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esKaleno

I’m a loser baby

—Somos tan idiotas que nunca tenemos en cuenta lo que de verdad importa —Gari estaba desparramado sobre el sofá, con más cara de aburrimiento que de pesar.

—Dame un respiro anda, que no me dejas ni acabar de entrar —la puerta permanecía abierta mientras Antton iba metiendo las bolsas de la compra en casa—. ¿Sabes lo que de verdad importa? Que no te quedes ahí como un pasmarote y me eches una mano, que pareces la abeja reina...

—Joder tío, no se te puede decir nada. Ni en serio —la indignación de baja intensidad que pretendía mostrar no hacía mella en la postura del chico—. Luego me soltarás el rollo de que no se puede hablar conmigo y no sé que chorradas más.

—No me toques los huevos que hoy no es el día. Y a ver a quién vas hablando así, que soy tu padre.

—Buuuh, me abro que ya sé como acaba esto —Gari dudó un momento antes de meter en casa las dos últimas bolsas —. Esto, ¿me dejas cien pavos? Es que los necesito para

—Ya sé que he nacido para pringao —cortó su padre—, pero para tanto no será, ¿no? Anda toma veinte y lárgate, que cobras caro diez segundos de esfuerzo, señor “lo que de verdad importa”.

—¡Vaaale, generoso!

Cuando la puerta se cerró a su espalda, Antton cruzó la sala en penumbra para subir las persianas y abrir las ventanas. El ambiente cargado se fue disipando y la luminosidad de la calle atravesó sus pupilas y se hincó en su cerebro produciéndole una sensación que no supo si identificar como inquietud o euforia. Cambió la chaqueta, la camisa y la corbata por una camiseta negra con una calavera y dos tibias cruzadas impresas en gris claro entre pecho y cintura. Se quitó los zapatos, los calcetines y los pantalones para ponerse un chándal y unas chanclas. Ordenó después las compras en los armarios de la cocina y en la nevera, con la mente en blanco. Cuando terminó cogió una cerveza y se dejó caer en el mismo sofá que había acogido a su hijo veinte minutos antes.

Estaba cansado. Cansado de verdad. Cansado en el alma. Se terminó la cerveza de dos tragos. Pensó en ir a por otra, pero cambió de idea. Fue al cuarto de su hijo y revolvió en los cajones de una de las mesillas hasta que encontró lo que buscaba. No era para pillarse un ciego, ni tampoco lo que le pedía el cuerpo, pero pensó que al menos los dos cogollitos de maría servirían para que el vacío palpitante que le invadía se calmara. Hacía mucho que no fumaba. Ni aliñado, ni nada. Desde poco después de dejarlo con Ana. Once años, once y medio. Al principio contaba cada minuto, cada hora, cada día, pero pronto el tiempo transcurrido dejó de tener importancia. Ana se fue para siempre a su pesar, al de los dos y ese vacío, viscoso y amargo, impregnó sus entrañas.

Con el librillo de papel, un sobre con boquillas, la hierba y el mechero regresó a la sala. Cogió un vaso pequeño y la botella de ron añejo y se instaló esta vez en el sillón con la mesita al lado. Se sirvió un poco de tequila y dio un sorbo que mantuvo en la boca hasta casi anestesiar el paladar. Terminó de liarse un porro casi con la misma soltura de cuando tenía veinte años. Lo encendió y reclino el sillón con ayuda de un mando. Pies y pantorrillas descansaron entonces sobre el suplemento elevado. Alternó caladas y sorbos de tequila. Terminó el porro y se hizo otro, repitiendo nuevamente la misma alternancia. Con los ojos cerrados se dejó acunar por cierta somnolencia dulce que recordaba vagamente de otras épocas, de otras vidas, reales o imaginadas.

