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esKaleno

Vasos Comunicantes

Alquilé la casa. Tres meses prorrogables. Me pareció barata incluso considerando la temporada baja. La fachada añil intenso, que parecía recién pintada, destacaba entre los pastos verdes asomados al acantilado. Nunca había estado allí, simplemente me fié de las fotos de la web y además mis exigencias no eran muy elevadas. Parecía el lugar perfecto. Bien comunicado por si no fuera capaz de afrontar la soledad que rezumaba, pero invisible al circuito turístico que la rodeaba. Siempre me gustó esa naturaleza salvaje a medio domesticar, resistiendo a duras penas al envite humano. La montaña poderosa frente al mar bravo.

 

Me despedí del trabajo de forma, digamos, no muy elegante. Dejé claro lo que pensaba de jefes, compañeros, subordinados, de las jornadas interminables, de la mierda de salario y de muchas cosas más que no vienen al caso. No tenía esa intención en un principio, pero se me fue de las manos. Tampoco me importa demasiado. El mismo día recogí de mi casa lo imprescindible. Dejé una nota escueta a Marta, aun pensando que no se preocuparía por mi ausencia. Preferí que se sintiera definitivamente aliviada, libre de mi presencia.

 

Pasé esa primera noche en casa de un amigo y al amanecer me puse en marcha. Conduje sin pensar, sintiendo el latido de los segundos y el pulso de la mañana clara. Casi sin darme cuenta estaba frente a un camino de tierra que parecía conducir a la nada. Lo seguí durante un par de kilómetros y allí estaba. Mi destino me esperaba. Me lo dije tal cual, mi destino, y me vino a la cabeza la escena de un duelo de uno de esos espagueti-western con una melodía de Morricone de fondo. Me reí. Me reí como no recordaba haberlo hecho antes. Enseguida pensé en la estupidez de la situación, en su falta de sentido. Me calmé y bajé del coche. Un viento fino y frío castigaba mi cara y mis manos al descubierto. Un escalofrío breve recorrió mi espalda. Al fin y al cabo el invierno estaba empezando, que otra cosa se podía esperar.

 

Había un coche en una pequeña explanada tapizada de yerba verde frente a una cerca blanca. Al verme, bajó una mujer joven, sonriente, que se presentó como la agente de la inmobiliaria. Los trámites fueron breves: me enseñó rápidamente cada estancia, firmé el contrato y me entregó las llaves de la casa. Me dio su tarjeta, me hizo algunas recomendaciones, que podía llamar para cualquier cosa y desapareció de mi vida con la misma prestancia. Recorrí nuevamente la casa, despacio, fijándome en los detalles, rozando con mis dedos las paredes, las mesas, los armarios. Era mejor de lo que esperaba. Pequeña, de una sola planta. Mucho más que suficiente para mí, que no esperara visitas. Confortable. Bien equipada. Lo mejor, los grandes ventanales de techo a suelo de la sala. Al acercarme descubrí que contenían una puerta corredera de acceso al prado que en menos de cien metros terminaba abruptamente. Una pared majestuosa descendía perpendicular hasta sumergirse en la espuma salada.

 

Pasaba de sobra la hora de comer pero no tenía hambre y me fui a una población cercana, lo suficientemente grande como para tener un par de supermercados, banco, farmacia y unos cuantos bares. Comí algo con desgana y compré provisiones, bebida sobre todo, como para un mes. Agua, cerveza, tequila. A mi vuelta descargué el coche, compras y equipaje, y lo dejé todo en la entrada. Me senté en el sillón frente al ventanal ya casi anocheciendo, con un vaso de tequila en la mano y la botella en la mesita. Pensé que podría acostumbrarme a vivir allí, lejos de las caras familiares de todos los días. Lejos de cualquier cara, en realidad. Yo y el mar. Y su rugido que empezaba a imponerse al silencio persistente. Pensé que podría acostumbrarme a morir allí...

