11
esKaleno

Sinfonía Pastoral nº1

Abrió el balcón de par en par y los primeros rayos de sol tibio lamieron su piel como amantes aplicados. El primer día de verano traía consigo promesas de una vida nueva y mejor. Sin duda mucho mejor. Inspiró a pleno pulmón extendiendo los brazos que simulaban ser alas dispuestas a emprender el vuelo. Espiró despacio y volvió a inspirar más profundamente abriendo la boca para lanzar a la mañana un grito de vital comunión con la naturaleza libre. Sin embargo, su intención se vio frustrada por un pobre un mosquito despistado que fue a acabar sus días aspirado hasta rebotar en su campanilla.

―Argg! Cof, cof, cof.

―¡Arturo! ¿Qué te pasa? ―Margarita a voz en grito desde la cocina―. ¿Arturo?

―Cof, cof, nada, cof, querida.

―Cómo que nada, si parece que te estas ahogando ―ella se asomaba ahora a la puerta de la habitación―. ¡Pero Arturo, por dios, si estás en pelota picada! ¿Qué haces en el balcón?

Arturo tragó con cierto esfuerzo, arrastrando hasta el estómago al infortunado bichillo. Su respiración recupero una cadencia normal y se giró con cierto golpe de efecto.

―Anda, tápate, haz favor ―Margarita le miraba la entrepierna torciendo el gesto―. Y ven a desayunar que hoy tenemos mucho que hacer.

―Pero mujer, no empieces a estresarme desde el primer día. Si nos hemos venido aquí es para disfrutar de la tranquilidad. Deja para mañana, lo que puedas hacer hoy. Me niego. Hoy no voy a hacer nada más que lo que me pida el cuerpo.

―Ya eres mayorcito, tú verás. Como has dicho, mañana tendrás que hacer el doble. ¡Y tápate ya!

Arturo Aresti Alonso, la triple A, como le llamaban en la oficina número ciento siete del banco Prodromo sus, hasta hacía dos días, compañeros, se acababa de jubilar. Tras cuarenta años de servicio en la misma institución bancaria, se llevaba un Rolex, una paga extra adicional y unas palmaditas en la espalda. No fue un mal trabajo y él siempre tuvo muy claro que la vida, la de verdad, estaba fuera. Pero aun así, perfeccionista y entregado como era, en su último día en activo sintió que el balance era negativo, que había dado más de lo que había obtenido. Pero nada de eso importaba ya. Por fin su gran sueño estaba al alcance de su mano. Bueno, su gran sueño de los dos últimos años, en que una vena naturalista hasta entonces oculta había empezado a despertarle ideas extrañas sobre una idílica vida rural que estaba ya a punto de hacer realidad.

―Mmm, que bien huele. Me muero de hambre ―Arturo observaba la mesa con bollos y pan, zumo de naranja, café, mantequilla, salchichas recién hechas y tortilla.

―Pero mira que pintas me traes…

―Y lo que a ti te gusta, tonta ―la agarró por la cintura con un achuchón cariñoso.

―¡La que me espera a partir de ahora! ―ella se zafó con enfado fingido, haciéndole sentar a la mesa.

Margarita Mardones Marigorta, nadie la había llamado nuca la triple M, algo más joven que Arturo, decidió traspasar su negocio para acompañar a su marido en su nueva andadura, en las mismas condiciones. La verdad es que a ella no le entusiasmaba la idea de dejar la ciudad e irse a vivir a un pueblo diminuto sin una tienda, un bar, ni tan siquiera una panadería. Pero desde que compraron la cabaña con su era anexa hacía unos meses y comenzaron con su proyecto de convertirla en una casa habitable, fue viendo transformado su inicial rechazo por una cierta ilusión aunque no exenta de inquietud por abandonar su larga lista de rutinas urbanitas.

―¿Y qué planes tienes? ―Margarita preguntaba ante la cara de pasmo de su marido―. No me mires así, que parece que te ha dado un aire. Me refiero a cuando termines de desayunar...

―Ah, pues nada especial. Pensaba dar un paseo hasta el pico de la Torre. Creo que deberíamos tener un perro.

―Déjate de perros por ahora, que todavía nos tenemos que adaptar. Yo voy a ir ordenando lo de las cajas del porche y te espero por aquí.

―Anda, mujer, ¿no quieres venir?

―Ya habrá tiempo para paseos. Aaaahh!

―¿Qué pasa? ―El grito repentino de Margarita le hizo derramar el café―. Ja, ja, ja. Pero si sólo es un gato. No pegues esos gritos que ha estado a punto de darme un infarto. Ven bonito, mis mis mis.

El gato pardo y orondo, se había colado por la ventana. Ignoró el grito de ella e hizo caso omiso de la llamada de él. Con una agilidad impropia de su perfil, saltó aterrizando suavemente sobre la mesa y empezó a husmear la comida allí expuesta. Se mojó una pata en el café derramado y la agitaba con desagrado hasta que recibió un servilletazo inesperado en el lomo que le hizo huir hasta la ventana. Allí se posó, sin atisbo de temor y miró con desdeño a esos dos individuos tan raros. Maulló una vez y desapareció, dejando en el aire la promesa de que volverían a cruzarse sus caminos.

―Si ya lo decía yo. Ni abrir las ventanas vamos a poder ―Margarita se mostraba indignada, todavía con el susto palpitando en su sien y la servilleta que le había servido de amenaza, más o menos, en la mano―. Porque esta vez ha sido un gato, pero a saber que se nos podrá meter.

―Vamos, vamos, nena ―Arturo la observaba divertido―. No sabía yo que fueras tan gallina, esto es un pueblo, el mundo rural, esto es lo bonito.

