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El sol no dejará de brillar - I

Las olas coronadas de espuma blanca juguetean con tu mirada. El mar del estrecho, menos calmado de lo que pretende, zarandea tu estómago aunque el ferry avanza suave, sin apenas balanceo. Apoyas la frente en la cristalera tatuada de sal por la parte de fuera. El vidrio fresco en contacto con la piel calma momentáneamente tu ansiedad, pero no es suficiente para hacer que te abstraigas del ruidoso ajetreo del pasaje. La mitad es gente que vuelve a casa temporalmente. Su tez olivada, sus ojos casi negros subrayados por sombras oscuras, su vestimenta, sus pesadas maletas los delatan. La otra mitad son turistas risueños en busca del exotismo comprimido que promete la visita a Tánger desde Tarifa en un día. Por si hubiera dudas, les identifica la pegatina sobre su pecho con que les marca cada operador turístico que ofrece el mismo producto, con idéntico precio. Acaricias tu propia pegatina, con cierta tristeza. Sopesaste pasar por tu cuenta, pero al final elegiste esta opción, menos sospechosa y mucho más barata que comprar solamente un billete de ida y vuelta, gracias a esa lógica incongruente de la mercadotecnia. Ida y vuelta. Porque piensas volver. Piensas volver, más como un acto de fe que como una certeza.

El ferry atraca y no reconoces el nuevo puerto. Tánger-Ville. Moderno, limpio, funcional. Nada que ver con el que frecuentabas varias veces al mes, hace una vida ya. Quince años no pasan tan rápido. O tal vez sí. Total, ya es igual. La última vez te juraste no volver a pisar esos muelles jamás. No acabaste de creértelo nunca y fíjate, se puede decir que de algún modo vas a ser fiel a tu juramento. El puerto no es el mismo y, quién sabe, tal vez tampoco lo sea la ciudad. ¿Habrá cambiado tanto? El miedo se te agarra al corazón, al hígado, al páncreas. ¿Estará él donde siempre? Los aprieta. ¿Y si no lo logras encontrar? Los convierte en arenilla que se escurre por tu interior, colándose entre las fibras de los músculos, en tu abdomen, en tu espalda. ¿Entonces que harás? Produciendo esa irritación, esa dentera, que no ves la forma de atenuar.

Sales por la puerta principal siguiendo a tu grupo. Enseguida te das cuenta que las cosas no han cambiado tanto. Os persiguen cuatro hombres ofreciendo camisetas, gorros o servicios no tan fáciles de identificar que consiguen captar la atención, o la lástima, de algunos de tus compañeros. Entregas al guía el bono por la visita a la ciudad que incluye la comida y un tour costero y subes, sin mirar a nadie, al autobús. En tres minutos, contando la parada en el semáforo, alcanzáis la explanada a los pies de la medina que se cierra sobre el hotel Continental. Bajas la última cuando el grupo ya ha formado un semicírculo entorno al guía que habla sin parar. Alterna inglés, castellano y francés, metiendo alguna cuña en alemán e italiano. Te das cuenta de que dice cosas diferentes en cada idioma, pero lo mismo te da. Explica el plan de la visita, la remodelación en marcha de la zona portuaria, la cantidad anual de Dacias que se fabrican la factoría tras las montañas y un montón de datos más sin mucho interés para la concurrencia.

Os ponéis en marcha y enseguida entráis, casi a la carrera, en el laberinto que conforman las callejuelas de la medina. El intenso olor alcanza tu hipotálamo para dirigir tus pensamientos a ese otra vida que intentaste olvidar. Especias, cuero, tinturas. Despojos de pescado, aceite de argán, carne sin refrigerar. Miel, orines de gato, pan, humedad, sal… El olor de la vida y la muerte sin pasteurizar. El guía sigue hablando, aun cuando el último de sus potenciales oyentes va veinte metros por detrás. Los asaltos de vendedores de todo tipo de artículos son constantes. Siempre hay quien no puede dejar de comprar. Conoces el truco para evitarlos. Es fácil, sólo hay que esquivar su mirada sin decir palabra. Girarte, tal vez, pasando la vista sobre ellos como si fueran un bulto sin más. Cosificarles, despojarles de su humanidad. No te gusta hacerlo, pero funciona y no estás para regatear.

Quince minutos callejeando sirven para que te vayas ubicando. La telaraña de pasadizos, corredores, tiendas, puertas y personas, se superpone a la de tu cerebro. Estás aquí. Apenas puedes creerlo, pero es así. Sales del zoco sin ser consciente de cuando habéis entrado. Eres una oveja zombi entre el rebaño. Simplemente te dejas arrastrar. Llegáis al restaurante donde servirán sopa harira, pinchos, cous-cous, dulces de miel y te con menta. Las bebidas, a precio europeo, no están incluidas. Decides no esperar. No tienes hambre y no aguantas más la farsa. Hablas con el guía para decirle que te vas. Que no te interesan ni el cabo Espartel ni las grutas de Hércules. Que no se preocupe, que a la partida del ferry estarás, puntual, en el puerto. Que conoces la ciudad. Intenta convencerte. Que es arriesgado, que, que, que, pero no puede hacer más. En el baño del portal sacas de la mochila una chilaba que te pones por encima de la ropa y el hiyab con que cubres pelo y parte de la cara. Así pasarás desapercibida y vendedores y curiosos te dejarán en paz.

Publicado la semana 41. 13/10/2019
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