05
esKaleno

Otra noche más

Sentí el calor en mi cara. La luz del día atravesaba el cristal cuajado de chorretones oscuros de la ventana. Un haz de luz pulverulento rozaba mis párpados. Abrí los ojos con desgana. Ahí estaban ese nudo en la boca del estómago y el regusto acre entre el paladar y la garganta. Nada extraño. Nada que no ocurriera con cierta frecuencia, demasiada. Me incorporé despacio. Al apoyar los pies en el suelo, una náusea recorrió mi esófago hasta la boca. Logré contenerla a duras penas. Giré la cabeza para ver con quien compartía la cama. No me sonaba de nada. Algún flash de la noche pasada escapó hasta mi me memoria. Un tipo dentro de mi, embistiendo. Yo gimiendo. Mordiscos, arañazos, cachetadas. Unas esposas, una navaja. Negué con la cabeza, como si ese solo gesto pudiera barrer de mi mente cada imagen inconexa. Me dirigí hacia una puerta sin poder evitar el asco que me producía lo que veía. Las paredes sobadas, el techo desconchado. Los restos de comida, de vómito, de cualquier cosa que tapizaba el suelo a mi paso. Giré el pomo y empujé. Era el baño o un sucedáneo macabro. Oriné lo primero. Me enjuagué la cara, la cabeza, las axilas. Al menos el agua estaba fresca. Desistí de una ducha al fijarme en el trapo mugriento que hacía de toalla.

Salí de ese agujero sin secarme, escurriéndome gotas del pelo. Me vestí como puede, sin fijarme en lo que hacía. Me puse las botas y recogí mis cosas. No pude evitar echar otro vistazo a la cama. No estaba tan mal. Tatuajes tribales cubrían sus brazos y parte de su espalda. Pelo muy corto, grandes patillas, varios pendientes. Un amago de sonrisa, casi infantil, enmascaraba su naturaleza de “bestia parda”. Dejé la habitación con sigilo, como si pudiera despertarle de no hacerlo. Al abrir la puerta de la calle el sol de mediodía cayó sobre mi, igual que si las puertas del infierno se hubieran abierto frente a mi cara. Me costó orientarme, pero al final encontré el coche y estaba entero. Encendí la radio y la señal horaria me contaba que eran las doce. Cincuenta minutos para llegar a casa, una ducha rápida y salir pitando al turno de tarde. No me daba tiempo de comer, ni tampoco hubiera podido. El estómago me bailaba en un mar de bilis y a punto estuve de parar a medio camino para vaciar lo que quiera que hubiera dentro. Pensé en la necesidad imperiosa de cambiar de vida. Nada extraño. Nada que no ocurriera con cierta frecuencia, demasiada.

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─Otra vez tarde Donson ─el inspector Barroso espera alguna excusa que no llega.

─Kovak nos espera. No sé que mosca le ha picado. Se han cargado a un tío en un antro de Brownsville ─Barroso se levanta de la silla con aire decidido─. Vamos.

Donson sigue los pasos de su compañero, jefe en realidad, al que alguna vez consideró amigo. Ni siquiera se pregunta qué de especial pueda tener el caso para que Kovak esté interesado. El pasillo estrecho y atestado de gente con prisa se le hace insoportable. El dolor de cabeza apenas es nada comparado con la bola dura y palpitante de la boca del estómago. Barroso alcanza el despacho del subjefe Kovak y entra en sin llamar.

─Hace media hora que les he mandado avisar ─el subjefe les mira alternativamente calibrando si merece la pena montarles la bronca que le pide el cuerpo─. Como ya les habrán dicho, han encontrado muerto al hijo del Gobernador en un hostal de mala muerte.

─¿El hijo de quién? ─Donson pregunta como si justo ahora hubiera despertado.

─Estoy conteniéndome para no meterles un puro. No me haga mandarle una semana a casa, Donson ─la expresión de Kovak, apenas cambia─. Michael Di Pietro, el hijo pequeño de Salvatore Di Pietro, era un descerebrado al que le gustaba meterse en líos. Se dice que para joder a su padre. Nada demasiado serio que se sepa, posesión y tráfico a pequeña escala. Algún escarceo con alguna banda, últimamente se le relacionaba con los Hoodstarz.

