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Nuevos ojos. Vacaciones al Infierno I

Viajábamos como solíamos hacerlo cuando juntábamos quince o veinte días de vacaciones. Salíamos con una orientación aproximada, en nuestro propio coche, con un alojamiento para un par de noches como mucho y de ahí lo que fuera surgiendo. Supongo que eso no funcionaría en temporada alta, julio o agosto, pero nunca hemos tenido vacaciones en esas fechas. Aún con esta premisa, los resultados de nuestras expediciones no eran siempre ideales, pero el cómputo hasta entonces había sido siempre positivo.

Habíamos pasado un par de días en la Provenza, durmiendo en Nîmes, sorprendente ciudad romana, taurina y con cierto encanto decadente y otros tres días en los Alpes, alternando Francia y Suiza y durmiendo junto al lago Léman, del lado francés, porque de haber sido del suizo se nos habría descompuesto el presupuesto del trimestre entero. Hasta aquel momento, las pequeñas decepciones se habían ido acumulando e iban superando a las satisfacciones, además de ir minando la paz de nuestra convivencia.

En la Provenza, habíamos encontrado más gente de la que esperábamos por experiencias anteriores y para colmo, la lavanda aún no había florecido, con lo que las inmensas extensiones de ese cultivo estaban desposeídas del encanto de su color intenso tan característico. Todos los pueblos mágicos que visitamos, se fijaron en nuestra mente como meras postales sin espíritu. En los Alpes, tras horas de camino un día a Chamonix, otro a Zermatt, las nubes y la niebla nos impidieron ver el Mont Blanc y el Cervino. Así, los paisajes sobrecogedores por los que transitamos quedaron desdibujados en nuestro cerebro. Por añadidura, una actitud que observamos en todos los alojamientos y a la que no hubiéramos dado importancia en otras ocasiones, como es que te miren con suspicacia al ser dos mujeres que eligen una cama de matrimonio en lugar de dos individuales o habitaciones diferentes, nos impregnó de la certeza amarga de que en realidad, nada cambia.

Algo que me pareció intrascendente, no más que una anécdota, sucedió en nuestro fallido intento de vislumbrar la silueta inconfundible de aquel monte suizo. En la estación de Täsch, tras aparcar y antes de coger el tren que nos acercaría a Zermatt, fuimos al baño como era de esperar tras tres horas de coche sin parar. En el váter al que entré, dentro de la taza, había unas gafas de cristal sin tintar, pensé que era una guarrada perderlas así y cambié de váter, sin más. Al terminar se lo conté a Fredi (odiaba que la llamaran Frederika y renegaba de la sangre alemana que corría por sus venas, aunque yo diría que es la que predominaba en ella):

—Había unas gafas en el váter —la verdad es que lo dije más que nada por romper el silencio tenso que se hacía entre nosotras con demasiada frecuencia durante los últimos días.

—¿Y las has cogido?

—No, joder, estaban dentro de la taza…

—¿Y para qué me cuentas semejante chorrada? —Ni me molesté en contestar y le dí la espalda enfurruñada, hasta que ella, al cabo de unos minutos cambió de tercio—. Venga, que vamos a perder el tren y no tengo ganas de esperar aquí otros veinte minutos.

Tras diez o doce minutos llegamos a destino, preguntamos en la oficina de información y cambiamos de estación, según sus indicaciones, para coger el tren cremallera que nos subiría al observatorio del Gornergrat, eso sí, tras pegarnos un sablazo que nos dejó sin reacción y que no fuimos capaces ni de comentar.

Ya arriba, en el balcón de los cuatromiles, el viento soplaba despiadado, arrojando arenilla y polvo de nieve helada que casi hacía imposible acceder a los miradores exteriores más altos. Lo cierto es que salvo la nube que se empeñaba en ocultar el Cervino, el resto del paisaje estaba despejado y lo habríamos admirado con la boca abierta de no ser por el polvo que arrastraba el viento y por nuestro propio ánimo. Antes de tomar un tren de bajada, cómo no, yo volví al baño. En el cubículo al que entré, había otras gafas, esta vez en la repisa de la ventana. Las cogí, las limpié con papel de váter y me las probé. Eran de lejos y perfectamente ajustadas a mí miopía y a mi cabeza. Además eran bonitas. Aunque parecía bastante improbable, pensé que tal vez alguien volviera a por ellas y las dejé dónde estaban.

