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esKaleno

15 de agosto

Todavía era de noche cuando Unai se levantó. Se lavó como los gatos y se vistió con ligereza. Puso a recalentar en el microondas café del día anterior y preparó un trozo de queso junto a una rebanada de la otana que ya estaba un poco seca. ¡Mierda! El café empezó a hervir antes de darse cuenta. Tampoco es que le importara demasiado pero siempre había oído en casa eso de “café hervido, café perdido”. Buscó en el aparador la botella de orujo y se sirvió un dedo en una tacita de chapa, de esas que no sabía por qué, las llamaban de porcelana. Entonces ya sí. Se podía sentar a la mesa y desayunar como lo hubiera hecho junto al aitite Antton, de haber estado. Contuvo la emoción dentro de su pecho gracias a la coraza de resentimiento, compacta y ajustada como su propia piel, que había ido construyendo desde el día negro en que el abuelo, el aitite Antton, dejó este mundo, abandonándole a su suerte.

Quería mantener el rito, asegurándose de estar ya en la calle cuando el primer rayo de sol tocara el horizonte. Así que aun faltando más de media hora para amanecer, comió con la misma urgencia de todas sus acciones anteriores y se tomó café y orujo de un trago. Comprobó el contenido de cartucheras y morral, aunque no hiciera falta y cogió con delicadeza la paralela, la hueca como la llamaba el aitite, revisada, limpiada y engrasada cada día durante la última semana. Bajó las escaleras de dos en dos y se sentó en el banco del portal a calzarse las botas. Ya se comenzaban a escuchar los ladridos nerviosos, tan típicos de la madrugada en que se abría la caza. Todos los perros, los que salían y los que no, sabían que era el gran día, antes incluso de que sus dueños despertaran. Unai siempre se admiraba de ese reloj biológico más preciso que cualquier calendario.

Cogió dos correas y se dirigió a la huerta donde la Luna y la La, madre e hija de raza Braco, ya estaban montando un buen escándalo. Se ajustó la escopeta al hombro y abrió la puerta de la verja intentando evitar los saltos de las perras, que excitadas, llegaban casi hasta sus hombros. Consiguió ponerles las correas, aguantándoles las ganas de correr a base de fuerza. Bajaron, Unai casi a rastras, por la calle apenas iluminada por las farolas de led hasta la carretera. Siguieron su trazado un rato y tomaron el camino de parcelaria donde enseguida liberó a las perras. Salieron disparadas a la primera finca de trigo cosechada que ya tenía la paja enfardada. Las dejó correr y olfatear a sus anchas para que se desfogaran, cuando el sol ya asomaba entre las peñas.

Él continuó por el camino de parcelaria ahora ya sin prisa. Haría el recorrido que todos los años repetían el primer día. El mismo que siempre había hecho con el aitite Antton cada 15 de agosto desde que tenía once años y la ama por fin le permitió acompañarle. El recuerdo, tan dulce como doloroso, de la primera vez que salió con la escopeta le acompaño durante unos cuantos pasos. Se la había regalado al cumplir los dieciséis. La vieja Ugartechea que estaba en la casa desde antes de nacer él. Una paralela de calibre doce con sus cañones pavonados sin un arañazo y su culata de cedro brillante y suave. Ya había aprendido a dispararla, tiempo atrás, bajo la mirada atenta del abuelo. Desde abril cuando su cumpleaños, hasta agosto, aprovechó para sacarse el permiso de armas, el seguro de caza y se hizo socio del coto de la comarca, con lo que tenía ahorrado de las pagas.

Por fin entró en una finca desde la que ya no se veía el pueblo. Todavía había paja amontonada en las hileras que la cosechadora formara. Se oyeron unos cuantos disparos en tandas de dos al otro lado del valle. Silbó un par de veces para reunir a las perras y que empezaran a rastrojear. Ya más calmadas se dedicaron a buscar con ahínco y oficio. Este año, sería más propicio que los anteriores seguro, aunque a Unai poco le preocupaba. Se había cosechado más tarde por las lluvias intermitentes de julio y aunque se habían visto agrupamientos de codornices, señal inequívoca de que iban a empezar a emigrar, había probabilidad de que quedaran bastantes, al menos durante los primeros días de caza. Este año, sería el que Unai colgara definitivamente la escopeta.

Siguió atento las evoluciones de las perras mientras separaba los dos cartuchos de bala que llevaba. Se los guardó en uno de los bolsillos interiores del pantalón. Una costumbre también heredara, porque uno nunca sabía con que situaciones se encontraría en que pudiera necesitarlos. En el inicio de la temporada los guardas siempre andaban más atentos y solían ejercer más presión. Sobre todo revisaban documentación, pero de cuando en cuando también la munición, así que mejor quitar de en medio cualquier cosa que llamara la atención. Luego cargó la hueca con cartuchos de perdigón fino y la colocó en los brazos tal como si acunara a un niño pequeño. Tras quince minutos, salieron de la primera finca sin haber levantado nada.

Con el sol ya alto, atravesaron un poco más rápido un par de fincas de cebada, dónde casi nunca salía nada. Accedieron a otra de las fincas de trigo que todavía tenían paja y ralentizaron nuevamente la marcha. Al cabo de unos minutos, con una parada de libro, la Luna marcó su hallazgo. Unai se preparó y con un silbido suave, indicó a la perra que entrara. Salió revoloteando una perdiz grande que abatió de un disparo sin titubeos. Las dos perras salieron corriendo hasta donde el ave cayó muerta. La Luna gruño a su hija que pretendía robarle su presa y cobró la pieza que llevó hasta su dueño, moviendo el rabo.

Terminaron el recorrido previsto poco después de las diez de la mañana. Del cinto de Unai colgaban dos piezas, una de cada perra. Como decía el aitite Antton, los perros también se decepcionan tras una jornada de caza si acaban de vacío. Ese era uno de los argumentos del abuelo cuando alguna vez mostró sus dudas sobre lo lícito de matar por entretenimiento. Aunque a medida que se hacía mayor, cada vez se sentía menos motivado para continuar con esa actividad que le empezaba a resultar extraña, comprendía que para el aitite era otra cosa. Representaba lo que de noble, fuerte, mezquino o vulnerable había tenido su propia vida. El cariño que le tenía y el agradecimiento por haber sido un padre mejor que el que le había tocado en gracia, hacía que Unai se obligara a acompañarle al menos un par de veces cada temporada.

De vuelta al pueblo paró en el cementerio donde hacía años que no entraba. Ni siquiera en el entierro del aitite Antton. No hubiera soportado todas esas caras aparentando aflicción y esperando en realidad que la herencia se resolviera pronto. Caminó entre las lápidas, que no eran muchas y encontró la que buscaba. Dejó las dos codornices sobre la losa de cierre del pequeño panteón, imaginando a alguna de las vecinas más asiduas haciendo un respingo ante la inusual ofrenda. Sonrió sin sentir alivio y salió de allí con la intención de no volver a pisar esa tierra supuestamente sagrada. Ya en la casa, tras dejar a las perras de vuelta en la huerta con comida y agua, se fue al garaje donde se guardaban las herramientas y taladró los dos cañones de la paralela para así poder conservarla cuando la diera de baja.

Publicado la semana 33. 18/08/2019
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