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esKaleno

Impagable

Los coches pasaban lentamente por la izquierda con pitidos irritantes e irritados. Conductores y algunos acompañantes gesticulaban con cara de pocos amigos. Intuía sus palabras gruesas, leía en sus labios el típico “mujer tenía que ser” y llegué a escuchar alguna amenaza, incluso con las ventanillas cerradas. El sol bajo del invierno me daba directamente en los ojos y a pesar de las gafas tintadas sus rayos se me incrustaban en el cerebro, bloqueando cualquier idea válida para salir del atolladero. Eran las dos y cuarto de la tarde cuando el híbrido que conducía se paró en mitad del carril de aceleración que unía el polígono industrial con la autovía. Todos los que tomaban esa vía salían del turno de mañana, hambrientos, cansados y con ganas de llegar a casa o al bar o donde quiera que fueran al terminar la jornada laboral. Todos me odiaban en ese momento. Seguro que alguno deseaba verme muerta. Nada de eso me importaba una mierda.

Un reflejo azul en el retrovisor me puso en alerta. No podía esperar más. El puto cacharro no iba a volver a arrancar. No podía terminar todo así. No después de meses planeándolo. Cogí la documentación de la mochila que descansaba en el asiento del copiloto y salí del coche sin cerrar la puerta. Ignoré los insultos que me dedicaba el tío que casi empotra su moto contra ella. Abrí el maletero y abrí la bolsa pequeña comprobando que estaba la pasta y la colgué de sus asas por mi hombro tras volver a cerrarla. Dudé un momento. La sirena de la patrulla de tráfico cada vez se oía más cerca. Me dirigí andando hacia la autovía que alcancé enseguida, sin saber a ciencia cierta lo que estaba haciendo. Seguí andando por el arcén durante unos minutos hasta que una furgoneta verde, que casi me atropella, paró justo a mi lado, con la ventanilla delantera derecha bajada.

Tu voz se impuso al ruido del tráfico invitándome a que subiera. Dejé de lado mi natural desconfianza. Me senté un tanto envarada y puse la bolsa en el suelo, entre mis piernas. Te agradecí el gesto sin mirarte a la cara y tú me preguntaste entonces a dónde quería que me acercaras. Respondí que al centro o a dónde tú fueras, allí ya me las apañaría sola. Notaba tu mirada de reojo y una sonrisa divertida. Al final estallaste en una risa contagiosa, que a punto estuvo de arrastrarme a mí también, y me dijiste que con la que había liado si me largaba así de buenas a primeras, dejando el coche tirado, seguro que era por algo. Me molestó el comentario y me gire para observarte bien. El pelo lacio y rubio se escurría por debajo de tus hombros hasta un punto que no alcanzaba a ver. Varios pendientes en la oreja y un aro más en la ceja es lo que adornaba tu perfil derecho. Ojos claros, pestañas largas, nariz recta y fina, labios carnosos, tez pálida. El jersey de colores vivos parecía el complemento ideal a la personalidad que te imaginaba. Te dije que eso no era asunto tuyo y podías parar y dejarme allí mismo. Reíste nuevamente y me tranquilizaste al respecto. Simple curiosidad por tu parte, porque yo no podía negar que mi comportamiento era, como poco, rarito.

Hicimos el resto del viaje en silencio y cosas extraña, no me resultó incómodo, más bien todo lo contrario. Me fui relajando hasta que te pedí que me pararas al pasar junto a la estación de autobuses. Nos miramos fijamente las dos como si fuera necesario memorizar cada detalle de nuestras fisonomías. Te dí nuevamente las gracias, esta vez con más convicción y me bajé de la furgoneta verde con cierta desazón. Al arrancar, disté un pitido suave a modo de despedida y yo alcé un momento mi mano izquierda. Me sentí un poco ridícula. Lo único cierto en ese momento es que tenía que poner tierra de por medio. Me pregunté si estaba en condiciones de robar otro coche confiando en que esta vez hubiera más suerte. Al final entré en la estación y compré un billete para el autobús a Barcelona que salía en veinte minutos. Ya allí tendría tiempo de decidir hacía donde redirigir mis “pasos”.

No sé por qué vuelve tu recuerdo a mí ahora, después de tanto tiempo. Pero siento, sé, que tengo una deuda contigo que nunca podré saldar, mi querida desconocida.

Publicado la semana 13. 31/03/2019
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