28
esKaleno

Rooibos con canela

Todas las noches le servía una infusión. Aromática, dulce y caliente. Él siempre esperaba a que se quedara helada o ni siquiera se la tomaba. Aun así, todas las noches la pedía y se sentaba en la misma mesa de espaldas a la televisión. Tras echar un vistazo al móvil, lo apagaba. Entonces simplemente se quedaba quieto, con la mirada perdida en un punto fijo de la de la pared. Solía estar así quince o veinte minutos. Hibernando, frío y pálido. De repente, regresaba de su limbo y el color volvía a su piel. Se tomaba, o no, la infusión, dejaba el dinero sobre la barra con algo de propina y se despedía con una enigmática sonrisa.

La primera vez que apareció, haría unos dos meses, Marcela se preguntó cómo un chaval así había caído por allí. Tendría poco más de treinta años, pero a Marcela lo mismo le daba que tuviera cuarenta que veinticinco, para ella era un crío. La clientela de su cafetería, un tanto anticuada pero impecable, se componía de una variopinta gama de señoras y señoritas, acompañadas de hijos o nietos o esposos o novios, pero sobre todo en grupos o solas. No recordaba cuando fue la última vez que vio entrar a un hombre sin compañía femenina. Al principio pensó que tal vez hubiera quedado allí con alguna chica. Pero según pasaban los minutos, sin que la impaciencia hiciera presa en él, Marcela descartó esa opción. También era muy raro que hubiera pedido una infusión de rooibos con canela y que se quedara inmóvil sin siquiera pestañear. Media hora después de que se bebiera la infusión ya helada y se fuera, Marcela echó la persiana y no le dio más vueltas.

Cuando al día siguiente le vio entrar aproximadamente a la misma hora, a Marcela se le aceleró el pulso y volvió a sus cavilaciones sobre el quién, el cómo y el por qué de tan inusual presencia, sin llegar a ninguna conclusión. Tras un par de semanas de asistencia diaria, lo único que inquietaba a Marcela era dónde estaría a esa hora los domingos y los lunes, cuando la cafetería no se abría.

Un par de días atrás, Marcela estaba muy ocupada con una celebración de algunas de las clientas habituales y apenas se dio cuenta cuando cerró de que no había venido. Estaba muy cansada y no le dio mucha importancia. Ayer tampoco vino y eso que mantuvo la cafetería abierta casi hasta las once. Hoy ya son las diez y diez y Marcela sabe que no volverá. No puede evitar que una lágrima caliente y salada ruede por su rostro hasta saltar a la barra, dejándole la certeza amarga de que todo termina algún día.

Publicado la semana 28. 14/07/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
28
Ranking
0 72 0