Cuando abrió los ojos la noche estaba a punto de cubrir la ciudad y un aire frío revoloteaba por toda la casa. Se levantó con cierto clavo, cerró la ventana y se fue al baño. Se enjuagó la cara y escrutó en el espejo la mirada inquisidora de un señor empeñado en suplantarle. Era imposible que él fuera ese cincuentón cuyo reflejo le observaba con dureza acerada. Negó con la cabeza y salió dando un portazo. Se puso unos vaqueros y unas deportivas. Cogió una americana gris, no demasiado formal y se echó a la calle. Ya en el coche dudó. Tal vez fuera mejor volver a casa. Al final se decidió por Aldapaberri, el viejo barrio donde creció. Aparcó el coche con más facilidad de la que había esperado para ser viernes y se dirigió hacia el Txalupa, que no había pisado desde hacía casi dos años.

—¡La ostia! Mira quien aparece por la puerta, el “renacido” —Koldo, detrás de la barra, se mostraba francamente sorprendido—. Creíamos que habías palmao, tío.

Antton se fue hacia él con la mano derecha extendida que fue acogida con un apretón amistoso. Luego se giró hacia el tipo sentado en un taburete con el mismo gesto añadiendo una sonrisa.

—Ya te digo —confirmó sonriente el Pirulas, apretando con fuerza la mano tendida—. ¿Te has fijado? Qué cabrón, está hecho un pincel. ¡Cómo se nota la buena vida!

—Que jeta te gastas. La buena vida dice, mirá quién habla…

Antton echó un vistazo en torno suyo. No estaba muy lleno, pero todas las mesas estaban ocupadas por gente que parecía joven. Chicos y chicas de edad indeterminada, con cervezas, kalimotxos y algunos bokatas. En la barra, un par parroquianos solitarios con su tinto al que miraban como a un salvavidas en medio de un océano. Y además ellos dos. El Pirulas y él.

El local no había cambiado nada. Ni en los dos últimos años, ni en los últimos treinta. La misma música, tal vez algo más variada. Los mismos carteles de viejos conciertos decoraban las paredes. La Polla, Cicatriz, Eskorbuto y RIP de un lado. Hertzainak, MCD, Kortatu y Zarama del otro. Varios collages con fotos, entradas, postales, cuajados de estrellas rojas y consignas ya olvidadas aunque sus causas siguieran perpetuándose con el paso del tiempo, hasta parecer que pudieran ser eternas. El mismo grabado del Gernika, el mismo lauburu tallado en madera de haya y la bufanda del Athletic sobre el botellero. Y humo. Como si ardiera el mundo. Porque aunque apenas eran las nueve y media, se fumaba. No era el único garito del barrio dónde la prohibición se ignoraba, sobre todo los fines de semana. Pero no a esas horas, no de una forma tan descarada.

—Bueno, ¿y que te trae por nuestro humilde cubil después de tanto tiempo? —Koldo preguntaba levantando una ceja.

—¿Es que hace falta una razón?

—¿No te lo decía, Koldo? —el Pirulas guiñaba un ojo—. Este no cambia, ni por fuera, ni por dentro. Nunca te vas a enterar de lo que le pasa.

—¿Pero de dónde sacas que me pasa algo? —Antton casi se arrepintió de haber ido hasta allí—. Vamos hombre, he pasado una época bastante liado y hoy tenía un rato, ¿qué mejor que ir a ver a unos colegas?

—Ja, ja, Pirulas, como siempre, tú lo has dicho. Bueno las visitas a los colegas están bien, pero un poco de gasto ya me harás. ¿Qué te pongo?

—Una birra, anda. La verdad, es que esperaba encontrarme con Ana y sin embargo ahí estás tú, comprenderás que esté decepcionado con el cambio…

—Pero mira que eres cabrón —Koldo simulaba un cierto enfado—. Seguro que la hubiera encantado darte un beso, pero está en el pueblo, con su madre que no anda muy bien.

—Vaya, pues lo siento. Espero que no sea nada.

—Bah, ya sabes, los años. Pero bueno, a ti ya te veo, hecho un chaval ¿Y tu chico?

—Pues hecho un capullo.

