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esKaleno

Fantasmas

Era una mañana luminosa aunque fría, de las que a mi me gustan. El cielo, azul inmaculado, acogía a un sol que empezaba a mostrarse fuerte y seguro frente a una luna llena que se resistía a abandonar la escena. Aunque el día prometía cumplir con el estándar de primavera calurosa y seca que nos tocaba desde hacía algunos años, los rastros de la helada todavía se hacían patentes sobre la yerba cuando salí de casa. El aliento vaporeaba desde mi boca y eso me hacía sentir viva. Además era sábado, ¿que más podía pedir a mi rutinaria vida? Comprobé que tenía el móvil y las llaves de casa, me ajusté los auriculares inalámbricos, puse a cero el pulsómetro y comencé a trotar con cierta ansiedad.

Conseguí aguantar una hora antes de empezar a notar los músculos de mis piernas rígidos y dolor en los tobillos. Fui disminuyendo el ritmo hasta dejar de correr justo enfrente de la puerta principal del cementerio viejo, que había sido engullido por la ciudad hacía décadas. Más o menos al mismo tiempo dejaron de enterrar allí a nadie, salvo que el finado contara con un panteón familiar dentro. El lugar estaba mantenido en perfecto estado con parterres de césped y setos impecables, además de macizos de rosas y flores diversas que no era capaz de distinguir. También contaba con bancos en las numerosas calles que lo constituían y la gente se había acostumbrado a utilizarlo casi como otro parque cualquiera, aunque siempre había alguien a quien pasar cerca le causaba más que desagrado. Este no era mi caso. Me gustaba pasear tranquila entre panteones, tumbas y pequeños mausoleos, con sus ángeles, cruces y lápidas. Crucé la gran puerta de forja abierta desde hacía horas, dispuesta a dejarme envolver por esa atmósfera un tanto nostálgica y con aires de otras épocas, que solía hacer volar mi imaginación.

De entre las personas que deambulaban por el interior del recinto, llamó mi atención una pareja de ancianos. Él en silla de ruedas, se dejaba hacer mientras ella ajustaba con la misma precisión que suavidad, una manta de cuadros verdes sobre sus piernas. Me paré un momento y me quité los auriculares para no perder detalle. La escena me producía una extraña sensación de ternura entreverada de tristeza. Me preguntaba que puede llevar a dos personas a estar unidas toda una vida incluso en circunstancias adversas. Porque daba por supuesto que ellos eran pareja y llevaban juntos toda una vida. Esa complicidad, esa conexión sin necesidad de hablar. Nunca he acabado de entenderlo y desde luego nunca lo he buscado. El “amor” no dura tanto. Enseguida prosiguieron su camino, ella empujando con firmeza la silla y él con sus ojos vivos, tal vez lo único que le quedara vivo, siempre buscando algo. Me di cuenta tarde. Ella ya me había visto y en su cara noté que me había reconocido. Me faltó el ánimo para darme la vuelta y escapar del encuentro. Fingí una sonrisa mientras me acercaba hacia ellos despacio.

Mi cerebro rescató de algún lugar recóndito de mi memoria imágenes olvidadas. Josefina y Ramón, mis vecinos del quinto. O mejor Fina y Moncho, como les conocíamos todos. Eran muy simpáticos. Ella alta, guapa y siempre de punta en blanco. Todavía conservaba el porte y me sorprendió esa altivez que no recordaba de días pasados. Él algo más bajo, un poco calvo y siempre tan detallista. De pequeña alguna vez pensé que era demasiado guapa para él. Pero él se desvivía por ella y además era tan divertido, que seguro que compensaba con creces su diferencia en cuanto a físico. De pequeña, eso pensaba. Tenían tres hijos, una chica y dos chicos. También muy guapos. También muy simpáticos. Y muy listos. No recuerdo sus nombres… Eran mayores que yo, pero les caía en gracia y alguna vez me llevaban a su casa. Un piso diminuto pero impoluto, sin nada, nunca, fuera de lugar y hasta yo me daba cuenta de que esa perfección era casi antinatural. Aun así me gustaba mucho subir, me trataban muy bien, me daban la merienda y me reía con ellos.

