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El jurado número cinco - II / III (39)

38-El jurado número cinco - II

A través de los ventanales se colaba la luz de un sol apático tamizada por el gris del cielo plomizo que amenazaba lluvia, pero su vidrio era una barrera insalvable para los sonidos de la calle, para el pulso vibrante y ruidoso del corazón de la ciudad. Los plafones encastrados en el techo contribuían a la luminosidad proporcionando una claridad envolvente y cálida, apenas sin sombras, pero incapaz de contrarrestar la sensación de irrealidad que Herminia hacía todo lo posible por expulsar lejos de ella.

La primera vez y tras cerrar la puerta vigilada desde el pasillo, los nueve se sentaron en torno a la larga mesa de forma aleatoria y casi a la vez. Cuatro a un lado, cuatro al otro y la mujer que resultaría portavoz, tras su elección unos minutos después, presidiendo en uno de los extremos, como si el simple hecho de sentarse al frente de una mesa la hubiera hecho garante de la confianza de los convocados. Desde aquel momento, cada uno ocuparía siempre el mismo asiento, sutilmente incómodo, que parecía instarles a ser más rápidos que eficientes en su cometido incómodo sin ninguna sutileza.

La vista oral del juicio había durado apenas cuatro días y media hora del quinto, pero para la mayoría de los asistentes, incluidos los jurados, había resultado confuso, tedioso y largo. Herminia no había conseguido mantener la atención que hubiera deseado. Sus pensamientos tendían a perderse por derroteros ajenos al caso y cuando conseguía reconducir su mente y centrarse en lo que se contaba y mostraba en la sala, no era capaz de entenderlo la mayor parte del tiempo. Lo que sí había sacado en claro, por más que algunos intentaran negarlo, era que a sus compañeros les ocurría exactamente lo mismo. Total, como ella siempre había pensado, lo del jurado popular era un asco.

Mientras se iban organizando los turnos de toma de palabra y de votación, por orden alfabético y tras constatar que ella, Herminia Bengoa, era la segunda, dejó escapar nuevamente sus pensamientos con la mirada fija en la copa de un árbol que se dejaba zarandear por el viento. Recordó la punzada en el estómago justo antes al leer esa segunda notificación, aunque antes de tomarla en la mano ya tenía claro de que se trataba. Planeó una estrategia para ser recusada que no sirvió de nada. Tampoco abstenerse serviría de nada, entre otras cosas porque acarreaba una cuantiosa multa y por otro lado se computaría como un voto a favor del acusado.

Afortunadamente, el juicio era por un homicidio en grado de tentativa y las dos víctimas estaban vivitas y coleando sin, aparentemente, secuelas demasiado traumáticas. Ese fue el único consuelo de Herminia cuando se sentó en la sala número tres de lo penal del juzgado provincial. Ese fue también el único consuelo cuando se dirigían a la zona de aislamiento para el jurado, en la que deberían permanecer hasta obtener un veredicto. Y es que las únicas conclusiones a las que había llegado eran que las víctimas parecían matones de manual, que el acusado no lo parecía menos, que abogado defensor y fiscal se dirigían siempre al jurado con una mezcla de altanería y paternalismo muy desagradable, que el juez, o magistrado-presidente como parece que había que llamarle, era un pedante y además le olía el aliento.

—Herminia, por favor —las palabras de Marga, la portavoz, la hicieron volver a la sala—, su turno.

—¿Mi turno?

—Sí, por favor —Marga la miraba con cierta extrañeza—, díganos lo que piensa.

—Pues primero, que no me siento cómoda si me tratas de usted. Y luego —Herminia no tenía intención de ocultar su ideario—, que estaba un poco distraída y no tengo claro que pensamientos tengo que revelar… Lo que sí diré es que no tengo duda de cual va a ser mi postura y es que no consideraré probada la culpabilidad del acusado.

—Bueno, pero te basarás en algo —esta vez fue su vecino de la derecha el que abrió la boca, un tal Juan Alberto, que tenía pinta de tener prisa y de estar convencido de lo contrario.

—Sí. Es una cuestión de principios, de ideología si quieres. No tengo ninguna fe en la justicia y mucho menos en los jurados. Como no puedo negarme a participar en uno, ni abstenerme, con mi voto nadie va a ir a la cárcel.

—¡Eso no es un argumento! —Juan Alberto parecía enfadado—. Así no vamos a ningún lado.

—Por supuesto que es un argumento —replicó Herminia sonriendo—. Además, como deberías saber ya, en este país no es necesaria la unanimidad del jurado para declarar la culpabilidad del acusado, si es lo que te preocupa. Cuando llegue el momento de votar ya se verá. Lo único que digo es que mi voto no será uno de los siete necesarios y mi decisión no tiene que ver con lo probados o no que estén los hechos, con lo que piense la mayoría o con lo deprisa que queramos salir de aquí, así que no os molestéis en hacerme cambiar de idea.

