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esKaleno

A 29 de diciembre de 2019

No se puede tocar el tiempo. Lo oí no hace mucho en un programa de televisión. Y es verdad. La imagen del tiempo como arena, como agua, escurriéndose de las manos, es un error fatal. Transmite esa falsa idea a la que la mente se aferra: hay que hacer cuenco con las palmas, apretando bien los dedos entre sí y entonces lo podremos retener. De algún modo, controlar. Qué idiotez. No hay nada que nosotros podamos hacer. No podemos tocar el tiempo. No podemos y no hay más.

Yo lo intenté muchas veces sin saberlo. Capturarlo. Retenerlo. Hacerlo mío. Sí, ahora que lo pienso, creo que ese era mi verdadero motivo. Tocar el tiempo. Lo de captar con una cámara retazos de realidad con objeto de informar. Lo de pasar las imágenes por mi filtro personal buscando el arte como final. Sólo excusas, ilusiones, banalidad.

Soy fotógrafa. Desde niña lo he sido. Era capaz de aislar ciertas imágenes de una acción continuada, como si las viera a través del objetivo de una cámara. A mi amiga Amaia en una cabriola especial saltando a la comba. A mi primo Mikel marcando el gol en el partido del recreo. A mi vecina Estefanía, la amá de las gemelas, tendiendo una bata azul en una tarde de sol. La imagen de un instante. Las imágenes de los instantes que me llamaban la atención, que marcaban el ritmo de mi corta vida. Las guardaba para mí. Las revisaba cada noche en la cama cuando apagaban la luz de mi cuarto.

No tenía más opción. Estaba abocada a ello. Intuía que una cámara fotográfica podría hacerme expresar todo eso que guardaba en mi fuero interno. Por más veces que lo pidiera, nunca me regalaron una. No me importó. Desde que empezaron a darme la paga, comencé a ahorrar. No me la gastaba en chicles, ni gominolas. Ni en cromos, ni tebeos. Ni en cigarrillos sueltos. Pasaron varios años antes de poder comprármela. Tendría cerca de trece ya. Una Polaroid de segunda mano y varios paquetes de película instantánea. Demasiada pasta. La inmediatez del resultado me pareció lo más alucinante. Una mezcla de memoria e imaginación. Sí, pero no.

Como lo de la fotografía les parecía una mindundicia, mis padres me obligaron a algo más. Ellos preferían estudios más serios, derecho como mi tío Blas. O algo que fuera más adecuado a mi sexo y a mis pocas ganas de estudiar, secretariado quizás. Pude haberme decantado por Bellas Artes, que daría cobertura a mi pulsión. Me decidí por periodismo, que me pareció algo más real y podría compaginar también con lo que ellos llamaban una afición que no debería desarrollar más allá. Se conformaron. Qué remedio.

Todavía se enseñaba lo de las cinco “W”, lo de la imparcialidad, lo de la ética profesional. No sé lo que se enseñará hoy día y además me da igual, pero en cuanto a la práctica actual, nada que ver con lo que todos, al terminar la carrera hace treinta años, teníamos por nuestro ideario. No tengo fuerza ni ganas de pormenorizar, pero puedo decir que cumplí,  tras meses de prácticas y un par de años de trabajillos mal pagados, con lo que consideré una vocación. Reportera gráfica. Tan equivocada estaba.

A mis padres a punto estuvo de darles un infarto matrimoniado e irse a la tumba a la vez, cuando se lo confirmé. Me iba a Sierra Leona. No tenían ni idea de dónde estaba. A decir verdad, yo tampoco. No eran los Balcanes o Irak, que copaban las primeras planas impresas o televisadas, pero tuvo su relevancia en la historia de los horrores, o del arte de la guerra como todavía habrá quien defina a semejante aberración de la que sólo es capaz el ser humano. Pisé Chechenia, El Congo, Etiopía y hasta Liberia. Los noventa del siglo pasado dieron para mucho. Nada que no se vaya replicando cada día de cada año con variaciones tan siniestras que da vértigo imaginar.

No voy a dejar aquí constancia de mis miserias. Nunca fui una de “los grandes”. Ni pretendí serlo. Menos valiente, menos implicada, de lo que debiera. Más “mierda”, en una palabra, de lo que jamás hubiera pensado que fuera. Esto es lo que aprendí de mí en aquellas incursiones a lo más profundo de lo que considero nuestra verdadera esencia. Yo no soy tan distinta a ninguno de ellos. Al torturador, al violador, a la traidora, al cobarde. A la que se parapeta tras un rifle, como yo lo hacía tras un objetivo gran angular. Sólo soy una más de esta especie autófaga que como un cáncer expansivo, se aniquila a sí misma y a cuanto la rodea.

Tras todo aquello, que pretendí borrar de mi presente como si hubiera sido un mal sueño, fotografié girasoles, asfalto, nubes, rascacielos, sonrisas, hielo, pájaros y hasta viento. No sirvió de nada. No me sirvió de nada. Ni siquiera capturaba el momento. No se puede capturar un momento. Tan sólo eran imágenes deformadas que no lograban replicar lo hermoso o lo terrible de la realidad cambiante pero condenada a repetirse. La inabarcable paradoja del tiempo enfrentado al espacio.

Creo que estoy desbarrando y esto no era lo que pretendía.  Ha llegado mi final. No puedo ni debo continuar. Sería traicionarme a mí misma una vez más. Al menos, no dejo a nadie que pene por mi ausencia. Así que estas son mis últimas letras. Cuando llegues a leer esto algún día, tú, quien quiera que seas, pensarás que fui una estúpida, una loca, una renegada. No sé lo que pensarás pero seguro que no te equivocarás. Y será tan irrelevante ese pensamiento tuyo como los cincuenta y dos años de mi vida entre los millones de eones desde que se formó el universo hasta que se extinga.

Publicado la semana 52. 29/12/2019
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