaleno

Una sombra junto a un árbol

No hacía frío. El sol jugaba al escondite tras las ramas de los pinos y los pocos robles reviejos que quedaban. El bosque permanecía en silencio. Lo único que se oía eran tus pasos sobre las hojas secas y el ansear del perro cuando se te acercaba corriendo, o con las mismas, se alejaba disparado. Avanzabas despacio, mirando al suelo. Buscabas vestigios de las últimas setas ya del final de la temporada, sin intención, de cualquier forma, de llevarte ninguna para casa. La luz atenuada, el aire limpio, el musgo fresco, el olor a tierra, a humus. Todo ello conformaba una atmósfera ancestral, mágica, que te llevaba de la mano a un estado inusual de calma. De haber sido consciente, hubieras pensado que levitabas.

Una ráfaga de aire inesperada te sacó del trance e hizo que tu corazón diera unos cuantos saltos locos como si buscara salirse del pecho. El vello en punta bajo tu ropa despertó tu instinto de alerta y empezaste a sentirte inquieta. Miraste a tu alrededor y sólo entonces te percataste de dónde estabas. Hacía media vida que no llegabas hasta allí, que lo evitabas. Te preguntaste cómo esta vez habías podido despistarte tanto. Lanzaste al aire unos silbidos de llamada y enseguida el perro volvió a tu lado, esta vez sin correr, intranquilo y asustado. Era un reflejo de tu propio estado de ánimo.

Al darte la vuelta para desandar el camino le viste allí parado, junto a aquel arbol. Ahogaste un grito que abrasó tu garganta. No era posible. No podía ser. Cerraste los ojos y volviste a abrirlos y allí continuaba. El impulso de salir corriendo se heló en tus piernas clavándolas al suelo junto a tu ánimo. Te miraba, fijamente, sin decir nada. Sus ojos oscuros, su tez pálida, su pelo castaño. Igual que hacía veinte años. La sangre escurriendo desde el oído izquierdo, su ropa manchada de barro. Igual que cuando lo enterraste, allí mismo, con tus propias manos.

Publicado la semana 59. 16/02/2020
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