 

Los días iban pasando. Lentos, pesados, pero eso era exactamente lo que había imaginado, lo que en realidad deseaba. Dormía poco, a pesar de que las horas de luz eran escasas. Apenas salía salvo para dar un paseo por los caminos solitarios que iba descubriendo y que casi siempre acababan en un cortado que descendía vertical hacia el mar. Apenas me encontré todo ese tiempo con una docena de personas con las que intercambié alguna palabra de cortesía. Los días, aunque fríos, resultaban demasiado luminosos para mi ánimo. Hubiera preferido algo más gris y lluvioso, aunque pueda parecer extraño. Creo que me hubieran aportado la calma que ella me robaba. Marta. Su presencia fantasmal ocupaba mi mente cada instante, cada noche, cada mañana. A pesar de la distancia. Siempre tuvimos una conexión especial, nos compensábamos, no sé como explicarlo. Su euforia contagiosa y mi melancolía cotidiana. Sus impulsos irreflexivos y mis actos excesivamente planificados. De algún modo nos contrarrestábamos, nos igualábamos, a través de algún mecanismo tan eficiente como ignorado por nuestra parte. Y así nos enfrentábamos al mundo, como dos personas equilibradas, felices, sin estridencias. Dos personas tan independientes como unidas.

 

En algún momento todo eso cambió. Después de toda una vida. No sé cómo ni por qué. Pero algo bloqueó los canales de nuestro equilibrio, de nuestra comunicación inconsciente y todo lo que sustentaba nuestro mundo, o al menos mi mundo, se empezó a resquebrajar. Marta se transformó a mis ojos en una muñeca fría e indiferente, que imponía una barrera de hielo acerado entre ella y yo. Ya no era mi Marta y su mirada me lo revelaba sin compasión. Seguíamos pareciendo lo de siempre, pero era eso, apariencia. Y yo, cada vez más irascible, más pesimista, acabé por no soportar su presencia, ni la de nadie en realidad. Necesitaba algo que no sabía identificar. Desaparecer, tal vez. ¿O hacerla desaparecer a ella? En cualquier caso, romper de una vez ese vínculo que se me antojaba entonces maligno. Antes de cometer cualquier locura, preferí irme, así sin más.

 

En este punto, el guardia civil de paisano sentado enfrente y que lleva ya un rato revolviéndose impaciente en su silla, me mira a los ojos con cara de pocos amigos y me insta a que vaya al grano, a los sucesos de la madrugada del uno de enero. Habla despacio, como mascando cada sílaba. Que no piense por un momento que le puedo engañar con mi palabrería enrevesada, me dice. Le sonrío, indiferente. ¿De verdad piensa ese idiota que me importa, lo que diga o lo que quiera o lo que haga? Sé que le gustaría darme un par de bofetadas. Su hostilidad creciente palpita en la vena de su cuello. Sé que se contiene a duras penas, sólo por la cámara que está grabando la sesión y sobre la que no tiene ningún control. Y me la pela. Alargo unos minutos mi silencio, sin dejar de sonreír, tensando la cuerda hasta casi romperla. ¿Por qué? Y yo que sé. Transformo mi sonrisa en una mueca de desprecio, o eso pretendo, y continúo mi relato.

 

Se presentó esa noche. Sonó el timbre de la puerta. Me asusté porque era la primera vez que lo oía, más que por otra cosa. Pensé en no abrir. Me molestaba la interrupción de mi meditación alcohólica, aunque fuera este un ejercicio que llevara a cabo cada día, desde la caída del sol hasta el alba. El timbre volvió a sonar y el vaso se resbaló de mis manos cayendo al suelo sin romperse, pero derramando todo el líquido transparente. Me dieron ganas de llorar. Sería que el tequila que transitaba por mis venas desde hacía horas ya había alcanzado mi cerebro y hasta mi alma. El reloj de pared, que se me presentaba algo borroso, marcaba las diez y media. Al tercer timbrazo, me levante y dando tumbos llegué a la puerta. Abrí, presintiendo su presencia. Y sí, allí estaba ella. Vestido de fiesta, rojo y brillante. Pelo corto engominado. Maquillada. Magnífica Marta. Una botella que me pareció de cava en una mano y un bolso diminuto en la otra. Ni rastro de otro coche que no fuera el mío, aunque en aquel momento ni me pregunté cómo podía haber llegado.

