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esKaleno

¿Quién vigila al vigilante?

En la pared de la derecha, vista desde la puerta de entrada, una encimera con un pequeño frigorífico, microondas y fregadero, la ocupaba entera. Un armario empotrado en la pared de enfrente, una mesa con dos sillas y un sofá-cama completaban el mobiliario de la estancia. Y entre el armario y el sofá, un hueco sin puerta en el que se veía una taza de váter y un bidé. Sin balcones ni ventanas, la iluminación provenía de focos led encastrados en el techo que resaltaban la mugre acumulada sobre todas las superficies del apartamento. Lo único impoluto eran las dos cámaras que en diagonal hacían un barrido completo.

El viejo de melena blanca ocupaba una de las sillas y apoyaba los antebrazos sobre la mesa. El chico rubio con ojos de demonio, estaba sentado en el suelo con las piernas extendidas y la espalda apoyada en la pared junto a la puerta. En el sofá se sentaban las dos mujeres de edad indefinida, guapas, bien vestidas. Y yo, el único de pie, junto al armario, estaba allí para vigilar. Oír, ver y callar. Y disparar, si se terciaba.

Era un buen trabajo. El mejor al que podría aspirar. Me levantaba una pasta. No recuerdo bien cuándo o cómo me reclutaron. Entonces yo no era más que un puto crío todo el día colgado. Me limpiaron, me entrenaron y se apropiaron de mi alma. Pero eso me la traía al pairo. Tenía claro que jamás podría abandonar y que más temprano que tarde acabaría mal. Pero mientras tanto, a disfrutar evitando pensar. Una vez al mes, vigilaba en turnos alternantes de seis horas. Me avisaban con un mensaje con la dirección y el horario. Dos días, cuatro, una semana. A dos no llegaba. El resto del mes era para mí.

Nunca sabía a quienes me iba a encontrar, ni me importaba. Siempre en pocilgas parecidas. Grupos pequeños, nunca más de seis. Gente que no parecía encajar entre sí, ni conocerse, ni saber por qué estaba allí. Tampoco conocía a mis compañeros. Los relevos nos los dábamos encapuchados y así permanecíamos todo el tiempo. No cruzábamos una palabra. Cualquier incidencia era conocida de antemano. Vigilados y vigilantes estábamos permanentemente localizados. Un diminuto chip bajo la piel, tras la oreja. Fácil de insertar. Imposible de extirpar sin morir en el intento.

No había tenido problemas antes, más allá de alguna bronca estúpida entre dos idiotas de algún grupo. Un par de hostias a tiempo y punto. Nadie había intentado escapar nuca. Las puertas de acceso se cerraban electrónicamente, sin posibilidad de abrir desde dentro, ni siquiera el vigilante. Las comidas para esa gente, que se suministraban dos veces al día, iban hasta arriba de benzodiazepinas mezcladas. Esto siempre ayudaba a mantener la calma.

Este no parecía un grupo distinto a otros. El viejo, muy abatido, apoyaba de cuanto en cuando la frente en los antebrazos cruzados, intentando tal vez dormir algo. Las mujeres estaban rígidas, inmóviles. Estoy seguro que de haberlas tocado, habrían estallado en mil pedazos. El chico era otra cosa. Con pose relajada, pero mirada tensa, parecía observarnos a todos con alguna intención extraña. De cuando en cuando surgía alguien así, con más peligro que los demás. Y en esos casos no te podías descuidar.

Con un movimiento ágil se puso en pie y yo afiancé el fusil en mis manos. Él sonrió y en una especie de spanglish incomprensible, se dirigió a mi. No le entendí gran cosa, pero por los gestos supuse que quería ir al váter. Moví la cabeza indicando con el gesto que fuera. Desde mi rincón podía observar perfectamente el interior. Los cuatro teníamos puestos los ojos en él. Era el primer movimiento que se producía en dos horas. El chico caminó lentamente hasta llegar a la taza y comenzó a bajarse la cremallera con parsimonia.

Entonces un estruendo horroroso nos alcanzó. Un artefacto potente derribó la puerta, me reventó los tímpanos y se llevó mi conciencia. Cuando desperté, estaba aquí. En este cubil inmundo con otros cinco individuos abatidos y un vigilante encapuchado con un trabuco apuntado.

Publicado la semana 19. 12/05/2019
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