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esKaleno

Desajuste

El sonido de la alarma del móvil fue intensificándose en su cerebro. Abrió los ojos con el sobresalto de los latidos de su corazón en la garganta. La proyección azul eléctrico del reloj-despertador en el techo, indicaba las tres treinta.

—Joder, joder, joder —Fran no daba crédito—. No llego. ¡Mierda! No llego.

Tenía que haber estado ya camino del aeropuerto. Se levantó de un salto y fue al baño. Sentía ganas de mear, pero de algún modo no acababa de salir el chorro. Son las cosas que pasan cuando más prisa se tiene.

—¡Mierda!

En quince segundos que le parecieron quince horas, terminó su labor en el váter. Se vistió casi sin darse cuenta. Por supuesto, tenía la maleta hecha y la ropa que ponerse preparada. Siempre era previsor, especialmente cuando tenía que coger un avión a las cinco de la mañana. Comprobó que tenía el pasaporte y la cartera en el bolso interior de la chamarra. Cogió el móvil de la mesilla, las llaves del coche y las de casa. Miró alrededor suyo con la sensación de que algo se le pasaba por alto. Miró el reloj, las tres cuarenta y tres.

—¡Joder!

Era imposible. Aun así salió de casa como alma que lleva el diablo y llamó al ascensor valorando bajar andando. Afortunadamente el ascensor llegó antes de tomar una decisión equivocada. El trayecto de bajada le resultó desesperantemente lento. A punto estuvo de dejar el techo del coche colgando de la puerta del garaje a medio abrir cuando salió quemando yanta.

Se saltó un semáforo en ámbar y un segundo en rojo. A esas horas, a pesar de ser sábado, no circulaba casi nadie por aquel barrio. Sin embargo con aquello no había contado. Dió un frenazo pero fue demasiado tarde. El chico salió por los aires. La rapidez con la que acudieron los municipales fue casi lo más extraño. Le hicieron soplar. Le hicieron el test de drogas. Estaba limpio. Qué raro.

—Dígame que ha pasado —el agente más joven le preguntó tras tomarle los datos.

—No sé, la verdad, salió desde la nada. Llegaba tarde al aeropuerto y la verdad, no sé decirle. Salió de la nada…

—¿A qué hora tenía el vuelo?

—A las cinco, ya sé, ya sé que no llegaba —Fran respondió a pesar de que la pregunta resultaba de lo más extraña, con el chico aturdido en el bordillo sangrando de una ceja, las luces, también azul eléctrico, del coche patrulla y la sirena de la ambulancia que ya se acercaba—. Pero tenía que intentarlo. Tenía que intentarlo, sí. Tenía que intentarlo.

—¿A las cinco? ¿Y a que hora ha ocurrido el atropello?

—No lo sé, que quiere que le diga —Fran miró su reloj—, serían sobre las cuatro.

—Eso es imposible, ahora son justo las tres y media, pero claro, usted no se habrá dado cuenta

El de uniforme seguía hablando pero Fran ya no le oía. Sacó el móvil del bolsillo, lo desbloqueó y comparó su información horaria con la que le daba el reloj de la muñeca. Tres y media, cuatro y media. Le dieron ganas de gritar, de liarse a golpes con el municipal, con el mundo entero. Asco de cambio horario...

Publicado la semana 43. 27/10/2019
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