─Bueno, los Hoodstarz, igual le venía un poco grande a un niño de papá. De todas formas, no entiendo que pintamos en esto, ¿para que está la división anti-bandas? ¿Para seguir tocándose los huevos?

A Barroso no le gustan los asuntos de bandas. Mucho trabajo y pocos resultados. La maraña inextricable que siempre los rodea hace imposible poco más que intentar dejar a las hienas confinadas en sus zonas de caza. Y luego están los capullos de la cuarta, que ni joden ni dejan. Anti-bandas, anti-pollas... Mira un momento a Donson buscando un poco de apoyo, pero él ni se inmuta. ¡Qué cojones le pasará últimamente!

─No se embale Barroso, que todavía no he terminado ─Kovak continúa, cortando la intención del inspector de seguir replicando─. No lo voy a volver a repetir: hablamos del hijo del Gobernador. El asunto requiere un poco de tiento y resultados rápidos. Y algunas veces me pregunto por qué, pero aún sigo confiando en ustedes.

─¿Y eso es todo? ─el sexto sentido de Barroso está alerta.

─No... Se trata de un asesino en serie.

─¿Qué hostias? ─Donson pregunta sorprendido, más por salir de su mutismo que por lo que está escuchando.

─No se ha hecho público. Hace aproximadamente un año, apareció el primero. Un motorista de los Hijos del Silencio. Estrangulado en un antro de mala muerte. Ley de Sodomía. Son las palabras que tenía grabadas en el pecho, con algún objeto cortante, una navaja o un cutter. No había apenas sangre, así que le marcaron postmorten. Los de la cuarta no le dieron importancia. Pensaron en algún ajuste de cuentas, tal vez por su orientación sexual.

─Y el chico de Di Pietro, ¿también ha aparecido estrangulado y marcado? ─Barroso pregunta extrañado.

─Michael ha sido el sexto. Hasta hace un par de meses se pensaba en una especie de “macho-justiciero”, en el mismo entorno de las bandas, pero los de la cuarta ya no están tan seguros. Hasta ahora el asunto se ha mantenido alejado de los medios. Que un cabrón de una banda aparezca muerto no tiene mucho interés. Tampoco se ha levantado mucha polvareda en las calles. Sin venganzas ni enfrentamientos asociados a las muertes que se sepa ─Kovak exhala un suspiro─. Pero esto ya es distinto. Aquí tienen los informes de los otros cinco. Eso sí, antes de nada vayan al escenario de este crimen. Sean discretos.

Conduce Barroso, en silencio. En la radio lo de siempre. Los tuits de Trump. El muro con Méjico. Basura informativa. Basura presidencial. Basura y nada más. Llegan al hotelucho. Aparcan en doble fila. Suben las escaleras sudando. Se abren paso entre los agentes de uniforme. La científica aún no ha empezado. Pasan de sus advertencias y se dirigen directamente a la habitación donde el fiambre todavía descansará un rato.

─¿Qué piensas? ─Donson apenas balbucea con la boca pastosa.

─Que dejes de poner tus manazas en todo, idiota ─Barroso a punto está soltarle un puñetazo─. Tus putas huellas ahora van a estar por toda la habitación ¿Pero que mierda te pasa? Mejor hubiera sido que Kovak te mandara una semana a casa...

─¿De verdad piensas que de esta pocilga llena de porquería, van a poder sacar algo? Estarán mis huellas y las del que inauguró el hotel. Aquí no se ha limpiado desde hace cincuenta años.

─Que te follen Donson.

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Hasta entonces no me había dado cuenta. Estaba allí y no estaba. Era yo y no lo era. Sólo al entrar en la habitación me vino de golpe la conciencia. No era un mal sueño. No era una pesadilla o la resaca o la bajona. Nunca lo había sido, tampoco las otras veces. ¡Otras veces! El amago de sonrisa, casi infantil y detrás la “bestia parda” y esas palabras sobre el pecho, tatuadas a punta de navaja. Evitarlo. Evitarlo. Evitar que me trinquen. Dejar mis huellas. Por todas partes. Dejar mis huellas...

Publicado la semana 5. 03/02/2019
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