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Erika Prado

Orgasmo culinario

Estoy en el terrado, es una linda mañana con la luz del día justo en ese momento en que el sol es radiante pero no en su máximo esplendor; hace lucir la decoración perfecta. El aire mueve los tulipanes a lo largo del muro bajo que da hacia el jardín, mezcla su aroma con las fragancias de los asistentes. 

 

Salta a la vista el ambiente festivo. El servicio en las mesas está dispuesto conforme el protocolo de un banquete. La diligencia comienza, bienvenida por todos los invitados.

 

Sorprende el menú, lo elaborado de los platillos que servirán. Que sea ella, la chef estrella del momento quién prepare mi comida, es muy… Seductor. Me sorprendo excitada. En la mesa, los roces corpóreos comienzan a darse, dar una copa recién servida en la mano, pasar un bocadillo, pedir la mantequilla; nuevas relaciones entre los cuerpos de los comensales surgen.

 

Comienzan a llegar los platillos. La entrada es maravillosa a la vista y en boca, el sabor de la fruta transporta a la playa, a un fugaz paraíso tropical por la pequeña porción; cuando la mujer frente a mí lo prueba no puede evitar dejar salir un ligero gemido de placer, me pregunto si así gime en otras situaciones, veo sus labios moviéndose lento al masticar; por el deleite, entrecierra un poco los parpados. Saborea tímida, correcta, sensual. 

 

El plato fuerte ya está frente a mí, espero a que el sommelier sirva el vino que promete hacer el maridaje perfecto con los alimentos servidos. Controlo mi voracidad observando el tinto y el brillo de los bordes dorados que lo coronan dentro de la copa, muevo lentamente su color violáceo para volatizar la sustancias que me permitan olfatear mejor sus notas y lo pego a mi nariz, percibo aromas especiados: madera, clavo, chocolate, cerezas. Sorbo un poco, su solides provoca rugosidad en mi lengua, es cálido, fuerte al tragarlo y deja en boca un gusto a fruta ahumada. Ahora es a mí a la que se le escapa el goce de forma sonora. Las miradas se cruzan cómplices, sabientes de compartir los mismos placeres, nuestros rostros sonrientes, plácidos, dejan ver que ambas lo apreciamos por igual. Le hago un guiño. Tomo otro sorbo de vino y en seguida pruebo el primer bocado del platillo que espera frente a cada una. La mezcla del retrobusto del vino con la carne a la parrilla y frutos bañados en jarabe envueltos en un queso fuerte hace rodar una lagrima por mi mejilla; la untuosidad de la guarnición, con sabor láctico delicado pero poderoso acaricia el paladar. Me percato de que la mujer que hace un momento me dejó conocer sus gemidos está a punto de probar el contenido de su plato y le sostengo la mirada para apreciar su reacción. Al degustar, esta vez entrecierra los ojos exhalando fuerte por la nariz, sabe que la veo y decide no gemir pero aprieta fuerte el fuste de su copa con la mano, la empuña y clava a la mesa; se arquea un poco, me parece que está conteniendo un orgasmo. La imagino desnuda, llena de miel y fruta que puedo comer, lamer y oler a mi antojo, provocando esa misma reacción con mi boca en su entrepierna. Terminamos los alimentos, intercambiamos miradas de vez en cuando. Minutos después devoro el postre, sublime torrente de sabor que limpio de mi paladar con un café fuerte, mi urgencia ahora es otra. Le indico con un movimiento de cabeza que me siga, se levanta de la mesa.

Indico al mozo servirnos más vino, regresaremos en un momento del cuarto de servicio y le pido ver a la chef por el éxtasis culinario; quiero tomar sus manos y agradecerle viéndola a la cara. El mesero, desconcertado, sospecha que acaso me embriagué pues me mira, se inclina hacia mi oído y responde, quedo: la chef es usted.

Publicado la semana 35. 01/09/2019
Etiquetas
La buena comida, Oragasmo Culinario, Vino+Queso+Besos=Amor , Con una copa de vino
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