—¿Sabes qué? —No pude resistir contárselo a Fredi a pesar de lo borde que estaba—. En el baño había otras gafas…

—¿También dentro de la taza?

—No, estaban fuera.

—¿Son de sol? —Negué con la cabeza y ella prosiguió, intuyendo que me las había probado—Pero seguro que te sirven… ¿y no las has cogido?

—Pero que empeño tienes tía —contesté un poco irritada—. Igual vienen a buscarlas.

—¿Tú crees? —miró a su alrededor con su típica sonrisa irónica—. Anda, ve a cogerlas, pero no las subas puestas.

La hice caso, no sé muy bien por qué, pues yo soy de las que se olvida cualquier cosa en cualquier sitio y la mayor parte de las ocasiones, cuando se trataba de algo importante, lo he encontrado. Sea como fuere, esas gafas pasaron a ser mías y el asunto empezó a perder el estatus de anécdota.

Después de descartar bajar en cualquier parada intermedia del tren cremallera para dar un paseo o tener mejor visión del dichoso monte de los huevos, hicimos directamente el camino inverso al de llegada. Ni nos acordamos de las gafas y transcurrió lo que quedaba del día con la misma fría “rutina”. Visitamos lagos, aldeas y lugares encantadores, espectaculares o sorprendentes que nos dejaban indiferentes y acrecentaban la brecha que se había abierto entre ambas.

Esa noche apenas dormí y cuando lo hice acudían a mí sueños inquietantes, que no llegaban a pesadillas, pero resultaban muy desagradables. Acudían a mí imágenes de gente que había dormido antes en la cama que ocupábamos sin rozarnos. Gente sin cara, ni nombre, ni sexo, pero que dejaban sus fluidos impregnados en el colchón, en la almohada, e iban perdiendo así su esencia, como nosotras mismas, cada vez que el hilillo de saliva se desprendía de nuestros labios…

Por fin amaneció y me levanté. Aunque no eran ni las seis, me duché y preparé mis cosas en silencio y las de Fredi también. Así haríamos las maletas en cuanto ella despertase y nos largaríamos de allí cuanto antes. Nuestro nuevo destino, Alba, en el Piamonte, nos esperaba. Algo me decía que las cosas cambiarían. Algo, o mi esperanza. Había decidido empezar conduciendo yo y tomar autopistas para evitar alargar el trayecto, a pesar de conocer de antemano la ristra protestas que me esperaba. Ah, además iba a estrenar las gafas que normalmente sólo usaba para conducir.

Todo iba casi bien. Mis “nuevas” gafas eran perfectas. Veía mejor que con las auténticamente mías. Los Alpes franceses nos despedían con sorna, adornados de un día soleado y un cielo inmaculado, que nos permitió, a su pesar, ver el pico del Mont Blanc antes de llegar al túnel. Ahí es donde las cosas se empezaron a torcer. El tráfico era intenso pero no esperábamos encontrar tras una curva, una cola sin final de todo tipo de vehículos completamente parados, a pesar de que el navegador anunciaba retenciones de media hora larga.

—Vamos por autopista, vamos por autopista —Fredi intentaba imitar mi tono de voz y notaba su mirada casi de odio clavada en mi sien—, ña, ña, ña. ¿Y ahora qué? Lista, que eres muy lista tú…

Volví la cara y la miré fijamente dos segundos. Noté el cambio de expresión de su rostro. Pegué un volantazo pisando el acelerador y salí de la cola tomando el sentido contrario. El chirrido y el ligero olor a goma quemada me sorprendieron y me hicieron sentir bien. Miraba de reojo a mi acompañante, mientras ella chillaba improperios que me la soplaban. Frené con fuerza entrando en un apartadero de la carretera y Fredi salió impulsada hasta donde el cinturón de seguridad le permitió llegar.

—Bájate —se lo dije suave, mirándola nuevamente de frente—. Que te bajes, he dicho.

A Fredi se le cortó el habla y bajó del coche mansa y cerró la puerta, aún no sé por qué extraño influjo de mi mirada. Volví a ponerme en marcha, entonces sí, con la certeza de que las cosas cambiaban.

Publicado la semana 23. 09/06/2019
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