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esKaleno

Base Vostok

Los copos blandos caen suavemente, meciéndose en el aire aquietado. Parecen desgajarse de nubes de algodón que se funden en el horizonte con la nieve cuajada sobre el hielo. Giras en torno tuyo trescientos sesenta grados. Giras nuevamente en sentido contrario. Nada. Sólo frío silencioso y blanco. Y tú ahí parado. Ni huellas, ni rastros. El único sonido que percibes es el de tu corazón bombeando con un extraño ritmo, tan ajeno a ti, que hubieras preferido que parara. Te palpas la cabeza, si se puede hablar de palpar con las manos doblemente enguantadas, y sigues hacia abajo. Pecho, abdomen, culo, muslos, tobillos. Tu equipación es estupenda. Si tiemblas es por otras causas. Qué cojones estás haciendo ahí, cómo has llegado, cuánto tiempo llevas. Preguntas que cruzan tu mente como un rayo y cuya respuesta apenas te interesa. Quién eres. Quién, quién, quién... Esta es la palabra que golpea tu cerebro como un martillo pilón.

Ha parado de nevar. Un resplandor pulsante de tono violáceo rompe la difusa monotonía blanca atrayendo tu atención. Comienzas a caminar hacia allí. El sonido de los crampones sobre el hielo se transmite por la llanura sin fin de forma irreal. Es imposible saber la distancia a la que puede estar. Te molestan las gafas, su goma aislante adherida a tu piel, pero sabes que no te las puedes quitar. Sabes algunas cosas pero ignoras muchas más. Una hora, dos, tres, no calculas cuánto tiempo transcurre en tu peregrinación, hasta que finalmente ahí esta. Un vehículo oruga lanzando destellos a través de una luneta trasera desde un dispositivo en el interior. Dudas unos instantes antes de entrar por una puerta corredera lateral. Dentro, te quitas el gabán aislante, las gafas de ”buceador”, que alivio, y las botas, antes de saber si hay alguien más dentro. Tienes un mal presentimiento.

Hay un par de botas más livianas en el suelo que te quedan perfectas. Sientes que no es casualidad. Pasas a la zona delantera del vehículo que permanece arrancado. Hay restos de comida y de la presencia de alguien que ya no está. La temperatura es agradable comparada con la de fuera. El parabrisas tintado te permite mirar al exterior sin protección adicional. Sentado frente a los mandos te quitas los guantes aislantes tirándolos hacia atrás. Te quitas también el guante térmico de la mano derecha y tocas la pantalla táctil, en busca de información. Bajando la calefacción interior a diez grados, habría combustible para doscientos kilómetros, no más. Buscas direcciones en el navegador y aparece una larga lista de coordenadas que no te dicen nada, salvo al final. Base Vostok, pone. Sientes cierto recelo, pero eliges esa opción y la de piloto automático. En la pantalla aparece un rectángulo verde que parpadea en el centro sobre el que pones la yema del índice de la mano derecha. Se inicializa un programa que te sorprende con una voz melosa de tonalidad metálica:

Bienvenido Yuri Mikhailov. La temperatura externa es de cuarenta y ocho grados bajo cero. La temperatura interna es de trece grados sobre cero. Sus constantes vitales son normales. La distancia hasta la base es de ciento sesenta kilómetros. A velocidad de crucero y teniendo en cuenta la ventisca en contra que se aproxima, alcanzará su destino a las quince cuarenta, a trece minutos tras la puesta de sol. Si desea iniciar el viaje pulse nuevamente en el recuadro central.

No te extraña que el cacharro ese sepa tu nombre. Un nombre que para ti no significa nada. Pulsas el recuadro tal como te pide y te acomodas lo mejor que puedes en el asiento. El reloj en un rincón de la pantalla muestra las doce y diecisiete. Más de tres horas por delante. Empiezas a notar un poco de hambre mientras el vehículo se pone en marcha. Pero sobre todo sientes sed. No parece que haya nada que te pueda servir para atenuarla, así que cruzas los brazos sobre el pecho y apoyas la cabeza en el respaldo cerrando los ojos. No te interesa el monótono paisaje helado tras el cristal. El rugido de un viento repentino se superpone al del motor haciéndote volver a la realidad o tal vez al mal sueño donde parece que estás. Ya es de noche, así que mucho no puede faltar. Pasas a la parte trasera buscando los guantes y el gabán, que te pones con calma. El vehículo se para y la voz mitad melosa mitad metálica da por concluido el recorrido.

Ha llegado a su destino. Son las quince cuarenta y tres. La temperatura externa es de cincuenta y dos grados bajo cero. Hasta pronto. Gracias.

El vehículo ha estacionado junto a otros similares. Te bajas y recorres con gran esfuerzo los pocos metros que te separan de la entrada a uno de esos edificios de planta baja semienterrados en la nieve. Das un golpe en un mando tipo seta y se abre una compuerta. Esperas a que esté cerrada para abrir la siguiente y ahora sí, entras en un recinto ya atemperado. Vuelves a quitarte guantes y gabán y los dejas de cualquier manera tirados en el suelo. Recorres un largo pasillo hasta la sala de ordenadores. Cómo está distribuido el edificio es una de las cosas que sabes. Por qué, es parte de las que ignoras. La puerta está abierta y un desagradable espectáculo te recibe. Tres hombres en el suelo y una mujer sobre un teclado. Ensangrentados. No hace falta que te acerques para saber que ya nada puedes hacer por ellos.

Recorres el edificio entero, laboratorios, salas de estar, cocina, baños, habitaciones... En cada rincón encuentras la firma despiadada de la parca. Algunos de los rostros te suenan familiares, pero no mucho más que el tuyo propio reflejado en algún espejo. Tus ojos incrédulos registran cada detalle de cada estancia, que tu cerebro procesa como si fuera una máquina. No acabas de sentir tuyo el horror que te rodea. Vuelves a la sala de ordenadores para ver si puedes contactar con alguien de fuera. Una pantalla encendida llama tu atención. Te acercas para recibir el mensaje que se repite en cientos de líneas: Yuri Mikhailov es el asesino.

Publicado la semana 3. 20/01/2019
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