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Cuando el canto del gorrión no te despierta, ni los gritos del vecino encabronado

Una televisión de enorme pantalla plana emite, sin descanso, imágenes insonoras desde el centro de la sala. Un altavoz bajo ella, amplifica los sonidos que recibe por blootooth del MP4 tirado en el suelo junto a un enchufe al que está conectado. Cuando el ciclo de noventa y cuatro canciones finaliza se reinicia de forma automática. Hace mucho que la luz del día se fue apagando entre las rendijas de la persiana. Tanto, que vuelve a resurgir peleando con la oscuridad de la noche ahora que despunta la madrugada.

Tus ojos fijos en el techo, hace horas que no prestan atención a las imágenes que la programación nocturna de la cadena de teletienda te ofrece. Tampoco oyes ya la música que alterna melodías suaves con ritmos endiablados. Tu cuerpo a la vez relajado y rígido, se amolda a la forma del sillón, del que se descuelga el brazo izquierdo, llegando casi a acariciar el suelo con las yemas de los dedos.

El gorrión madrugador de todas las mañanas, se baña en la maceta en la que hace meses se secaron dos plantas de geranio, esparciendo la tierra por toda la terraza. Eleva el tono de sus trinos, extrañado de que hoy no salgas a espantarle como otros días, con juramentos desmesurados.

Alguién llamá a la puerta, a pesar de la hora tan temprana. Algún vecino parece. Acaba de volver del turno de noche. No son horas para tener la música tan alta. Amenaza con llamar a la policía. Amenaza. Llama. Amenaza.

Te cuerpo se retuerce en el sillón, como si quisieras levantarte de un salto. Eso no sucederá. Sólo ha sido un espasmo de camino al rigor mortis que casi has alcanzado.

Publicado la semana 21. 26/05/2019
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