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esKaleno

El jurado número cinco - I

Con cada ráfaga de viento caían diez o doce avellanas. La mayoría en la carretera, pues las ramas más fructíferas del viejo árbol salían de la huerta por encima del muro vallado. Eran pequeñas y la mitad de ellas vacías, pero a Herminia le daba mucha rabia que acabaran machacadas bajo las ruedas de los coches. Por eso, tres o cuatro veces al día, barría la calzada y las recogía en un cubo, seleccionando las que parecían más pesadas. Pero esa tarde estaba muy cansada. Decidió sentarse un rato al sol, a ver si aguantaba. Era uno de esos días de final de verano, en los que a la sombra te quedabas helada pero fuera de ella te achicharrabas.

 

—Ay señor, señor —suspiró ruidosamente, mientras cerraba los ojos obligada por el sol.

 

Vivía sola desde hacía tres años y lejos de acostumbrarse cada día se le hacía más cuesta arriba. No era por la soledad, a la que siempre había sido afín, o por el dolor imborrable que la ausencia de su marido le causara, porque de hecho, fue un alivio que ese hombre insulso y tacaño abandonara por fin este mundo en el que apenas quedaba alguna huella de su paso. Pero lo cierto es que con Joaquín la vida parecía tener un sentido, vano e insulso como lo era él, pero sentido al cabo. Herminia siempre había sido consciente de que sin ella él no hubiera podido subsistir ni media mañana. Así que hizo que el objetivo de su vida fuera sustentar a un hombre por el que apenas sentía nada. Y ahora que en realidad estaba mejor, más tranquila, en cierto modo se sentía vacía, como si al fin, el hueco que Joaquín dejara no pudiera ser rellenado con sus propias aspiraciones por más que ella lo intentara.

 

Cuando ya se le empezaba a recalentar la cabeza, creyó oír un coche que se acercaba. Se levantó para ver quién era asomándose a la terraza contigua a la huerta. Escuchó el crujir de las cáscaras bajo las ruedas pero no pudo identificar al vehículo blanco que justo aparcaba bajó el ciprés al lado de la fuente. Se bajó una mujer de pelo corto con un chaleco de correos, no mucho más joven que ella, que en dos zancadas alcanzó el portal de su casa. A Herminia le pareció raro que por la tarde repartieran cartas, y menos a ella, que nunca recibía nada más allá de alguna notificación de la Caja. Dejó que el timbre sonara dos veces, ensimismada. A la tercera pareció percatarse de que era en su casa y desde la terraza se puso en contacto con la cartera.

 

—Buenas tardes, estoy aquí arriba. ¿A quién buscaba?

 

—¿Es usted Herminia Bengoa González?

 

—Sí, soy yo misma.

 

—Le traigo una carta certificada.

 

Herminia bajó a la calle por las escaleras que hacían de separación entre la huerta y la terraza.

 

—¿Y qué es esto? —Herminia preguntó un tanto escamada.

 

—Pues no se decirle. Viene de la Audiencia Provincial.

 

—¿De la Audiencia Provincial? ¿Para mí? Que raro…

 

—¿Si me hace el favor de firmar aquí?

 

La cartera le ofreció una tablet y puntero y Herminia, obediente, dejó su nombre y una rubrica impresos en la pantalla. Tras despedirse escuetamente, subió a la cocina, esta vez por el portal de casa, y puso a calentar agua para un té mientras abría la misteriosa carta. La leyó sin llegar a entender bien y decidió esperar hasta tener servida la infusión caliente para volverla a leer.

 

—¿Pero que narices es esto? —se preguntó en voz baja—. ¿Jurado popular? ¿Yo una jurado? Pero para juzgar qué...

 

Releyó por tercera vez las palabras impresas que por fin tomaban sentido y se negó a aceptarlas con la resignación de la que solía hacer gala. La carta notificaba que había sido incluida en la lista de candidatos a jurado, según sorteo público excepcional adelantado, para los próximos dos años, de acuerdo a no sé qué ley orgánica y que podía reclamar ante el juez Decano durante la primera quincena de octubre, si estimaba que concurría en ella la falta de requisitos del artículo ocho.

 

—¡Mierda!

 

Claro que reclamaría. Ante el juez Decano o ante María santísima. Jurado… ¿y quién era ella para judgar a nadie? Si ni siquiera creía en la justicia, ni humana ni divina. Se olvidó del té y se fue a la salita con la indignación subiéndole por la garganta. Se puso las gafas, encendió el portátil y se armó de paciencia para buscar en internet algo que la orientara. El servicio de ADSL en su zona era más que lento, desesperante. Pero era lo que había. Afortunadamente, a la muerte de Joaquín, se había dedicado a ponerse al día con las nuevas tecnologías que la ayudaban a no sentirse tan aislada en su pequeño pueblo en el que en invierno apenas quedaban abiertas tres casas.

 

Lo que llegó a encontrar no le sirvió de mucho. No parecía que “concurriera” en su persona ninguna de las causas de exención. Por una vez, le hubiera gustado tener cinco años más de los que tenía, en lugar de cinco menos como le gustaba pensar que aparentaba. Decepcionada decidió dejarlo pasar. Por otro lado, tampoco era tan fácil que finalmente la convocaran. La lista para su provincia la componían, según diversos artículos, doscientas cincuenta personas y seguro que no había juicios para todas.

 

Los días fueron pasando y Herminia se fue olvidando de la tarde de la carta certificada. Ya no quedaban avellanas que recoger, ni nueces, ni manzanas. El verano terminó sin novedad y el otoño pronto dejó paso al invierno. Ya en el nuevo año, en enero cayeron dos buenas nevadas. De cuando en cuando, si veía algún coche extraño o a un funcionario de correos diferente, Herminia pensaba que esa vez ya no libraba. Lo cierto es que después de un año entero, acabó por convencerse de que estaba inmunizada. Pero aquel día que tanto se parecía al del año anterior, cuando apareció de nuevo un coche blanco crujiendo sobre las avellanas y aparcó bajo el ciprés junto a la fuente, supo que su convencimiento no serviría de nada.

Publicado la semana 36. 08/09/2019
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