La chica se fue la primera. Consiguió una beca en Alemania. El chico mayor después. Se caso muy joven, todavía estudiaba. El pequeño aguantó un poco más. Creo que acabó en una secta. El caso es que desaparecieron los tres como por ensalmo. Yo al menos nunca volví a verlos. A Fina y Moncho seguí viéndolos, al menos durante un tiempo, hasta que pasó aquello. Siempre con alguna palabra agradable o con un chiste, aunque una nube negra parecía gravitar siempre sobre ellos. Un día, ya con edad de entender, tendría quince o dieciséis, le dije a mi madre que no entendía cómo los hijos de los del quinto habían desaparecido de sus vidas, con lo majos que eran sus padres. Mi madre me miró como a una adulta, por primera vez, que yo recuerde. Me dijo que las apariencias engañaban. Me lo contó todo sin eufemismos, sin medias tintas. Que Moncho, ese hombre tan simpático, no era más que un cabrón malnacido que tiranizaba a su mujer y sus hijos. A Fina, especialmente. Recibía palizas casi todas las semanas e insultos todos los días. Los hijos intentaron que le dejara, pero fue imposible convencerla.

Para mí supuso la verdadera perdida de la inocencia. Un mazazo doloroso difícil de aceptar, pero entonces todo encajó como cuando descubres la pieza clave de un rompecabezas. Siempre que subí a su casa, Ramón trabajaba y alguna vez que distraídos en nuestros juegos se acercaba su regreso me enviaban a mi casa nerviosos por si me lo encontraba en la escalera. Y Fina que nunca se la veía sola fuera de casa, siempre pegada a Ramón como si fuera su guardaespaldas. Y el brazo roto y el tobillo torcido y otras tantas marcas, porque claro, es que era tan torpe Fina. Y su sonrisa, que parecía aflorar de forma automática cuando se encontraba con alguien y Ramón le apretaba con más fuerza que cariño el brazo. Y tantos detalles más que me asaltaron inquietándome durante meses.

—Dios mío, si eres Lourditas —Fina estaba ya frente a mí y su voz sonaba sinceramente sorprendida—. Perdona hija mía. Lourdes, que ya eres una mujer hecha y derecha.

—Sí, ha pasado mucho tiempo —no sabía que decir, sólo quería irme de allí cuanto antes—.

—Me alegro mucho de verte —ella mostraba una sonrisa triste—. Me enteré de lo de tus padres. No sabes cuanto lo sentí. Tu madre siempre fue una amiga.

—Sí, bueno, lo inevitable, es mejor no pensar en ello.

No tenía control sobre las palabras que salían de mi boca. Mi incomodidad era patente y la mirada se me iba hacia él sin poder evitarlo. Sentado en su silla, paralizado por completo, excepto sus ojos febriles buscando, siempre buscando. Tal vez una salida a su absurda e inútil vida. Se habló mucho del accidente. De si habría sido un accidente. Unos meses después de la revelación de mi madre, arreglando una ventana, Ramón se cayó al vacío. A punto estuvo de morir y sin duda para él hubiera sido mucho mejor que lo que parece le tenía preparado el destino. Tetrapléjico, perdió además otras muchas funciones, como el habla.

—Ay Lourdes, ¿tú también lo crees, mi niña? Sólo fue un accidente..., como los que solía tener yo, más desgraciado, pero un accidente —el fulgor de los ojos de Fina ganaba en ese momento al de los de Ramón—. Pero la gente habla mucho y te ofrecen ayuda cuando ya no hace falta, porque antes nadie ni me miraba, pero de eso hace ya mucho tiempo, demasiado.

—Sí —algo hizo que empezara a verla de otra manera—, demasiado.

—Y ahora, míranos, paseando por el cementerio, dónde te gustaría descansar ya, ¿verdad Moncho, querido? —Fina sonreía y su marido cerró entonces los ojos, como si con eso pudiera dejar de oírla, que era lo que seguro deseaba—. Pero tienes un corazón fuerte y sano y estarás aquí con nosotros todavía muchos años.

Me estremecí pensando en que hubiera hecho yo. En si merecería la pena hipotecar media vida por “disfrutar” de una venganza. Ella siguió hablando y yo era incapaz de comprender más palabras. Contesté con monosílabos a sus preguntas y no sé exactamente cual fue la fórmula de nuestra despedida. Sí sé que el apretón cariñoso de Fina en mi brazo perduró durante muchos días, ardiente, contradictorio, inhumano. Ahora formo parte del grupo de aprensivos que evita pasar cerca del cementerio viejo. Ya no me acerco a menos de tres manzanas.

Publicado la semana 15. 14/04/2019
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