—Está bien Herminia —la portavoz que desde el principio mostró sus dotes de liderazgo, dio por zanjada la discusión levantando una mano con la palma vuelta hacia Juan Alberto—. El siguiente, por favor, Raúl, te toca.

Herminia también dio por terminadas sus intervenciones. Ya había dicho lo que tenía que decir y no tenía interés en lo que dijeran los demás. Durante lo que llevaban de juicio el contacto entre los miembros del jurado se había limitado al receso para las comidas en las que todos salían juntos y vigilados, hacía un pequeño restaurante cercano al juzgado. Las conversaciones, poco fluidas y un tanto nerviosas no versaban sobre nada profundo o interesante. Algunas personas parecían mostrarse cierta simpatía, pero no era el caso de Herminia, que no había sentido afinidad con nadie.

De algún modo más relajada tras su declaración de intenciones, se dedicó a observar a sus compañeros como no lo había hecho hasta entonces. La piel blanca y la expresión de seguridad de Marga. Los pómulos y el mentón, tan marcados de Juan Alberto. Las gafitas rectangulares y la barba poblada y larga de Raúl. Las pecas, de pelirroja, y el pelo teñido de negro de Ane Miren. No, definitivamente, ninguno le inspiraba confianza. Y al otro lado de la mesa tres hombres y una mujer cuyos nombres, casualmente, no recordaba, aunque sí su orden de toma de palabra a pesar de no haber prestado atención cuando se determinó al comienzo de la sesión.

Eran de izquierda a derecha, los jurados número ocho, cinco, justo frente a ella, cuatro y siete. En una revisión rápida decidió ignorarlos salvo al tipo sentado en frente. Parecía emanar de su piel una fuerza de atracción malsana e irresistible, que hacía difícil apartar los ojos de él. De edad indefinida, a veces parecía tener veinticinco y a veces cuarenta y cinco, dependiendo de si fruncía el ceño o simulaba una sonrisa. Sus ojos oscuros centelleaban de cuando en cuando con un brillo metálico y frío, y Herminia pensó por un momento que ocultaban la profunda verdad del mal. Negó ligeramente con la cabeza y concluyó que debía ser lo mucho que se aburría en aquella sala de deliberaciones, en la que el tiempo estaba decidido a hacer valer cada segundo.

 

39-El jurado número cinco III

Lo que había empezado como un ordenado repaso de opiniones y dudas de los convocados, se convirtió en menos de hora y media en un caótico debate en el que apenas se contenían los insultos y abundaban los reproches, y que ni siquiera la templada Marga pudo reconducir a su estado inicial a pesar de todos sus intentos. Llegado el momento, uno de los agentes de paisano que en días anteriores les había acompañado, o más bien vigilado, durante la comida, les indicó que en la sala del café tenían preparado un pequeño bufé para el almuerzo. Las cosas no marchaban como la mayoría hubiera deseado. Parar un rato, estirar las piernas, comer algo, podría ayudar a calmar un poco los ánimos. Sin embargo, con el sopor de la digestión, la dispersión de ideas fue en aumento. Al menos durante la vista oral, habían podido salir a mediodía y ese contacto con el aire sin confinar se echaba a faltar entonces.

Herminia deambulaba por la sala de deliberaciones mientras el resto permanecía sentado. Habían pedido revisar varias declaraciones y solicitar explicación de una de las pruebas que resultaba poco clara, antes de enzarzarse de nuevo en discusiones que no llegaban a nada.

―¿Te quieres parar quieta, abuela? ―Raúl sintió todas las miradas sobre él, nada más dirigir su pregunta hacía Herminia―. Qué pasa, ¿eh? No me digáis que no os pone nerviosos…

―A mí no ―respondió el número cinco en un tono bajo pero amenazante, tan convincente que hizo bajar la vista a un Raúl incapaz de ocultar el miedo―, déjala que haga lo que le apetezca, faltaría más.

Herminia se aguantó las ganas de contestarles a los dos. Al payaso de Raúl, que hasta entonces le había parecido un chico muy educado, le hubiera dicho cuatro cosas, porque no soportaba a los que se dirigían a gente de más edad con ese “abuela”, pretendiendo así devaluar de algún modo su capacidad. Y al número cinco, porque ella solita era capaz de poner a un idiota en su sitio, tras tantos años de experiencia con su difunto marido, aunque le agradeció el gesto con un movimiento de cabeza y el aceptó con una sonrisa un tanto siniestra y un chisporroteo de sus ojos. Herminia pensó que tal vez se había equivocado con “la personificación del mal”.

La tarde fue pasando y a través de los cristales de los ventanales de la sala ya no se veía el exterior pero sí el reflejo de lo que transcurría dentro. La cosa no pintaba bien. De votar antes de la cena, el resultado habría sido en fiasco: cinco por la culpabilidad, tres por la “inocencia” y un indeciso, que en definitiva no servía para decantar la balanza. Todos sabían que en el piso donde se encontraban, había habitaciones habilitadas para descansar si hiciera falta, pero nadie había pensado en ello como una opción real.

