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esKaleno

El recuerdo de sus lágrimas

Me gustaba verla llorar. Las lágrimas resbalaban silenciosas por la piel de su cara haciendo brillar, de algún modo, su expresión dulce y serena. Nunca la vi llorar de pena. Tampoco de alegría. No exactamente. Lloraba cuando alguna emoción tan honda que que no podía ser controlada, alcanzaba su alma. Yo entonces era un niño y no entendía nada. Simplemente me quedaba mirándola, embobado, con la sensación de haber sido tocado por una barita mágica. No apartaba mi vista de ella hasta que se daba cuenta de mi presencia. Entonces se enjugaba las lágrimas con el dorso de una mano, sonreía y me llevaba a la cocina dónde me ofrecía una galleta, un trozo de chocolate o cualquier chuchería. Después, yo salía corriendo al jardín o hacia la sala o a mi habitación y me sentaba en cualquier rincón durante un rato, imaginando que la galleta me sabría a la sal de sus lágrimas.

Un día ella se evaporó. Desapareció de mi vida sin siquiera una despedida. Mi padre nunca me explicó nada. Tampoco yo me atreví a preguntar. Tan sólo dejé que esa sensación punzante, esa mezcla de desasosiego y rabia, subiera, de cuando en cuando, hasta mi garganta. Entonces el que lloraba era yo con una congoja incontrolada y amarga. La odié durante un tiempo pero acabé perdonándola. Y perdonándome por haberla odiado.

Mi padre trajo a otras para que nos cuidaran. A él sobre todo y a mí de pasada. Todas acababan esfumándose, pero ninguna fue lo mismo. Crecí. Me hice un hombre. Me alejé de mi padre y de su casa. Abandoné allí mis recuerdos, salvo el de sus lágrimas.

Me gustaba verla llorar. Nunca nada desde entonces me ha hecho sentir en calma.

Publicado la semana 51. 22/12/2019
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