 

La invité a pasar con un movimiento de cabeza y un gruñido que entendió perfectamente. Me siguió el ritmo de sus tacones hasta el sofá, sobre el que me dejé caer como si lo hiciera en una tumba. No estaba en condiciones de decir nada y no lo intenté. Mírate, me dijo, eres un asco. Me preguntó por el baño y la cocina. Me quitó la botella y no sé lo que hizo con ella. Desapareció de mi vista trajinando, apenas audible. Cerré los ojos y creí dormir dejándome arrastrar al fondo de una pesadilla. Fui consciente de nuevo bajo el chorro helado de la ducha. Supongo que me llevó hasta allí de alguna manera. Me hizo tomar café dentro del baño, con la ropa empapada todavía puesta. Vomité justo a tiempo en la taza. Empecé a darme cuenta del panorama. Marta llevaba ahora una gran camiseta y un pantalón de chándal que reconocí como míos. Y con todo seguía estupenda. Me ayudó a desnudarme. Me secó con cuidado, rozando a veces mi piel con sus manos. Como una madre cariñosa y triste.

 

Dijo que no era aquello lo que ella había esperado de esa noche, con lo que le había costado encontrarme. Pero mejor eso que nada. Quería que habláramos de lo que nos pasaba. Quería que volviéramos a ser lo que algún día fuimos. Pero yo no sentía su energía. Yo no sentía nada. Su presencia era una intromisión que ya no deseaba. Dolorosa más que molesta. Yo no quería volver atrás. Ya no. Le dije que me iba a la cama. Que ella hiciese lo que quisiera. Que por la mañana llamaríamos a un taxi o le acercaría a una estación, pero por la mañana. Eso es lo último que supe de ella. Hasta la visita de sus compañeros uniformados hace una semana. Esa noche dormí de un tirón hasta las doce del mediodía. La primera en mucho tiempo. Cuando desperté no había rastro de Marta, salvo el vestido rojo y los zapatos de tacón en medio de la sala. Simplemente pensé que se había largado.

 

¿Sabe que le digo? -el guardia civil vuelve a a la carga-, que no me creo nada. Sonrío y callo. Pasan los segundos, los minutos. Cinco, diez y sigo callando. El tipo se levanta con aire de indignado y sale dando un portazo. Nadie me hará “cantar”, ja, ja. No hay nada que nadie que no estuviera allí pueda demostrar. Y allí sólo estábamos ella y yo. Él nunca sabrá. Nadie sabrá. Aquella noche sí que hablamos. Por todos los medios lo intentamos. Conectarnos nuevamente, re-compensarnos. Que nuestros niveles de locura y cordura quedaran equilibrados. Salimos de la casa buscando el aire que dentro nos faltaba, hablando, intentando. La noche era muy clara. Las estrellas parecían tiritar por el viento helado procedente de la montaña. Enseguida nos encontramos al borde del acantilado. Nos abrazamos. Y yo no sentí nada. NADA. Su piel fría como el viento. Mi corazón como muerto. Me separé de ella bruscamente. Me repugnaba. Marta y Eva. Eva y Marta. Tan iguales, tan diferentes. Ni mamá nos distinguía si nosotras no queríamos. No podría ser. No podría ser otra vez. Ya juntas no éramos nada. ¿Resbaló o la empujé? Tanto da. Señor picoleto, señor picoleto, ¿quién soy yo? ¿Eva o Marta? Eva y Marta. Marta y Eva. Eva y Marta...

Publicado la semana 1. 06/01/2019
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https://www.youtube.com/watch?v=4N3N1MlvVc4, MAD WORLD - GARY JULES
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