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esKaleno

Girasoles tardíos

Odiaba los túneles. Aunque se había ensanchado y acondicionado no hacía tanto, el túnel de Techa tampoco le daba confianza. Y eso que era de los cortos. Cuando el agujero en la roca apareció ante sus ojos, contuvo la respiración de forma instintiva. No eran ni trescientos metros. Ni medio minuto de trayecto. Aun así, la lividez permaneció en su rostro hasta el final del desfiladero y no recuperó su ritmo respiratorio normal hasta que el furgón blindado se encaró con el valle ensanchado.

—Jo tío, lo tuyo es terrible —Ane le miró un instante con sonrisa traviesa y enseguida fijó su atención en la carretera—. Después de un año de pasar por aquí dos veces por semana, sigues poniendo la misma cara de estreñido.

—Mira bonita, no me toques las pelotas —gruñó algo incomprensible antes de continuar con su réplica avinagrada—. Y date un poco de vidilla que hoy tenemos dos paradas más, así que a conducir y a callar.

—Vale, vale. Ya veo que tenemos el día torcido, otro más...

Tampoco le gustaba demasiado su compañera. Con el tiempo había aprendido a confiar en ella y reconocía su valía. En un par de ocasiones había tenido oportunidad de comprobar que daba la talla a pesar de su apariencia frágil y su cara de cría. Pero de ahí a entablar una amistad o establecer algún tipo de complicidad había un trecho, tal vez insalvable.

Se fijó en el girasol que en medio de un campo de trigo que había perdido ya el tono dorado, sobresalía con la cabeza un poco agachada. Sintió un ligero desasosiego como siempre que se fijaba en él, las últimas semanas. Estaba allí, solitario, diferente, fruto inútil de alguna pipa olvidada de la cosecha de la temporada pasada. Había llegado tarde, muy tarde y parecía lamentarse de que el futuro se le hubiera escapado.

A unos kilómetros de Izarra, dónde tenían que dejar un par de sacas en la Caja, les sorprendió un coche medio cruzado en la carretera y una mujer haciendo gestos con los brazos.

—Písale, ni se te ocurra parar —la tensión en su voz era el reflejo de la que agarrotaba su estómago.

—Pues no tengo yo tan claro que pueda pasar, el ribazo está muy inclinado y no veo hueco, la verdad —Ane iba calculando sus probabilidades.

—Pues te llevas el coche por delante si hace falta.

—Sí claro y a la tía que está ahí parada.

—Lo que sea pero no pares.

La pericia de Ane logró pasar a a dos centímetros del coche, sin rozarlo, evitando además la cuneta. Por el retrovisor pudo ver como la mujer gesticulaba dedicándoles, seguro, todo tipo de lindezas. No era más que alguien con un apuro, pero era imposible arriesgarse con unos cientos de miles en el furgón.

—De verdad chico, no se que te pasa hoy, pero relájate un poco, que si te pinchan ni sangras. Creo que necesitas vacaciones.

Pero lo que realmente odiaba, era ese puto trabajo. Llevar de aquí para allá el dinero de otros, que seguro se la jugaban menos. Andar siempre con cuarenta ojos, desconfiando hasta del gato de la vecina. Nunca fue vocacional, esa era la verdad. Y aunque nunca había vivido una situación de riesgo al límite, cada año que pasaba la rutina, la falta de motivación, tal vez el miedo, iban minando su confianza y amargando su carácter.

—Estoy ya muy viejo para esta mierda, Ane. Ya no lo aguanto más. Tengo que dejarlo como sea.

—Y qué vas a hacer tú, alma de cántaro, que no sea de segurata.

De repente se sintió como un girasol rodeado de trigo y agachó la cabeza sin esperanza.

Publicado la semana 31. 04/08/2019
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