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esKaleno

Diminuta Devastación

La araña no daba abasto. Había tenido la buena fortuna o la intuición instintiva de colocar su red de seda frente al reflector que alumbraba en la esquina de la terraza del chiringuito, junto al río. Todas las noches, decenas de insectos de la rivera atraídos irremediablemente por la luz de la pequeña luna artificial, rondaban la muerte ignorando que lo hacían. Muchos de ellos chocaban con los finísimos hilos pegajosos de los que jamás podrían escapar. Pero esa noche era especial.

Un manto de hormigas de ala tapizaba una sombrilla desplegada, antes blanca, que reflejaba la luz del potente foco. Las hormigas no se mantenían quietas en realidad. Pequeñas nubes de ellas iban de la sombrilla a la pared y de la pared hacia la luz hipnótica de donde les era muy difícil regresar. La trampa estaba repleta. La araña se veía obligada a salir constantemente de su escondite, para reforzar la telaraña que amenazaba con desprenderse de su anclaje por el peso y un aire racheado que de cuando en cuando soplaba sin avisar. Además, tenía que envolver en su tejido a las numerosas hormigas que pugnaban por escapar e ingerir alguna de ellas de cuando en cuando, para reponer la inmensa cantidad de energía que consumía en las tareas de mantenimiento y almacenaje de urgencia.

La niña observaba atónita ese espectáculo en miniatura que ilustraba la crueldad extrema de la madre naturaleza. Aguantó así, con la mirada fija, la mente en blanco y quieta como una muñeca, seis o siete minutos, mucho más de lo que era habitual. Una idea genial se abrió en su pensamiento e iluminó su bonita cara con una sonrisa inocente y perversa a al vez. Se alejó un momento buscando por el suelo hasta encontrar uno que le sirviera. Volvió a su posición inicial arrastrando una silla de plástico además. Se subió en ella y con el palo delgado y largo que había seleccionado, estirando mucho el brazo, alcanzó a destrozar la telaraña de la que en el último momento acertó a huir la araña.

La niña lanzó el palo con rabia hacia el foco, decepcionada porque la huida de su presa le impedía alcanzar su objetivo inicial: acabar con ella. Saltó al momento de la silla y se fue pegando saltitos hacia la mesa donde sus padres y unos amigos tomaban unas cervezas, ignorantes de la catástrofe, en miniatura, que acababa de ocasionar.

Publicado la semana 34. 25/08/2019
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