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esKaleno

Metadatos

Era como atravesar espuma de leche. Blanca, templada, crepitante. Caminábamos envueltos por la niebla, literalmente pisándonos los talones unos a otros, y apenas distinguíamos la silueta difusa del que iba delante. Empapados por la humedad y por el miedo. En silencio. Sumidos cada uno en nuestros propios pesares. El guía y nosotros cuatro. Seguíamos la línea que separaba el arcén de la carretera con el temor de que cualquier coche, cualquier camión, nos llevara por delante. También con otros temores, más amenazantes, que ni siquiera nos atrevíamos a aceptar como posibilidad, pero que formaban parte de lo que éramos entonces. Fugitivos, eso es lo que éramos, aunque todavía no hubiéramos llegado a ser conscientes de ello. Eso es lo que somos y eso es lo que seremos. Eso o nada.

Habíamos dejado la furgoneta un par de kilómetros atrás. El depósito del gasoil estaba seco. Cuando se encendió el indicador rojo ya sabíamos que no podríamos parar a repostar. No era posible pagar con tarjeta o con el móvil si pretendíamos no ser rastreados. El problema es que había muy pocas gasolineras en las que aceptaran el pago en metálico. Seguro que ahora ya no quedan. Aunque fue difícil convencer a los críos, habíamos abandonado todos los juguetitos tecnológicos que tuvieran cualquier tipo de localizador en casa de su abuela. Smartphones, smartwatches, tablets... Incluso la furgoneta, que tenía más de treinta años, iba sin navegador. La conseguí de segunda mano cuando, según Iñaki, mi marido, me empecé a obsesionar.

―Marta, para un poco ― me decía Iñaki, todavía calmado, con ese tono paternalista que hacía que mis dientes rechinaran―, piensa, ¿a quién le vamos a interesar nosotros?

―¿Cómo que a quién? ―yo replicaba conteniéndome, intentando demostrar la misma calma―. Lo sabes, no eres tan idiota. Somos la mercancía. Ni siquiera un trozo de carne. Metadatos en la red a los que exprimir, de momento, porque quién sabe hasta dónde acabarán llegado. Tienen nuestra vida en sus manos. No sólo la nuestra, la de tus hijos, que ya han nacido en la trampa…

Porque entonces yo veía la red como lo que es, como lo que siempre ha sido: la trampa. La trampa reticulada en la que caen pececillos y a veces tiburones, sin siquiera sentirse atrapados, disfrutando, estúpidos, de los cantos de sirena, hasta que dan sus últimas coletadas.

―¡Venga ya! Tú estás como un silbo ―Iñaki siempre zanjaba el tema de la misma manera―, pero a mí no me vuelvas loco ―y salía por la puerta con mucho cuidado de no dar un portazo.

Nos divorciamos. Según parece, la que Iñaki llamaba mi obsesión y que el cabrón de su abogado vistió de neurosis incapacitante, hizo que me despidieran, gracias, eso sí, a los comentarios en el WhatsApp de un grupo de compañeros cotillas y que el departamento de recursos humanos tenía hackeado. También hizo que Jon y Ane se quedaran en nuestra casa viviendo con su padre. Renunció a la pensión alimenticia, eso tengo que agradecerle. Tras un absurdo simulacro de terapia, en el que el psicólogo fingía tratarme y yo fingía recuperarme de lo que ambos sabíamos que no existía, me concedieron un escaso permiso de visitas, ampliable, eso me dijeron, en función de mi comportamiento. Cada mes, los niños pasaban un fin de semana en el pequeño apartamento en el que se había realojado mi vida. Al menos parecían estar contentos durante sus cortas visitas.

Para entonces sobrevivía con trabajos de mierda. Hacía tiempo que me había dado de baja de todas las cuentas on-line que recordaba, me había deshecho de Apps, navegadores y cualquier programa del móvil, aunque nunca lo sacara de casa. Entraba en Internet con una tablet, sólo cuando era estrictamente necesario porque a pesar de haber instalado el Tor, no me fiaba. Andaba por la calle casi siempre mirando al suelo y me acostumbré a llevar gorras, capuchas, gafas de sol. Formaba parte de un grupo de, digamos, resistencia, que a simple vista eran tan paranoicos como yo. En realidad sabía que eso no serviría de nada. También sabía que no era nadie de interés, como decía Iñaki y a veces pensaba que él tenía razón, que, como parecía desde fuera, yo y mis nuevos "amigos" estábamos como una cabra.

