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esKaleno

Todo lo que tengo yo

La rabia me podía. Me comía por dentro, como una tenia larga y retorcida que habitara en mis tripas alimentándose de mis miserias. Así me sentía. Como si sólo fuera tripas invadidas por un parásito que apenas se nota pero que acabará devorándome la vida. Llegué a pensar que era culpa mía. Que tenía que haber luchado más, hasta el fin, hasta morir si hubiera hecho falta. Hasta morir antes que sucumbir. Sabía que era un pensamiento implantado, que nunca hubiera sido mío de no haber escuchado ese argumento cientos de veces, miles. Esgrimido sobre mi misma y sobre otras como yo, o parecidas. También he escuchado muchas veces que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad y otras tantas que nunca lo hará. No sabía que creer, no sabía si mis convicciones, mis sentimientos, mis deseos, tenían que ver conmigo o con lo que se repite constantemente. En televisión, en guasaps, en Internet, en la boca de mis amigos, de mis vecinos y a veces también en la mía. Todos hablan sin saber, sin entender. Bla, bla, bla.

El dolor. También me podía el dolor. Lo ocultaba, lo aplastaba, lo ignoraba. Nadie debía saber que estaba ahí, ni yo misma. Pero estaba. Siempre estaba. Ciego, sordo y mudo. Y yo, aunque no quisiera, lo sabía. Me acompañaba en mi consciencia, en cada pequeño acto que acometía. Cuando me levantaba por la mañana y me lavaba los dientes. Al desayunar y salir de casa. Con cada tecla que pulsaban mis dedos en el ordenador de la oficina. Con el café que sustituía a la comida del mediodía. Y en las tardes largas y solitarias, cuando un letargo incontrolado me clavaba en el sofá y secuestraba mi voluntad entre las volutas intermitentes del humo de maría. Estaba, sí, siempre estaba. El dolor y la náusea. También me acompañaban en mi inconsciencia, velando mis pocos sueños vacíos, velando mis muchas pesadillas.

Un día, en un andén del metro, le vi. Entre el barullo de la gente, a veinte metros de mí. No quise reconocerle pero le reconocí. Estaba distinto, pero era él. Me paré en seco. Emití un pequeño grito que nadie oyó. Bajé la vista al instante y me subieron a la cara en forma de rubor. La rabia y el dolor. La culpabilidad implantada, la duda, la náusea. Apreté los puños clavándome las uñas. Apreté los párpados cerrando los ojos. Apreté la mandíbula rechinando los dientes. Algo estalló. ¡Boom! La onda expansiva hizo que relajara los músculos, levantara la cabeza y retomara mi camino. El camino que se encontraría con el suyo. Nos cruzamos mirándonos a los ojos. En los suyos se reflejaba una interrogación. No tengo claro si me reconoció. Yo también estaba distinta, tanto que diría que no era yo. Se oía el ruido de las ruedas metálicas sobre las vías. No costaría nada. Alargar los brazos, un pequeño empujón. Nadie lo notaría. No sé, no pude al final. Aceleré el paso y evite mirar atrás.

Volvieron las noches de ginebra y Orfidal. Y ni aun así evitaba sentir, más que recordar, sus manos sobre mi carne, su carne sobre mi carne y yo intentando apartarle. No sirvió de nada intentar. Un puñetazo en la mandíbula, otro en el estómago y se acabo, no hizo falta más. Su carne dentro de mi carne, al final. Y no, ya no forcejeé más. Le dejé hacer. ¿Le dejé hacer? ¿Le dejé? Como si hubiera sido mi voluntad. Como si sólo con desearlo con fuerza, con convicción, hubiera podido detenerle. Como si yo hubiera sido responsable de lo que pasó. Porque no cerré las piernas. Porque no vestía discreta. Porque no era casta y pura. Porque tenía vida propia sin depender de nadie más. Porque, porque, porque no me dejé matar. Noches en blanco, también reviviendo, re-sintiendo, aquel juicio que no salió por la televisión. Nadie se apiadó. Nadie se compadeció. Nadie escuchó. Nadie me creyó.

En el mismo andén del metro le volví a ver. Le volví a ver porque le busqué. Ya no me cruzaba en su camino. Le observaba de lejos. Era un tipo que pasaba desapercibido. Ni feo ni guapo. Ni alto ni bajo. Ni moderno ni antiguo. Le seguí. Sin saber por qué. Cuatro o cinco veces, no hizo falta más. Trabajaba en la comisaría del centro de la ciudad. Era un administrativo o un auxiliar. Hablaba, se relacionaba con hombres, con mujeres, de forma normal. Mucho más de lo que podía hacer yo. Tenía una pareja, tenía un hijo. Tenía una vida. ¿Y que tenía yo?

Rabia, dolor, mentidas implantadas, náusea. Volvía a pensar constantemente en él. Sin miedo esta vez. Y en el juez. Con asco tal vez. Y en mis amigos que dejaron de serlo. Casi comprendiéndoles. Y en mis vecinos mirándome con compasión o murmurando que algo habría buscado yo. Empecé a pensar en mí. Algo tenía que hacer. Nadie lo iba a hacer por mí. Me costó convencerme, pero lo logré. Las mentiras siempre serán mentiras, aunque algunas, mil veces repetidas. Desempolvé la pistola que aprendí a manejar después del juicio, aunque nunca supuse que pudiera usarla. La llevo cargada en el bolsillo del abrigo. Mis dedos firmes la acarician como si estuviera viva. Pequeña, suave, fría. Es difícil creer que pueda ser tan mortífera. Espero en la acera de enfrente a la de la comisaría. Ya no falta apenas nada. La lluvia fina que lleva cayendo todo el día, empapa mi pelo y aclara mis ideas. Me da fuerza. Ahí sale ya. Seguro que no piensa que hoy pueda ser su último día...

Publicado la semana 10. 10/03/2019
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https://www.youtube.com/watch?v=HSpeF-Bu26E, Pájaros de barro - Manolo García
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