02
esKaleno

Saldando cuentas

A las ocho de la mañana no había terminado de amanecer. La niebla, que llevaba días instalada en la toda la provincia, aumentaba la sensación de nocturnidad. Jaime puso el primer pie en la acera con cierta prevención. Odiaba salir a la calle cuando todavía podía encontrarse gente dispuesta a quemar la noche, aunque de la noche no quedaran ya ni ascuas. Apenas había dado tres pasos cuando una masa difuminada, que parecía llevar algo a rastras, le saludó con franca sorpresa.

―Hombre vecino, te ha tocado madrugar  ―la voz chillona de la señora Lucrecia que volvía de que su chucho gordo y paticorto hiciera sus caquitas matinales, hizo vibrar la cadena de huesecillos de sus oídos de forma casi dolorosa.

―No diría yo que esto es madrugar, además estoy acostumbrado ―en lugar de decir “vieja bruja aparta de mi camino si no quieres que te aparte yo”, que es que le pedía el cuerpo, Jaime contestó con una cortesía automática que había desarrollado tras años de trato con seres que consideraba infames, incluidos familiares y compañeros, y que en realidad detestaba―, no será la primera vez que tengo guardia en día festivo.

―Pero en domingo tiene que dar rabia ―la señora Lucrecia, sin siquiera saber a qué se dedicaba su vecino, volvía a la carga con ganas no disimuladas de una charlita que aliviara las horas de soledad, con olor a rancio, que la esperaban en su casa junto a un marido incapaz de mitigarla.

―Disculpe, pero, pero voy ya muy justo.

―Bueno, bueno, no te entretengo más ―la señora Lucrecia mostró su decepción con una mueca que transformó su rostro en algo grotesco y aterrador por igual―. Que pases un feliz día.

―Sí, sí ―Jaime reinició la marcha―, lo mismo usted.

La señora Lucrecia llegó a su piso pensando en que qué lástima de muchacho, para ella lo de pasar de los cuarenta no significaba nada, tan bien plantado, tan trabajador y siempre tan solitario. Aunque, claro, eso no era tan raro, porque no era nada hablador de puro tímido, elucubraba ella, tanto que a veces parecía hasta antipático, como esa mañana sin ir más lejos. Pero en fin, Dios da pan a quien no tiene dientes, que se le va a hacer y bastante tenía ella con lo suyo para preocuparse de lo de los demás...

Jorge, ya a varias manzanas, sentía como sus pasos, apenas audibles, se acompasaban con su ritmo cardíaco. Afortunadamente, aún conservaba el calor corporal de recién levantado de la cama que le permitió afrontar el envite de la centellada a punto de congelarle la sangre y la vida. Eso y que había tenido la prevención de vestirse como si encabezara una expedición a la Antártida. Se arrepintió de haber cruzado más palabras de las que debía con su vecina, porque para él cualquier cosa más allá de un saludo con la cabeza, con semejante chismosa, ya era hablar demasiado. Tampoco venía a cuento inventarse escusas para justificar que hacía a esas horas fuera de casa. Porque guardia no le tocaba. De hecho, antes de Navidad había abandonado el Cuerpo, aunque eso no lo sabían ni sus más allegados. Él mismo aún estaba asimilándolo.

Siguió avanzando por el recorrido que se había trazado mentalmente, procurando ignorar a las personas, solas o en manada, que aparecían tras cualquier esquina sin un destino definido. Eran como fantasmas vocingleros fusionados con la niebla. Al menos así evitaba tener que ver sus caras. Por un momento, asaltó el hilo enmarañado de sus pensamientos su propia imagen haciendo el gamba de la misma manera y no hacía tanto tiempo de ello. Era otra época. Casi feliz. Al menos despreocupada. No pudo evitar sonreír a pesar de sentirse estúpido y un poco hipócrita y con ese sentimiento alcanzó el paseo marítimo.

A unos cuantos metros se podía intuir a un grupo de chavales montando bulla, mientras uno de ellos se mantenía en equilibrio, a duras penas, sobre la balaustrada que separaba el paseo de una caída de cinco metros a la rocalla de la playa. Dudó mientras se iba acercando, pero la fuerza de la costumbre le impulsó a intentar evitar una pequeña desgracia. Pequeña, porque que cualquiera de esas lumbreras se abriera la cabeza, seguro que no supondría una gran pérdida para la humanidad. Pero allí estaba él, para frustrar la inconsciencia suicida de un estúpido, puesto hasta las trancas. Suspiró y con paso decidido se fue hacia el grupo.

―¿Tú estás loco? ―Jaime se dirigía al equilibrista mientras le obligaba a bajar agarrándole firmemente de un brazo y del cinturón― ¿No ves que te podías haber partido la crisma?

―Eh tío, tú sí que estás loco ―con tono monótono, el chico balbuceaba haciendo incomprensibles sus palabras a cualquiera que le escuchara―. Suéltame. Me haces daño.

Cuando por fin estuvo pie en tierra hizo un torpe intento de golpear a Jaime, que con un movimiento casi grácil, le echó al suelo y sujetó su brazo izquierdo a la espalda, inmovilizándole. Dos de los tarambanas del grupo se acercaron con intenciones que ni siquiera tenían muy claras. Jaime se incorporó y les miró a los ojos alternativamente, midiendo su catadura y valorando si merecía la pena liarla.

―Ni se te ocurra o te meto un puro que te cagas ―se lo dijo al que parecía más gallito que paró en seco sin necesidad de enseñar unas credenciales que ya no conservaba―. ¡Ya os estáis largando a casa!

Les dejó allí sin darle más vueltas mientras murmuraban sobre si el cabrón era madero, sobre el abuso policial, sobre lo buena que estaba Marta. Jaime se alejó pensando que esa acción irreflexiva podría poner a sus excompañeros sobre su pista. El impulso de quince años de servicio no parecía dispuesto a abandonarle tan fácilmente, ni siquiera en esas circunstancias. Circunstancias que justo se dirigía a finiquitar porque las consecuencias de sus actos hace tiempo que ya no le importaban. Hizo el esfuerzo de vaciar su mente y focalizar su concentración en los pasos que daba, en la niebla, en la madrugada.

Alcanzó el final del paseo, cruzó hacia el campo de fútbol e intuyó al fondo el edificio que buscaba. Empezó a sentir esa opresión en el pecho de las últimas semanas. Sacó unas llaves del bolsillo interno del plumas, sin quitarse los guantes, y abrió el portal con cautela. Paró un momento y apoyó el pie derecho en el tercer peldaño de la escalera. Se arremangó ligeramente el vaquero y cogió su arma de la tobillera. Con ella en la mano derecha y las llaves en la izquierda, inició la ascensión hasta el tercero. Sin prisa. Sin ruidos delatores. Sin muchas ganas. Pero la decisión llevaba mucho tiempo tomada. Llegando al rellano, quitó el seguro a la pequeña Glock, imposible de ser rastreada, y abrió con suavidad la puerta con la letra B marcada.

Fue fácil y limpio. Dormidos en la cama, no se dieron cuenta de nada. Los disparos resonaron con más fuerza en la imaginación de Jaime que en la realidad de la mañana. Nada, aparentemente, le relacionaría con ellos. Con los antecedentes de la pareja, lo más probable es que la línea de investigación se decantara por un ajuste de cuentas. En cierto modo lo era, pero no relacionado con drogas o mafias. Nunca fue celoso, ni la quiso tanto. Pero las traiciones, aun tras años enfriándose en la nevera, se pagan. Primera muesca en la culata. Primera cuenta saldada.

Publicado la semana 54. 12/01/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
02
Ranking
0 124 0