No recuerdo con exactitud cuando empezó todo, tal vez al poco de nacer Ane. No tuvo que ver con lo que oía, con lo que leía o me contaban sobre control poblacional a través de la red, aunque estuviera convencida de que fuera cierto. Yo sabía que era un pez muy pequeño y creía que me compensaban las crecientes ventajas del mundo tecnológico, siempre conectado, a ese eventual inconveniente del que seguramente nunca llegaría a notar ningún efecto. En otras palabras, podía soportar ser manipulada a cambio de esas píldoras de satisfacción inmediata. Pero empecé a recibir aquellos mensajes: “Sólo tienes que colaborar. Lo sabemos todo”. Primero por e-mail. Al cabo de unos minutos desaparecían de mi buzón. Pensé que sería algún timo o spam. Me preocupó que tal vez el ordenador estuviera infectado. Estaba intranquila aunque yo no tenía nada que ocultar. Luego empezaron los mensajes de texto en el móvil, números desconocidos que no podía rastrear porque desaparecían igual. Cuando recibí el primer mensaje de voz, metálica, artificial, mi nerviosismo empezó a aumentar. ¿Por qué a mí? ¿En qué podría yo colaborar? ¿Con quíen? Yo no había hecho nada, no tenía nada que ocultar. ¿Por qué no se lo conté a nadie, entonces? Ni yo misma lo sé, pero esa opción no me habría llevado a otro lugar.

Era de madrugada cuando llamaron a mi puerta, alterando mi vida vigilante y solitaria. No era el fin de semana de visita, ni horas para que nadie llamara. No esperaba a nadie. ¿A quién iba a esperar? Estaba asustada. Descorrí la mirilla y dos tipos de uniforme aparecieron detrás. Abrí con aprensión.

―¿Es usted Marta Escolar? ―preguntó el más alto.

―Sí, soy yo ―mi voz temblaba como si fuera a ponerme a llorar―, ustedes dirán…

―¿Nos permite pasar? ―prosiguió el otro, mientras ambos me mostraban sus identificaciones y yo les abría la puerta de par en par―. Será mejor que se siente.

Apenas entendía lo que me decían. Mi cabeza iba a mil por hora pero jamás llegué a imaginar, ni de lejos, lo que me venían a comunicar. Permanecí de pie frente a ellos unos segundos más.

―Siéntese, por favor ―insistió.

Me senté, incómoda, en el pequeño sofá de la pequeña sala.

―Su ex-marido ha tenido un accidente mortal.

No entendí más. Veía como los dos hombres abrían sus bocas alternativamente, emitiendo sonidos que no llegaba a captar. No sé cuanto tiempo estuvimos así, hasta que les interrumpí.

―¿Y mis hijos? ―casi chillé.

Me dijeron que estaban con la madre de Iñaki, porque a mí, según dictamen de un juez, no me los podían traer. No recuerdo cómo pero conseguí quitármelos de encima. Busqué el poco dinero que había logrado ahorrar y que guardaba en casa. Enchufé el móvil de prepago con el que contactaba con el grupo de resistencia de forma habitual. Me dieron una dirección dónde recoger al guía. En casa de mi suegra todo fue mejor de lo que cabía esperar. Discutí con ella, sin acritud pero con urgencia. De alguna manera me creyó. Sería la expresión de mi cara, mi convencimiento, qué sé yo. Me los llevé de allí a los tres. A dos preadolescentes y a su abuela, montados en una vieja furgoneta, huyendo de un mundo al que no volver. No era muy alentador. No lo es. No fuimos los únicos, ni lo seremos. No sólo en China, en Ucrania, en la frontera de Méjico.

Esperando al guía en el punto acordado, se empezó a echar la niebla. Blanca, templada, crepitante. La humedad se notaba hasta dentro de la furgoneta. Rebuscaba en el bolsillo de la cazadora no tengo claro muy bien qué, pero encontré aquel papel. Esa nota que saque del buzón la tarde anterior y que había leído, acostumbrada, sin apenas interés: “Sólo tienes que colaborar. Recuerda, no te puedes esconder. Mañana tendrás una prueba”.

Publicado la semana 44. 03/11/2019
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