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Destino final. Vacaciones al Infierno - III

Delante del ventanal del pasillo, su figura a contraluz encuadrada por el marco de la puerta, bloqueó en mi garganta las palabras que tenía preparadas. No podía distinguir su rostro. Imaginé sus ojos como dos puntos más oscuros, fulgurantes, cuya intermitencia pulsante parecía dirigida a identificarme. Añoré sentir el miedo que me pedía el cuerpo, cerrar la puerta y pasar el pestillo. En lugar de eso me eché a un lado, con el pomo de la puerta en una mano, para permitirle la entrada. Sonreí a su paso, a pesar de su energía helada que pretendía minar mi aplomo. Seguí con la mirada sus pisadas silenciosas, que eran más un deslizarse sobre el suelo.

Fredi se giró junto al balcón para darme la cara mientras yo cerraba la puerta intentado comprender que era lo que me pasaba. Tras más de una hora, ella seguía allí parada, sin decir nada. Yo también callada en medio de la sala. Frente a frente, continuaba sin distinguir su rasgos. La nitidez con que percibía cada detalle de la estancia contrastaba con su imagen, movida, desdibujada. La situación era absurda, pero yo era incapaz de controlarla. Pensé en una pesadilla más vívida de lo normal, pero me faltaba esa certeza que aún dormida se tiene de que se está soñando.

Decidí ignorarla. Cogí las llaves del coche, el bolso y me puse unas sandalias. Salí del estudio y pasé de largo la puerta del ascensor para bajar por las escaleras. No me volví para mirar atrás y a pesar de estar segura de que al cerrar la puerta ella se quedó dentro, sentía su aliento gélido en mi espalda. Me senté al volante con Fredi a mi lado. La temperatura del coche descendió unos cuantos grados. Conduje hacia Alba, desconfiando de lo que mis sentidos me indicaban. En diez minutos estaba en el centro, buscando aparcamiento.

La pequeña ciudad coqueta y animada, tenía dos calles en su centro que unían su dos plazas principales, llenas de tiendas con fruslerías trufadas para turistas, productos de avellana y hongos desecados. En la plaza porticada, un grupo de jazz ensayaba en escenario en el centro. En la otra, multitud de tenderetes conformaban una feria de vino de la zona. Banderas italianas ondeaban en multitud de balcones y un aire festivo incitaba a cierta alegría forzada. Compré algún aceite, alguna pasta, todo de trufa blanca y me senté en una terraza a tomar una birra bien fresca. Ella seguía conmigo, a cierta distancia, como si fuera mi guardaespaldas. Cuando se sentó a mi lado, yo me levanté para coger el coche.

De vuelta en el alojamiento, simplemente me tiré en la cama. Fredi volvió a su posición junto al balcón, de pie, callada. La noche prometía ser muy larga. El silencio, el frío. Sobre las cuatro de la madrugada, las gafas, que hasta entonces ni había notado desde la mañana, comenzaron a molestarme. Me las quité y al momento me arrepentí. El dolor de cabeza, siempre al acecho, se acentuaba junto a la sensación eléctrica que recorría el interior de mi piel y que la haría estallar en cualquier momento. Me levanté casi de un salto y me puse las gafas otra vez, con la misma sensación de rendirme a su dominio. Recogí mis cosas del baño y algo de ropa del armario y lo metí todo en la maleta de cualquier manera. El móvil, el bolso, las llaves del coche. Salí del apartahotel sin pasar por recepción.

De nuevo en el coche con ella a mi lado, busqué en el móvil nuestra ubicación en el Google Maps y así encontrar un rumbo al que dirigirnos. Sanremo. Me sonaba de algún rancio festival que emitían por la tele cuando era pequeña. Lo seleccioné en el navegador y me puse en marcha. Concentrada en la conducción, sin pensar en nada, fui consciente de que era de día cuando estábamos llegando a la costa de la Liguria. Atravesamos poblaciones lentamente, por carreteras saturadas de tráfico a pesar de lo temprano de la mañana. El calor exterior era patente aunque no se hiciera notar dentro del coche. De repente me sentí muy cansada. Busqué un desvío hacia una playa y al llegar a una zona portuaria paré el motor.

Intenté abrir la puerta pero no pude. Evitando tocar a Fredi y haciendo gala de una flexibilidad que hasta entonces ignoraba, conseguí llegar hasta el asiento trasero pero las puertas también estaban bloqueadas. Volví a mi asiento buscando alguna razón lógica a todo aquello. Probé a bajar la ventanilla, pero fue imposible. La sensación de falta de aire aumentaba el picor de mis sienes y el dolor de cabeza. Palpé las patillas de las gafas y las noté como si formaran parte de mi, como si hubieran enraizado de algún modo en mi carne. Sentí los dos puntos palpitantes que hacían de ojos de Fredi siguiendo mis evoluciones.

Arranqué mientras un grito grave desgarraba mi garganta, reverberando en el interior del coche durante unos segundos que se hicieron eternos. El navegador ya no marcaba treinta y dos kilómetros a destino como cuando había parado, sino seiscientos sesenta y seis. Me dio por reír, como quien ríe de una mal chiste. Comencé a conducir siguiendo el trazado que me marcaba. De repente dejó de importame el halo frío que rodeaba la figura fantasmal que me acompañaba y la convicción de que unas gafas envenenaban mi cerebro. Conduje durante días, semanas. Sin comer, sin dormir, sin sentir. Sin ser nada. Sigo conduciendo y siempre queda la misma distancia.

Publicado la semana 26. 30/06/2019
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