—Ja, ja —el Pirulas se río con ganas—. ¡Tiene a quién parecerse!

Siguieron hablando, entre cervezas. Poniéndose al día, recordando batallitas hasta que sólo quedaron los tres en el bar. Antton perdió el hilo. Miraba a los dos hombres sin apenas reconocerlos, igual que a él mismo hacía unas horas ante el espejo. ¿Quiénes cojones eran? ¿Qué habían hecho de sus amigos? Con su poco pelo, sus pancitas, sus arrugas y sus maneras de pureta, por más que mantuvieran sus chupas de cuero y sus aros en las orejas. Dónde quedaron aquellas crestas, aquella vitalidad, las risas, la pasión. Y la lucha y la rabia. Contra todo y contra nada. Los porros, el speed, los conciertos, las manifas. Y a todos los demás, a los que fueron un poco más allá, a los que se quedaron por el camino, por el jaco, por la cárcel, por el sida. ¿Alguien, alguna vez, les recordaría?

—La guerra, la guerra se perdió en el 84, con lo de Euskalduna —al Pirulas le costaba vocalizar—. Y con la hija de la gran puta de la Tatcher. Lo de los días, los días, de, de plomo, era otra historia que no o que sí, que yo que sé, je, je. Je, je, je.

—Mezclas las cosas Pirulas. Estás como una cuba y en el 84 tú no tenías ni quince años así que no cuentes milongas —Koldo había bebido algo menos pero argumentaba con la misma impronta etílica que su compañero—. Lo que pasa es que al niño lo parieron muerto. Lo llamaron transición pero fue un aborto programado y pretendieron que crecía y que sería la democracia, pero sólo era un feto putrefacto que apestaba. Y luego la reconversión industrial. ¡Ja! ¡Y una mierda, reconversión! Otra sarta de mentiras. Claro que la guerra se perdió, pero porque la hicimos contra nosotros mismos y así nos tienen ahora, cagaditos por miedo a perder las cuatro baratijas con las que nos enganchan al bozal. Y..., y, y ya no se lo que iba a decir. Creo que ya es hora de trincar la barraca.

—Ya te digo —Antton hacía unas cuantas rondas que había dejado de beber y sus cervezas ya calientes, descansaban en fila encima de la barra—. Luego me preguntaréis porque no vengo más a menudo. Vaya chapas estáis hechos.

—Hala a cascarla por ahí —esa fue la despedida del tasquero.

—Que os den —Antton alzó una mano antes de salir agachándose para evitar la persiana medio echada.

El Pirulas que estaba medio dormido y se mantenía haciendo equilibrios sobre el taburete fue incapaz de decir nada y saldó el asunto con un ligero movimiento de cabeza que a punto estuvo de hacerle dar con sus huesos en el suelo.

La noche era fría y se intuían las estrellas, aunque la luz de las farolas las enmascaraba. No había luna. No había esperanza.

—Al niño lo parieron muerto… Este Koldo, que mala baba. —Antton hablaba para sí mismo, casi en un susurro, mientras iba hacia el coche a dos manzanas—. Que razón tiene el cabrón. Y yo que voy a hacer, que puedo hacer. Para que sirve que... Vaya mierda. Así que la vida era esto, miles de horas inútiles que pasan como si nada. Todo repetido una y otra vez. Todo transmitido de padres a hijos. No tenía que estar aquí. No tenía que haber tenido un hijo. Yo era de los de “No Future”. Un montón de mierda y nada.

Al llegar al coche le costó encontrar las llaves mientras seguía con su soliloquio áspero. No llegó a arrancar el motor antes de quedarse adormilado. El frío le despertó unas horas más tarde, con el mismo vacío palpitante, viscoso y amargo adherido a sus entrañas, pero bastante más despejado. Condujo despacio y llegó a casa sano y salvo. Todavía no había amanecido. Comprobó que Gari estaba en su cuarto y se fue a la cama.

Publicado la semana 14. 07/04/2019
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