―Sí, sí, ya veremos. Y hablando de gallinas, el pabellón aquél del tejado verde está lleno de ellas, seguro que con el calor olerá que apesta y seguro que ese olor también se nos cuela…

―Venga que parece que hoy te has levantado con el pie izquierdo. Ya nos acostumbraremos. Es la primera noche que pasamos aquí. Mira que día, mira que cielo. Aquí no hay humos, ni ruidos. No estés tan tensa. Déjate llevar, relájate, que esto es vida.

―Bueno, déjate de darme el sermón y lárgate ya ―por fin afloró a su rostro una ligera sonrisa―. Pero no tardes demasiado que tenemos que bajar a Izate. Hacemos algunas compras y nos tomamos un vermutito.

Izate, a no más de quince kilómetros de su casa, ya era algo más que una aldea y allí sí había un ultramarinos, una caja, panadería y seis o siete bares. Y médico y enfermería. Aunque seguía siendo un pueblo pequeño, su condición de encrucijada de caminos, de lugar de paso, le confería cierto movimiento, cierta vida, sobre todo en verano.

Arturo subió y bajo del pico de la Torre, más sudoroso y agotado de lo que esperaba y con un escozor en la nuca y en la calva. Casi treinta grados para el veintiuno de junio era una buena marca y no había tomado ninguna precaución para evitar la severidad del sol, cuyos rayos a media mañana más que lamer, fustigaban. Se duchó y juntos bajaron a Izate. Sacaron algo de efectivo del cajero automático, compraron pan y unas pastas en la panadería y leche, latillas y filetes en el ultramarinos, que resultó mucho más triste de lo que esperaban. Se tomaron, eso sí, un vermutito con aceitunas en el bar que les pillaba más a mano. Y luego en el de enfrente y luego en el de la calle de al lado. Subieron a casa un poco achispados y ya pasadas las tres de la tarde. Decidieron romper las reglas, para eso se habían ido a vivir al pueblo, y echarse una siesta, antes de siquiera comer nada. Estaban en la gloria en las hamacas de la era, bajo el nogal que daba una sombra bien fresca.

―¿Eh? ¿Qué pasa? ―Margarita se despertó sofocada.

Moscas y abejorros zumbaban, los perros ladraban, los gatos maullaban, las gallinas cacareaban. A veces alternativamente a veces todos a la vez. Y los mosquitos, menos escandalosos, se daban un festín, tal vez en venganza por el compañero caído en la mañana.

―Duérmete un rato más, anda ―Arturo contestaba todavía amodorrado.

―Cómo que me duerma, con este calor y con este escándalo no hay quien pueda ―Margarita se rascaba compulsivamente el muslo derecho―. ¿Qué es eso que se oye?

―Pues algún perro y algún gato.

―No, no, shh, escucha... Eso.

―Pues las moscas zumbando.

―¡No! Más allá como en el monte. Es una especie de cri, cri, como de cigarra.

―Aquí no hay cigarras, serán las culebras que cantan ―Arturo sonreía.

―¡¿Las culebras?!

―Sí, víboras que cantan…

―¡¿Víboras que cantan?!

―Ja, ja, eso dicen los aldeanos, pero en algún sitio he leído que las culebras no son muy de cantar ni de decir nada. No te preocupes, que no será más que algún sapo o algún grillo.

―Mira Arturo, no me vaciles que no estoy para tus gracias. No sé lo que será pero me pone los pelos de punta. Además, me han acribillado los puñeteros mosquitos y me pica hasta el pelo.

―Buf, a mi tampoco me cabe una picadura más y encima me escuece el cuello. Mira, voy a preparar algo para picar, que me está empezando a entrar hambre.

Comieron algo y cuando terminaron eran casi las ocho de la tarde. Empezaba a bajar el sol, pero parecía que no refrescaba. Se pusieron cómodos y Arturo vio un poco la tele mientras Margarita intentaba leer sin llegar a concentrarse demasiado. Aunque no había sido un día muy ajetreado se encontraban agotados, así que se fueron pronto a la cama. A media noche tuvieron que abrir el balcón, pues el calor que había entrado durante el día hacía de la vivienda un pequeño horno. Dieron vueltas y más vueltas sin llegar a conciliar un sueño profundo y reparador.

―¡Aaaahh!

―Otra vez, Margarita, por favor, ¿qué pasa ahora?

―En encima de la mesilla.

Dos puntos brillantes como ascuas, parecían focalizarse sobre la cama. Les costó unos instantes adaptar sus pupilas a la semioscuridad de la noche clara, hasta reconocer contornos y algunas formas.

―Parece el gato gordo de esta mañana ―susurró Arturo algo cansado.

El gato, como para manifestar su desacuerdo con el adjetivo, emitió un bufido suave, dio un salto mullido y desapareció como por ensalmo.

―No puedo con esto, me duele la cabeza Arturo. Y este calor. No hay forma de pegar ojo ―Margarita se giró un momento para ver los dígitos azules del despertador de mesilla―. Son las dos y media de la madrugada y los perros siguen ladrando.

―Y los gatos maullando.

―Y las gallinas cacareando.

―No, eso no son gallinas ―replicó Arturo―, es un gallo con el reloj adelantado.

―Pero las culebras sí que siguen cantando.

―Sabes que te digo, nena, que mañana dormimos de seguido y frescos.

―Pues no sé dónde encontraremos Dormidina, porque por aquí no se dónde hay una farmacia y lo de frescos no creo que se arregle con un ventilador...

―No hará falta, regresamos a casa. A nuestra verdadera casa.

Publicado la semana 11. 17/03/2019
Etiquetas
https://www.youtube.com/watch?v=s0LhiKOP0CI, La llorona - La polla records
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
11
Ranking
0 55 0