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esKaleno

El sol no dejará de brillar - II

Callejeas con los ojos bajos hasta que logras orientarte. Pronto una señal te indica el camino y comienzas el asceso hacia la kasbah. Una fina capa de sudor te cubre como una segunda piel bajo la ropa. No hace tanto calor, pero la humedad salada impregna cada superficie que conforma la ciudad. Ahora dudas. Todo esto tal vez no sea tan buena idea. No puedes evitar sentir su presencia desde que has puesto el primer pie en tierra. Percibir su mirada siguiendo tus pasos. Oír su voz susurrante advirtiéndote que no vuelvas. Con todo, en diez minutos estás frente a la muralla. Diez minutos pueden contener una vida entera.

Te paras sin notar el sofoco que entrecorta tu respiración. Dejas que te acaricie una brisa templada mientras dudas. Dudar no tiene sentido ya. Tres pasos y estás dentro. Algunos turistas buscan la plaza desde la que observar la gloriosa panorámica del estrecho para hacerse un selfie. Buscan el palacio del gobernador, Dar el Makhzen, para hacerse un selfie. Buscan el museo de las artes, para hacerse un selfie. Buscan cualquier rincón dónde escapar de la agresividad de guías, vendedores, timadores, que asaltan a los extranjeros desde cualquier flanco, para hacerse un selfie. A pesar de que no acabas de dar el pego, a ti te han dejado en paz. Al menos la ropa bajo la que te vas derritiendo poco a poco, sirve para algo.

Caminas despacio esperando no equivocarte. El entramado de la alcazaba no es tan complicado como el del resto de la medina y la zona delimitada es mucho menor. Al fondo de la calleja está. La puerta azul con su arco de herradura y sus filigranas en escayola blanca. No la recuerdas así pero estás segura. El riad del alemán. Al acercarte distingues el texto en plata en el centro de la puerta. Escrito en árabe, claro está. Pero sabes lo que pone porque una vez te lo dijeron, justo antes de atravesar el umbral: “Aunque el cielo oscuro te diga que es de noche, el sol siempre brilla en algún lugar”. Lo cierto es que nunca llegaste a encontrarle la gracia a la frase, pero nunca la acabaste de olvidar.

La puerta se abre en el mismo momento en que ibas a empujarla para ver si podías entrar. En el centro aparece Abdullah. Alto y delgado como siempre, con una expresión en su rostro más triste quizá. No parece sorprendido, ni tampoco alegrarse por tu presencia. Te mira sin curiosidad y sin decir palabra se hace a un lado y te indica con una mano que puedes pasar. Entras despacio hasta que tus ojos se adaptan a la penumbra.

—Vienes a verle, supongo —asientes con la cabeza y Abdullah continua—. No te entiendo. Lo mejor que podías haber hecho era obligarte a olvidarle y no haber vuelto por aquí nunca más. Ahora no puede hacerte daño, pero no vas a poder vengarte, si eso es lo que pretendes...

No sabes que es lo que pretendes, esa es la verdad. Decidiste volver para matarle, pero la idea se fue diluyendo entre otras ideas tan absurdas o más. Cuando hablaste con Abdullah unos meses atrás supieste que la muerte sería una liberación para él en realidad y eso acabó por hacerte desterrar esa posibilidad. Entonces, ¿que es lo que pretendes? No tienes ni idea pero el corazón te late como si lo supieras. Abdullah se pone en marcha y le sigues a través del patio, de pasillos y escalaras, hasta llegar a la habitación donde ha de estar.

—Te dejo con él. No tardes mucho o, de algún modo, no sé, conseguirá hacerte mal.

Te acercas al sillón en el que alguien se sienta mirando, a través de la ventana, hacia el mar. Coges una silla y te sientas frente a él. Su mirada azul y vacía no se inmuta ante tu presencia. Hans el alemán. Ja. Ya no es nada. Y aún así te sientes intimidada. El alzheimer habrá arrasado su memoria, pero no puede borrar las cicatrices de sus actos. No lo puede borrar. Acercas tu cara a la suya escudriñando en sus ojos, sintiendo su olor más envejecido pero igual de venenoso. Te acercas a su oido y le preguntas que si te recuerda. Según lo esperado no contesta. Rozas con tus labios los suyos y le vuelves a mirar. Le agarras de los hombros y le agitas repitiendo la pregunta. Sus ojos siguen muertos. Hans ya no está en esa cáscara vacía, pero algo de su esencia inmunda de algún modo perdura.

Sales del lugar decepcionada. Desandas el camino hasta la salida dónde Abdullah te espera. Tiene razón, no hay opción alguna de tomarse la revancha. Mierda de destino. Lo único que te alivia un poco es que el sol brillará pero no para él.

—Yo tampoco te entiendo a ti —Abdullah recibe tu voz, ahora sí, con sorpresa—. ¿Qué haces cuidando del puto diablo?

—Es mi padre.

—Ya. Y el mío. Y el del hijo que podía haber tenido...

Publicado la semana 42. 20/10/2019
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