Herminia entró y salió varias veces. Al baño. A la habitación del café. A dar una vuelta por el pasillo. En realidad todos lo hicieron en alguna ocasión. La atmósfera viciada de la sala de deliberaciones se llegaba a hacer insoportable a pesar del eficaz sistema de renovación de aire. En las ocasiones en que se cruzaba a solas con alguien del grupo contrario, la tentaban para cambiar de idea, apelando a que su sensatez les permitiría a todos abandonar el encierro. Herminia ni se molestaba en contestar.

―Oye, abuela, ¿no te habrás ofendido por lo de antes? ―Raúl era definitivamente idiota.

―Pues mira ―Herminia dejó de revolver el azúcar en el café―, te diré, abuela tuya no soy, ni de nadie, por cierto, pero no me hace falta serlo para saber que muy listo no eres… No sé que es lo que quieres, aunque me lo imagino, pero me importa una mierda. Vamos, que mejor no te molestes ni en intentarlo.

―Puta vieja cabezota ―Raúl murmuró entre dientes al salir de la sala del café, cuando justo se cruzó con el número cinco que entraba.

―¿Qué has dicho? ―preguntó el número cinco.

―Nada, nada ―Raúl apremió el paso y desapareció por el pasillo sin darse la vuelta siquiera.

―¿Te molestaba el imbécil ese, Herminia?

Herminia se sintió un tanto inquieta ante esa voz, profunda y con una modulación hipnótica de la que era difícil escapar. En un lugar tan pequeño y los dos solos parecía acentuarse la sensación de opresión que producía su presencia. Y ese olor penetrante mezcla de tierra mojada, hongos y azufre. En realidad Herminia sabía su nombre. Lo recordaba desde el primer momento. Se negaba a admitirlo porque de reconocerlo, de algún modo lo humanizaría y eso iba en contra de ese presentimiento, que era en realidad poco más que un juego consigo misma.

―No, no. Como dices, es un imbécil y si te molestas con un imbécil, tú lo eres más.

―Este café es un asco. La verdad, no sé si aguantaré mucho más aquí sin volverme loco.

―¿También has venido a convencerme?

―Ja, ja ―el número cinco río sincero―. Nada más lejos de mi intención. No estoy aquí para hacer proselitismo, no es mi estilo. No podría negar que quiero salir de esta ratonera y que no aguanto a la mayoría de esos memos, pero no intentaré convencerte de nada. De hecho, estoy de acuerdo contigo. Quiénes somos nosotros para decidir sobre la vida de nadie...

―Bien. Me alegro, porque no aguantaría otra charla más teñida de moralidad, cuando en realidad sólo quieren dormir en su cama esta noche y la verdad, eso me importa entre poco y nada.

Charlaron durante media hora larga, de trivialidades o no tanto. Herminia tuvo que terminar admitiendo que el tipo era más agradable e inteligente de lo que le hubiera gustado. Pero esos ojos, ese aura, no podía evitar sentir un escalofrío con siquiera recordarle. Cuando se incorporaron al grupo, ya estaba todo determinado y de una forma que Herminia jamás hubiera imaginado. El indeciso se había decidido al fin y ya eran cuatro. Ane Miren, presionada más por la hora que era que por ninguna convicción, cambió de opinión sin ningún remordimiento. Cinco “no culpable”. El veredicto estaba zanjado. La votación una a una de cada pregunta planteada fue tediosa, casi tanto como rellenar el acta. Los cuatro vencidos no hacían sino poner trabas, a pesar de sentir el alivio inconfesable de salir de allí más pronto que tarde y sin la responsabilidad de la decisión final.

La noche cerrada y fría envolvió a Herminia mientras buscaba su coche a un par de manzanas del juzgado. Vio al número cinco caminando a unos metros delante de ella y supo que ese presentimiento suyo, esta vez era más que un juego. Antes de doblar la esquina se dio la vuelta hacia ella, luciendo esa sonrisa indefinida y un brillo aún más intenso en los ojos, al rojo vivo, como dos brasas. Cuando a Herminia no le podía latir más rápido el corazón, él desapareció. Sólo quedó flotando un ligero olor. Tierra mojada, hongos y azufre.

Al día siguiente la noticia explotó en los medios esparciendo conjeturas, suposiciones y falsedades durante mes y medio. Uno de los jurados, Raúl para más señas, había sido encontrado apuñalado con una pistola en la mano a doscientos metros del juzgado. El cuerpo también sin vida del acusado, al que la libertad le duró un suspiro, se encontró en la acera de enfrente, junto a un machete teñido de rojo sangre.

 

Publicado la semana 38. 22/09/2019
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