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La misión. Vacaciones al Infierno - II

Nuca se me había ocurrido antes pensar qué sentiría, qué me agobiaría o aliviaría, al dejar tirada a otra persona en medio de la cola para entrar en un túnel que hace de frontera entre dos países alejados del suyo. Menos suponiendo que esa persona hubiera sido, o tal vez aún lo fuera, alguien tan importante en mi vida. Sería absurdo haber imaginado algo que jamás me hubiera creído capaz de llevar a cabo.

Cuando reanudé la marcha, lentamente, tras dejar a Fredi plantada en mitad de la carretera, empecé a sentir una fuerte presión entre ojos y oídos como si algo pretendiera reventarme el cráneo. Paré el coche de nuevo antes de la curva con un nudo en el estómago y la misma sensación de zozobra que al asomarme a un pozo sin alcanzar a ver el fondo. Me quité las gafas, me froté los ojos y miré por el espejo retrovisor. Ella comenzó a caminar en mi dirección unos minutos después. En su cara quise leer signos de alivio y agradecimiento. La presión en mi cerebro volvió a hacerse presente de nuevo. Me volví a poner las gafas, todavía indecisa, sin dejar de mirar por el retrovisor y la expresión del rostro de Fredi, se me mostró diferente. Es decir, tal y como habría esperado de ella en una circunstancia parecida: dura, altiva, dominante, iracunda y, de algún modo, triunfadora. El nudo de mi estómago se deshizo como por arte de magia. Me volví hacia el asiento trasero, cogí su bolso y por la ventanilla del copiloto abierta, lo lancé a la cuneta. Lo hice sin rabia. Más que nada para no dejarla totalmente desvalida, aunque ese no fuera un adjetivo que se ajustara a ella. No volví a mirar hacia atrás y arranqué de allí quemando yanta.

Conduje sin pensar, sin fijarme en nada. Siguiendo el trazado de la carretera y tomando algún cruce de forma automática. El bullicio chispeante de la mañana soleada en Chamonix, me devolvió al mundo. Di un par de vueltas por calles recientemente conocidas hasta dar con un parking. Escogí uno de las pocas plazas que había libre. Recoloqué el retrovisor pensando en un café y me fijé que las gafas se habían oscurecido. Así que la intensa luz reflejada en la nieve no me había molestado, con lo sensible que solía ser yo a brillos y reflejos. Por una vez, quizás la última, me sentí realmente contenta de haber hecho caso a Fredi. El hallazgo en el váter de una estación a más de tres mil metros de altitud era una maravilla. A la mierda mi mojigatería y mi mala conciencia. Si hay algo que quieres lo tomas y punto. Esa sería mi nueva regla.

Sentada frente a un café y un croasan en una terraza junto a la estatua de Saussure y Balmat, la decisión de continuar el viaje sola se había impuesto sobre una variedad de opciones más cómodas seguro, pero menos emocionantes. No iba a volver al túnel del Mont Blanc para pasar a Italia, aunque eso supusiera un trayecto bastante más largo y cansado. Sin tomar mi consumición me levanté y me puse en marcha. Ajusté el navegador y curioseé la ruta más corta sin peajes, la del paso del lago de Moncenisio. Haciendo cuentas, llegaría al alojamiento de Alba hora y media más tarde de lo convenido, si todo iba bien. Mandé un mensaje al anfitrión, para comunicar el posible cambio de hora y como precaución desconecté la itinerancia del móvil por si, cosa rara, Fredi llamara o guasapeara.

El día luminoso invitaba al optimismo. Rodaba sin prisa, disfrutando tanto de la conducción como del paisaje. Paraba con frecuencia, cada hora u hora y media. Me bajaba del coche, admiraba lo que me rodeaba y respiraba profundamente. Hacía tiempo que no me sentía tan bien. Pronto pasé la frontera. Los Alpes perdieron potencia del lado italiano. Las poblaciones presentaban un aspecto más desordenado y empezaron a adelantarme coches en línea continua. Sí. Sin duda estaba ya en Italia.

El paisaje fue cambiando poco a poco, suavizándose. Cerca de mi destino, una infinidad de colinas tapizadas de viñas y fincas de avellanos, me rodeaba. Las cimas redondeadas estaban coronadas de pueblos con su iglesia de torre altísima. Los bosques frondosos y frescos, quedaban normalmente en las zonas más llanas. En muchos de sus lindes o junto a la carretera, había carteles que advertían de la propiedad privada cada pocos metros, e incluso de área videovigilada. Entonces recordé, con una sonrisa, nuestra misión, la que nos había llevado a elegir Alba como parte inamovible de nuestro tour de primavera. “En busca del secreto de la trufa blanca”.

