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esKaleno

Qué no daría yo

Hay días que se tuercen. Te levantas convencido de tu victoria. Ni un trago más. Ni una dosis, ni un polvo más. Ni un hackeo, ni una partida más. Lo sabes. Lo tienes controlado. No volverás a caer. Ja-más. Esa certeza es el motor que te hace echarte a andar. Pero, a pesar de todo, hay días que se tuercen sin que lo puedas remediar. Hay días que se tuercen para toda la vida.

 

Lo tenía muy claro. Llevaba tres años limpio. Tes años y dos semanas. Ni un trago de cerveza. Ni una rayita de mísero speed. Nada de nada. Había ganado. Yo era más fuerte que mis circunstancias. Más fuerte que el diablo que me tentaba. Y me tentaba. Me tentaba...

 

No diré que no fuera duro. Sobre todo al principio. Como en esas pelis de testigos protegidos. Me alejé de mi barrio, de mi familia inocente. Dejé a mis amigos. O a quienes yo consideraba que lo eran. Según la terapeuta del programa, ellos sólo eran mis pies de cemento. Los que hacían que me hundiera. No me querían. Sólo me necesitaban para perpetuar su rutina insana. Abandoné con dolor mis hábitos. Abandoné mi vida. Renuncié a mi mismo, a mi propia esencia, esa de la que hasta ayer renegaba. Dejé de ser ese al que aspiró el agujero negro de la Salvación. Dejé de ser el sucio, el perturbado, el vicioso, el degenerado…

 

En cinco meses logré ser uno más. Gris, eso lo pienso ahora. O beige, más anodino quizás. Totalmente asimilado por la sociedad. Mi cuerpo lo agradeció y tal vez mi mente también. Más sano. Hasta ayer corría veinte kilómetros diarios. Más ocupado. Conseguí un trabajo “legal”. Más relajado. Pocas cosas me preocupaban. Pero esto era sólo porque ya no era nada. Menos que la sombra de un fantasma. Hasta que la conocí.

 

—¡Eh, oye! —grité sobre el estrépito de la hora punta en el centro de la ciudad—. ¡Eh!

 

No me oía y corrí detrás de ella. Comenzaba a lloviznar. La alcancé y ya a su lado la cogí suavemente del brazo. Se giró hacia mí asustada. Nos paramos.

 

—Perdona —sonreí intentando transmitir tranquilidad—, se te ha caído ahí detrás…

 

Le ofrecí una cartera pesada que se había deslizado de su mano a la acera en lugar de a su bolso cuando intentaba guardarla.

 

—Muchas gracias.

 

No supe identificar su acento suave, pero sin duda no parecía nacional. Se puso colorada cuando me miró directamente a la cara. Mantuve la sonrisa y ella bajó los ojos bastante azorada.

 

—No es nada, mujer. Que pases un buen día.

 

—Tú…, tú también.

 

Me quedé mirándola mientras se alejaba. No parecía gran cosa. Uno sesenta. Pelo corto. Vestida muy normal. Y, unos cuantos kilitos de más. Se perdió entre decenas de personas apresuradas que como hormigas erráticas se esparcían por las aceras de una calle comercial. Si no hubiera sido por lo de la cartera, nunca me habría fijado en ella. Continué mi camino a casa olvidando su existencia al doblar la esquina. Esa noche dormí mal. No sé por qué pero siempre lo he relacionado con ella.

 

Nos empezamos a ver con cierta frecuencia, sobre la misma hora de la tarde. Los dos nos dirigíamos a casa después de trabajar. Un hola, una sonrisa, cuando nos cruzábamos y nada más. Un día mientras apagaba el ordenador antes de salir de la oficina, me dije, ¿y por qué no? Enseguida la distinguí entre el gentío y me dirigí hacia ella sin titubear. Me planté enfrente haciéndola parar.

 

—Esto, hola, antes de nada —me pareció un poco estúpida mi entrada, pero no me daba para más.

 

—Hola

 

—Oye, ¿no te apetecería tomar un café o una cerveza?

 

Simplemente asintió con la cabeza.

 

—Podríamos ir al Tartasos, ¿lo conoces?, está a cinco minutos de aquí.

 

—Por mí bien, donde quieras —me resultó menos tímida que la vez de la cartera.

 

Tomamos varias cervezas, yo sin alcohol. Charlamos, al principio un poco forzados. Me dijo que se llamaba Anca Iliescu y que era de Bucarest. Nos fuimos soltando. Nos contamos muchas cosas, pero no hablamos de nuestros pasados. Tampoco de nuestras esperanzas. Nunca lo hemos hecho y nunca nos ha hecho falta. La acompañé a su portal y me invitó a subir. Compartía piso con otra familia rumana. Nos colamos furtivamente en su habitación. Casi en silencio, conteniendo suspiros y jadeos, nos devolvió a la realidad la madrugada.

 

En una semana Anca se trasladó a mi casa. No tengo muy claro que es el amor. Será porque nunca he estado enamorado. Pero sé, supe desde el principio, que ella era quien me salvaba. Era agradable compartir espacio y tiempo con alguien que nunca exigía nada. Tampoco yo, todo hay que decirlo. Diría que ejercíamos cierto efecto balsámico para las heridas que ambos ocultábamos. La normalidad de una pareja tan aparentemente normal, era lo que nos hacía falta. Hasta habíamos empezado a pensar en, quien sabe, si un hijo…

 

Ayer era viernes. Salimos a dar una vuelta, a picar algo por el barrio. Nada muy sofisticado. En uno de los bares le vi y el a mí también. Nos reconocimos al instante. Se acercó a nosotros riendo. Un retazo de mi pasado parecía habernos alcanzado. No me hizo ni puta gracia.

 

—Pero mira a quién tenemos por aquí —me alargó la mano mientras hablaba—. ¡Joder tío, cuanto tiempo!

 

—Sí —tomé su mano y me atrajo hacia él dándome un abrazo—, demasiado…

 

—¿No me vas a presentar a esta belleza?

 

Tan capullo como siempre, no sé si lo decía en serio o se burlaba. Le presenté a Anca. Bebimos, reímos. Yo también bebí, por primera vez delante de ella. Él ingenioso y divertido. Ella parecía encantada. Y yo, yo desconcertado, veía como mi mundo, el nuevo, se escoraba a toda velocidad, amenazando con lanzarme fuera.

 

Lo uno llevó a lo otro y no sé como acabamos en casa. Él traía coca a mansalva y yo me metí hasta las trancas.

 

Hay días que se tuercen, como ayer. ¡Qué no daría yo por poder enderezarlo! Cómo fue la cosa es lo de menos. No soy capaz de recordarlo. Empezó él, porque siempre era él el que empezaba. Sería por cualquier chorrada. Insultos. Golpes. Vómitos. El salón dando vueltas al rededor de mi cabeza. Anca en el suelo, tan pálida. Los ojos vacíos. Fijos en un punto del techo. Y el cuchillo, manchado de sangre, tirado a su lado.

Publicado la semana 35. 01/09/2019
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