La cosa había empezado casi como una broma con unos amigos que tienen una finca de encinas truferas. Hablábamos de lo que supondría poder obtener trufa blanca, la Tuber Magnatum Pico, o tartufo bianco, como se dice en italiano. El kilo se paga a miles de euros, pero es una variedad endémica del Piamonte y tan sólo recolecta de forma silvestre en sus bosques, tan diferentes a los nuestros. Como uno de los destinos más probables para nuestras próximas vacaciones sería la zona alpina fronteriza, nos comprometimos, entre vino y vino, a visitar Alba, la capital mundial del carísimo hongo, para obtener la mayor información posible, aunque la época de producción fuera en otoño, y de paso conseguir tierra trufera para estudiarla...

Pensar en las trufas, los amigos, el vino, me hizo recordar a Fredi, tras horas de estar completamente ausente de mi mente. Al tiempo iba entrando en el patio del hotel rural en el que teníamos un estudio reservado. En recepción confirmé que sí, que seríamos dos y que mi compañera llegaría en cualquier momento, completamente convencida de que así sería. Podría decir que además así lo deseaba. No para arreglar nada. Sólo quería dejar las cosas claras y que todo acabara. Podía vivir sin ella, aunque Fredi lo dudara, y eso ocurriría más pronto que tarde, así que mejor cuanto antes.

Subí una maleta a la habitación. Eran las seis y media. No tenía hambre, a pesar de no haber tomado nada desde el desayuno y estaba cansada. Euforia y pesimismo peleaban por hacerse con mi ánimo. Me miré al espejo y me costó reconocerme. Las gafas endurecían la expresión de mi mirada y modificaban mi fisonomía. Me dio un vuelco al corazón y me las quité de un tirón. Sentí un calambre doloroso. Tan intenso como si me hubiera arrancado una uña o un mechón de pelo. Afortunadamente no duró más que un instante. Sin embargo una marca violácea apareció en mis sienes, entorno a mis ojos, en mi frente. Se ramificaba y la notaba moverse como culebrillas bajo mi piel. Cerré los ojos y volví a abrirlos. Las marcas cada vez más intensas, seguían allí. Silenciosas, inquietas, cosquilleantes.

Me puse las gafas rápidamente, preguntándome que era lo que había pasado. Entonces mi rostro, retomaba su color, persistiendo esa mirada desconocida que me interrogaba desde el espejo. Era una locura. Me estaba volviendo loca o gilipollas. Tal vez sólo fuera el cansancio y el estrés de un día largo y extraño. Decidí echarme un rato pero no me atreví a quitarme las gafas de nuevo. Sí, era una locura. La cama era grande y cómoda, pero no conseguí siquiera cerrar los ojos. Permanecí allí un par de horas hasta que no aguanté más. Cogí las llaves del coche y comencé a rular las carreteras tranquilas que serpenteaban entre un paisaje relajante que sin embargo no apaciguaba mi creciente inquietud.

Volví al estudio ya atardeciendo, dispuesta a pasar la noche de cualquier manera y cumplir con nuestra “misión” por la mañana. Aunque no dormí ni un segundo, las horas pasaron rápidas y me levanté bastante descansada. Me quité las gafas para darme una ducha, evitando verme reflejada. El chasquido al hacerlo fue similar al del día anterior, así como la sensación de hormigueo que nacía del la parte superior de mi cabeza y se iba extendiendo poco a poco, pasando a mi cuerpo a través del cuello. Me enjaboné con rapidez y dejé que el agua tibia arrastrara la espuma justo el tiempo necesario. Me sequé la cabeza, me enrollé la toalla en torno al cuerpo y en seguida me volví a poner las gafas, mirando de refilón en el espejo no empañado por completo. Me pareció ver replegarse miles de venillas violetas ondulantes, acorde con la sensación que recorría mi piel. Sentí una mezcla de repulsión y curiosidad pero evité mirar más.

Me vestí procurando no pensar en ello y salí en busca de los bosques acotados que había visto de camino el día anterior. No me fue tan fácil encontrarlos como pensaba y cuando lo hice, circular en torno a ellos parecía llamar la atención más de lo que hubiera creído. Si me paraba y merodeada un rato andando, enseguida se acercaba alguien preguntando si necesitaba algo. Mi sonrisa y el hecho de que fuera una tía, parecía alejar un poco su desconfianza, pero aún así, no me decidí a recoger la tierra hasta llegar a un lugar en el que parecía no haberme visto nadie. Para ello me había llevado una cazuela y una bolsa de basura sin usar. Como un furtivo en un coto de caza, arranque un par de kilos de tierra arcillosa y oscura que olía a hongo y humedad. Cerré la bolsa y la metí en una caja de cartón que tenía en el maletero. Dejé atrás los bosques con la sensación de deber cumplido y un aumento de seguridad en mí misma, que tampoco se correspondían con la “hazaña” que había llevado a cabo.

A mediodía estaba ya en el hotel. Sentada en un sillón en la terraza del estudio, intentaba adivinar el horizonte que ocultaban dos cerros. Seguía sin hambre y en realidad sin sueño. De cuando en cuando una palpitación en las sienes me recordaba que algo raro tenía dentro. Mientras, el tiempo iba pasando indolente, hasta que lo supe. Me levanté, me dirigí a la puerta y al abrirla allí estaba ella.

Publicado la semana 24. 16/06/2019
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